Homenaje a Marcelo Quiroga Santa Cruz en el día de su asesinato

“Al morir, musitaré el nombre de Marcelo”.

Héctor Borda

 

El célebre poeta boliviano Héctor Borda Leaño, radicado muchos años en Suecia, fue amigo de juventud de Marcelo Quiroga con quien compartió bancada en la Cámara de Diputados en 1966, él como militante de FSB y Quiroga Santa Cruz como independiente. No sólo compartieron bancada sino que, además, le tocó sentarse a su lado en el hemiciclo parlamentario.

Desde aquel entonces nada fue igual para él. “No sólo existía una cercanía física, sino también ideológica e intelectual con Marcelo”.

Marcelo tenía sentado a su izquierda a José Ortiz Mercado – un barrientista que terminó en duro crítico del barrientismo y perseguido por Barrientos- y a su derecha a Borda Leaño y a Walter Vásquez Michel. Alejados de la Falange, Borda Leaño y Vásquez Michel lo acompañaron en la instauración del juicio de responsabilidades al presidente Barrientos, en septiembre de 1968, y después, desde el Ministerio de Minas, en la nacionalización de la empresa petrolera Gulf Oil Company, en octubre de 1969, según la semblanza realizada por el periodista Juan Carlos Salazar en su libro Semejanzas.

En 1998, a propósito de los 18 años del asesinato, Héctor Borda Leaño, brindó su testimonio al periodista Fernando Molina, donde expresó su profundo respeto y cariño al líder asesinado.

 

ÚNICOS SOCIALISTAS

Walter Vásquez Michel, Rodolfo San Martin y yo, Héctor Borda, somos los únicos socialistas que quedamos -dice con la entonación enfática de los que tienen mucha política por detrás-. Los únicos de sus compañeros que seguimos fieles a Marcelo Quiroga Santa Cruz. El resto, ya que la prostitución no está penada en Bolivia, pueden seguir prostituyéndose como quieran. ¡Pero que no se digan socialistas! Y sobre todo, que no levanten el nombre de Marcelo. Porque Marcelo es otra cosa.

Héctor Borda Leaño, poeta y fundador del Partido Socialista 1, se enteró del asesinato del 17 de julio de 1980 leyendo el periódico Le Monde en el aeropuerto de Copenhague, donde se disponía a tomar un vuelo hacia Bolivia para asumir el cargo de senador por Oruro, que su  partido acababa de ganar para él. Un par de días antes había hablado por teléfono con Quiroga Santa Cruz, quien la demandaba que apresure su retomo del exilio. “Mataron al jefe socialista de Bolivia”, decía Le Monde en su primera página. Borda tuvo que quedarse en el extranjero… destrozado.

INVOCAR A MARCELO

“He visto morir a mi madre y a mi padre, y no he sentido esas muertes más que la de Marcelo”, dice ahora. No se considera un fetichista, pero está seguro de que “al morir, musitaré el nombre de Marcelo”

Tal testimonio de reconocimiento a un mártir que en su tiempo no fue bien visto por las élites dominantes y que nunca ejerció el poder ni concedió prebendas, moverá a la envidia a más de uno de los lideres políticos actuales. ¿Quién fue este hombre que despertó semejantes lealtades? Tal vez una anécdota que cuenta Borda puede ayudar a saberlo:

“Un día, sus colaboradores en el Ministerio de Minas y Petróleo (que ocupó durante el gobierno de Ovando), le ofrecimos una cena por la exitosa misión internacional que realizó para conjurar el bloqueo propiciado por la Gulf (expropiada por dicho gobierno) contra el petróleo boliviano. El discurso de ofrecimiento fue, como de costumbre, elogioso.

Marcelo contestó diciendo que cualquier boliviano puede negociar bien los intereses nacionales en el extranjero, con una sola condición que no levante la servilleta para que le pongan un cheque debajo”.

 

CÉLEBRE DOCENTE

Borda recuerda también la salida de Marcelo de la Argentina, donde se desempeñaba como uno de los pocos catedráticos extranjeros de la prestigiosa Universidad de Buenos Aires. “Acababa de cobrar su último salario y se disponía a cruzar la calle, cuando alguien disparó una ráfaga de metralleta. Afortunadamente, un automóvil se interpuso y las balas no le dieron”. Los que más sintieron la obligada renuncia de Quiroga Santa Cruz a su cátedra de Economía Política fueron los estudiantes argentinos.

“Las autoridades de la universidad tenían que poner altavoces fuera del aula. Cientos de jóvenes escuchaban de pie, afuera, las disertaciones de Marcelo. Ningún otro profesor de entonces podía jactarse de lo mismo”.

Y aquí Borda yo no resiste más. Sus ojos se inyectan de sangre y se le humedecen. “En 100 años, Bolivia no parirá otro como Quiroga Santa Cruz”, dice con la voz entrecortada.

 

Periodista