El extraño del pelo corto*

Cuando en 1981 Gustavo Santaolalla retornó a Buenos Aires, tras cuarenta meses de residencia en los Estados Unidos, parecía tan llegado de otro planeta que las entrevistas que le hicieron no podían dejar de comentar la desaparición de su barba y melena, características en sus años con Arco Iris. Hasta hablaba un idioma extraño: “modern noise”, “dinosaurios”, “música moderna”. Ese Santaolalla afeitado y con el pelo al ras era otro. A diferencia de varios fundadores del rock argentino, que habían vuelto del exilio en versiones apenas intensificadas de sí mismos (Litto Nebbia, Miguel Abuelo, incluso Charly tras sus estancias brasileñas), el nuevo Santaolalla tenía poco que ver con el que lideró un exitoso cuarteto de fusión folclórica. ¿Si su aspecto estaba tan transformado, qué música podría tener en la cabeza ese irreconocible treintañero?

El de El Palomar se había marchado a Los Ángeles en 1978, en parte harto de la represión dictatorial, aunque también buscando el siguiente peldaño en su carrera. Entre 1967 y 1974 integró Arco Iris, tocando pronto el techo de popularidad que podía tener una banda así (folk, blues, rock, arraigo hippie y coqueteos con las músicas tradicionales). Enemistado con sus excompañeros, en 1976 Santaolalla fundó Soluna, versión más jazzy, eléctrica y mainstream del sonido que hasta ese momento había identificado su obra. En ese primer intento de metamorfosis obtuvo una reacción positiva pero no desbordante. Es posible que pensara que, fuera de su país, podría hacer de ese proyecto la versión argentina de lo que Flora Purim o Hermeto Pascoal consiguieron posicionar en la industria musical global desde el Brasil. Así fue como Santaolalla llegó a los Estados Unidos, con la intención de promocionar una cinta que sonaba mucho a Soluna, que olvidó tan pronto escuchó lo que las jóvenes bandas angelinas estaban haciendo. El punk había dejado una estela portentosa y no pocos latinos se habían involucrado en esa escena, algo que no se le escapó al argentino.

La camaradería de un compatriota exiliado puso a Santaolalla en contacto con Aníbal Kerpel, antiguo tecladista de la banda prog Crucis, entonces radicado en Los Angeles. Juntos armaron Wet Picnic, un proyecto new wave que completaron con una sección rítmica local. El cuarteto encontró lugar en la escena DIY de la ciudad, combinando un toque pop con performances energéticas, sintetizadores pegajosos y efectos vocales. Nada del otro mundo. A falta de grandes canciones o una star quality cautivadora en sus miembros, Wet Picnic no estaba destinada al estrellato que ansiaba el argentino. La fama indie no era suficiente para un Santaolalla estimulado por todo lo que pasaba a su alrededor, aunque contrariado al tener que regresar a la autogestión más básica. Ni hablar de roadies o asistentes publicitarios, abogados o estudios de grabación de primera. Luego de tocar la cima en su ciudad natal, pues Arco Iris fue la primera banda argentina en presentarse en un estadio, el cambio era dramático. Si bien alcanzó a dejar un legado significativo en la producción de Better Luck (1981) de The Plugz, una banda punk chicana que inauguró el sonido de fusión vanguardista, latina y rockera que luego consagró Santaolalla a nivel comercial, ese camino no terminaría de alumbrarse para él hasta dentro de unos años. Fue entonces que la idea de regresar, importando esos bríos, tomó forma en su cabeza.

Como dan cuenta sus declaraciones contemporáneas, el Santaolalla que aterrizó en Argentina hacia finales de 1981 era un pedante promotor new wave que alardeaba su contrato con una disquera indie de Los Ángeles, presumía que los músicos porteños no podrían entender la música que ahora hacía y no se cortaba al criticar el crónico anquilosamiento del llamado rock nacional. Anunciaba, de paso, que tenía intención de grabar un disco solista en la Argentina. Era una vehemencia que quizás se explicaba en el destino de jubilación que había visto sufrir a los Eagles, Yes y Boston, enviados al asilo por los punks. Sus pares argentinos eran los equivalentes de esos mastodontes norteños. Tal vez Santaolalla pensó que era mejor dar él las patadas antes que se la dieran los jóvenes que estaban por llegar. Pese a todo, no había roto sus vínculos con sus colegas. A los meses produjo tres temas para Pensar en nada (1981) de León Gieco, entre ellos el Knopfleresco corte titular. No era new wave, aproximándose en “Vino algo y lo arrasó” al jazz melódico, aunque no por ello resultaba un giro menos sorpresivo para el autor de “Solo le pido a Dios”. ¿Una prueba vicaria de rupturismo? En cualquier caso, eran las cartas de presentación con las que Santaolalla contaba al momento de regresar a Buenos Aires para grabar su debut solista, un álbum concebido por él como la introducción de la new wave al rock argentino.

Si Santaolalla (1982) era un disco de quiebre y reinvención por diseño, difícilmente se puede encontrar un gesto más categórico que abrirlo con una relectura de “Vasudeva”, uno de los temas cumbre de Arco Iris. Sin siquiera cambiar la letra, Gustavo Santaolalla metamorfoseaba un manifiesto Waldeniano en una canción de amor como cualquier otra del pop radiofónico. Grabada primero en Tiempo de resurrección (1972), la guitarra acústica y el bombo originales eran erradicados por un reggae con ribetes pop. Amén de proclamar la ductilidad de la canción como forma, lo que Santaolalla subrayaba era la posibilidad de una música moderna y cosmopolita, que sirviese como vasija de preocupaciones y temáticas específicos a la experiencia local. La elección estilística no era inocente. Santaolalla podía adoptar el tecnopop o una new wave más guitarrera, pero tomó un género que ya había obtenido algún éxito comercial en el continente y que a nivel global capitaneaba Bob Marley, quien el cliché tiene por la primera estrella de rock del tercer mundo. La declaración de principios era rotunda. Transmutado por el periplo norteamericano, Santaolalla comenzaba a perfilar algunas de las características discursivas de lo que en pocos años se conocería como rock latino: multinacionales y conciertos pro zapatismo, música raizal fusionada para transmitir por MTV, activismo y mansiones en Miami.

Sin embargo, en el resto de Santaolalla predomina una new wave de manual, con guitarras incisivas, ritmos bailables y coros pegadizos. De cierto modo, el álbum ofrece un punto intermedio entre los primeros Soda, Virus e incluso los Sumo menos correosos (“No te hagas rogar” no queda lejos del estilo Prodan). El modelo evidente fue Balls Up (1982), único EP grabado por Wet Picnic. Santaolalla nunca logró tomarle el punto a la simplicidad new wave, abarrocándose hasta recordar más a Utopia que a The Cars. Lo que no se le podía regatear era su veteranía en el estudio, mostrándose capaz de adaptar su know how a los nuevos patrones estilísticos. Si en esta metamorfosis por un lado purificó la esencia del pop, proponiendo una actualización del rock clásico à la Tom Petty o Elvis Costello, también dejó intuir los primeros toques latinizados en la new wave vernácula. La percusión casi tropical de “María de los ángeles” redondea un tema sensual y moderno, con una letra Babasónica avant la lettre y una rítmica que recupera al legendario Rubén Rada (fundador del rock uruguayo, miembro de El Kinto, Tótem y Opa). Con esos giros selectivamente reivindicativos, Santaolalla ensayó su propia versión de la fascinación por los cincuenta y el primer rocanrol de los B-52s y X, que pronto plantearían en la argentina Los Twist.

En Santaolalla, ese espíritu lúdico y de memoria larga se despliega en “Mamá, amigos, tengo una TV color”, que de forma oblicua narra la experiencia migratoria del argentino, los contrastes entre Los Angeles y la dictatorial Buenos Aires (“No te paran por la calle y en la radio pasan rock’n’roll”). Claro que lo de verdad sustancial en la canción es cierta crítica, deslumbrada y no del todo escéptica, que dedica a la sociedad de consumo, simbolizada por los Estados Unidos: “De los porno al supermarket voy, como bola de pinball (…) Desde el primer dólar ya confían en Dios. A partir del segundo, se empiezan a ocupar de vos (…) Hamburguesas, cervezas, pollo frito, granos, Health Food Store. Si querés volverte loco tenés que llenar la aplicación. Analistas y gurúes, la super civilización”. Una característica, por cierto, heredada por el rock latino, que a veces parecía proponer que, si hasta la protesta es consumo, esta generación podría continuar alimentando ese mercado desde la música juvenil.

Otra clave para entender el disco está en “Si me llaman por teléfono no estoy”, que incide en la obsesión de Santaolalla por romper con su pasado y con el idealismo hippie (“Ya no quedan pasajes, en el tren del ensueño”), abogando por un empoderamiento individual muy de la época (“De mi cuerpo y de mi alma, voy a ser al fin dueño. Se quemaron mis libros, y con ellos la historia”). Al mismo tiempo, Santaolalla usaba la canción para abdicar el rol de portavoz generacional (“Si alguien tiene que volar, que sea el ave. Si alguien tiene que guiar, que sea el sol”), clamando por un esfuerzo que consiguiese reconfigurar el rock en sus temas, liberarlo de sus viejos tics (“Rompan la barrera, que nadie se quede afuera. Salten de la mentira, del cucu y de la rayuela”). Un alegato por una música apta para una generación y un tiempo nuevos. Una consigna a tono con lo que se iba cocinando por esos días en los márgenes artísticos argentinos, y hasta cierto punto en la sociedad en general. Por algo la portada de este álbum desplegaba una línea de pulso reactivada, vibrante.

¿Resonó esa frecuencia a nivel local? Es difícil responder. Santaolalla no iba a ser el relámpago iluminador que imaginó su creador; el proceso de renovación ya se estaba dando en paralelo. Virus fueron vecinos de estudio en la grabación de este álbum. También hay que decir que el disco intercalaba canciones menos radicales en su reinvención, más largas, acústicas y complejas que lo preceptuado por la new wave. Esos retrocesos y ambivalencias se continuaron en los artistas que trabajaron en el disco, pues Santaolalla reclutó a Alfredo Toth y Willy Iturri, bajo y batería en G.I.T., invitando además a Alejandro Lerner, con el que había colaborado en Soluna. Itutti y Toth, que pasarían a escudar al Charly García post Clics Modernos (1983), habían incubado esos aires modernos tocando con Raúl Porchetto en Metegol (1980) y Televisión (1981). Ambos álbumes negocian la distancia entre el pop cantautoral de Porchetto y un soft rock con acentos de reggae blanco en la onda de Slow Train Coming (1979), acriollando unos sintetizadores y saxos que se extienden desde “Qué chatura, señor” de Televisión a Clics Modernos. Entonces, no era solo que las nuevas generaciones se encaminaban por allí, sino que los propios músicos de la cohorte de Santaolalla iban convergiendo a esas formas con una solvencia que pocos ídolos anglosajones de los sesenta consiguieron.

Portada de “Santaolalla”, primer disco solista del músico argentino Gustavo Santaolalla

Si Argentina no era la isla retrógrada que pintaba Santaolalla, ¿qué le faltó a él para convertirse en el prócer de esa nueva avanzada? Aunque catalizó algunas cosas, su debut solista guarda apenas un lugar anecdótico, al carecer el impacto simbólico de Clics Modernos, que suma genialidad y oficio cancionístico a la tecnología e innovación formales. Si bien el inicio de “Yendo de la cama al living” parecía citar la apertura del EP de Wet Picnic, con un bostezo, García no trabajó Clics Modernos con Santaolalla, sino que se fue a la otra costa estadounidense, a empaparse de una new wave más urbana y arty que la angelina. Se puede decir algo parecido de Porchetto, que por sus inclinaciones cristianas y habilidades compositivas menores no consiguió hacer de Televisión el estandarte de ese cambio de piel sonoro. Las antipatías que ya granjeaba Santaolalla tampoco son desdeñables. A periodistas y críticos les costó soslayar la traición a los ideales hippies por una credit card hollywoodense. Pocos repararon en que los nuevos placeres que proclamaba Santaolalla con tanta euforia involucraban una desmovilización alienante. Esa fue una acusación que se guardó para las bandas jóvenes (Virus, Soda, etc.)

De todos modos, Santaolalla no peleó esos veredictos, regresando pronto a EE. UU. Allí compró tiempo mientras las condiciones artísticas y sociales se hacían más favorables para una operación en la que sí fue pionero. Si en los sesenta y setenta eran los músicos latinos quienes emigraban al norte en busca de espacios “más receptivos” a su música, desde las colinas californianas el argentino reconoció un mercado interno gigantesco, abierto por las nuevas tecnologías. El futuro no era esa new wave que lo encandiló, sino las fusiones de esa energía primal con sonidos latinos; algo que él avistó en los Plugz, Zeros, Cruzados, Illegals y Bags. Al cambiar la década, Santaolalla volvió a cruzar la frontera, ahora hacia el sur. Quizás Ritmo Peligroso, padres del mestizaje punk en México, eran un desmadre imposible de encauzar por los canales de la industria musical, pero en la Maldita Vecindad, Caifanes y Café Tacvba, Santaolalla encontró el material perfecto para llevar tan paradigmática combinación a su máximo potencial.

Nadie le discute el título de éminence grise del rock latino mainstream al argentino. Sus inabarcables créditos de producción hacen de su nombre casi un sinónimo del género, pero nos engañaríamos al buscar en Santaolalla un artista visionario. Su talento está en detectar las tendencias del día y usar su olfato comercial para aplicarlas en modos halagüeños a los músicos con los que colabora. En el caso de su debut solista, intentó importar la new wave a Argentina para maquillar al rock nacional con esos nuevos significantes. ¿No era la reinvención de “Vasudeva” una explicitación de esto? Pocos le compraron la pócima, encontrando sus caminos de aggiornamiento por cuenta propia. Un sujeto siempre contradictorio, Gustavo Santaolalla encarna mucho del espíritu del rock latino que ayudó a edificar: saltando de Leda Valladares al punk chicano, para pasar luego al pop comercial de Juanes, despotricando contra las majors para terminar lanzando el EP de su proyecto new wave con una subsidiaria de la RCA, enamorado de las últimas modas y obsesionado con una autenticidad que sólo alcanza la música de raíces. En esa agitada trayectoria, Santaolalla persiste como una hoja de ruta ambiciosa y peculiar, destinada a saldar las cuentas de la historia personal antes que dominar radioemisoras, apta para identificar el don de Santaolalla como agent provocateur, para alejarlo del delirio de los escenarios con la invitación de conducir a la bestia pop desde las sombras.

Crítico (visionesincomunicadas.substack.com)


* Esta reseña del debut solista de Gustavo Santaolalla fue escrita en 2014, si bien permanecía inédita. Ahora la recuperamos ya que examina críticamente el momento de reinvención personal que presenta el músico y productor argentino en el documental Rompan todo. La publicamos en su versión original, sin ediciones ni correcciones.