Y el templo reabrió sus puertas

Carlos Boyero/El País

La iniciativa de volver a pisar el templo, o sea, el cine, no surge de mi deseo, sino que me lo sugieren en mi muy agradecido trabajo, consistente en que te paguen por escribir y hablar de lo que más me ha gustado en la vida. No supone una prioridad del feligrés por regresar al lugar de culto después de haber pasado meses refugiado en el desierto de una casa en soledad. Tampoco el síndrome de abstinencia del adicto ni a la inaplazable necesidad de volver a pisar las calles. Pero lo hago. Enfundado en esa opresiva e indeseable mascarilla y siguiendo con cortés desgana el discurso del ilustrado taxista sobre la llegada del apocalipsis.

Atravieso el pasaje que une la madrileña Plaza de los Cubos con la calle Martín de los Heros, poblado por más sin techo que nunca, numerosos colchones y mantas, cartones de vino, algunos perros a la deriva, desamparo puro y duro. Me han sacado la entrada por Internet y me hacen fotos al lado del cine Renoir. Si normalmente no sé qué careto poner cuando me enfoca una cámara y consciente de que jamás podría ganarme la vida como actor, mi expresión en esos momentos debe de parecerse a la de un zombi.

Y entro en una sala pequeña y ocupada por un tercio de enmascarados espectadores. Debido a la separación de las butacas ignoro si hay parejas o si todos somos solitarios celebrando el advenimiento de nuestro tanto tiempo clausurado dios. Comprendo con disgusto que mi tique no pertenece a las primeras filas, una manía a la que soy fiel desde tiempos ancestrales. Quiero decir, no me gusta tener a nadie cerca en la sala, a no ser gente querida. Y, por supuesto, detesto el crujido de las palomitas en las deleitadas bocas de los espectadores, el ruido al quitar el plástico de los chocolates, el parloteo. Afortunadamente, ninguno de esos monstruos se han dado cita allí. El silencio es absoluto. Mi tabaquismo me provoca un par de toses y me alarmo, pero nadie me da la inquisitorial bronca ni sale de estampida.

He visto casi todas las películas que han programado. Solo desconozco o creo no recordar nada (me cuentan que concursó en un festival de Cannes) de Little Joe. Es una producción con medios muy limitados y la dirige una señora austriaca. Descubro con estupor que el argumento se centra en el nacimiento y posterior imperio de una pandemia. Las plantas creadas en un laboratorio y que presuntamente ahuyentarán la depresión en la gente, le otorgará estabilidad emocional, placidez o algo parecido a la felicidad, en realidad son devoradoras de la personalidad y contagian a todo el personal, empezando por el niño de una de las inventoras.

La idea es inquietante y tibio el desarrollo. Y me digo: no podías haber elegido una película más tranquilizadora y adecuada para los siniestros tiempos que estamos padeciendo. Mi masoquismo me aconseja que para tener una jornada plena al llegar a casa revise La invasión de los ladrones de cuerpos y su remake La invasión de los ultracuerpos. Seguro que contribuirían a que mi sueño fuera más que tranquilo, incluso dionisiaco.

Al finalizar Little Joe ninguno de los enmascarados nos fijamos en los otros. Y me pregunto inevitablemente por el futuro de los cines. El mayoritario público con el que me he cruzado en los últimos años somos gente de la tercera, la cuarta o la quinta edad. Y niños acompañados por sus progenitores. Bueno, de vez en cuando también he visto jóvenes haciendo cola para deglutir cine de superhéroes, galaxias muy lejanas y otras apasionantes movidas. No es mi rollo y dudo que lo fuera aunque tuviera veinte años.

Mi alma anciana desea con fuerza que se mantenga ese acto casi residual de ir al cine. Explicar su encanto sería reiterativo y absurdo. Ya sé que puedes consumir en la pantalla de un teléfono y en los lugares más exóticos todas las películas que desees. Será otro tipo de disfrute que me voy a perder, ya no quiero probar nuevas drogas. Lo de recluirme en una sala oscura ante una gran pantalla jamás me ha fallado, es un cuelgue eterno que nunca me ha dejado resaca, el refugio más sólido y duradero que he encontrado nunca. Constato que se cumplen 60 años del estreno de El apartamento, la película que más amo, junto a El buscavidas, en la historia del cine. Nadie me podría convencer de que el espacio natural para saborearlas sería en un aparato diminuto mientras que das un paseo o intentas matar el tiempo. Por cierto, qué horror nihilista contiene esa definición de matar el tiempo.