Werner Herzog estuvo aquí

Debería estar dirigiendo a una tribu de indígenas amazónicos y de técnicos de cine que intentan remolcar un barco de vapor a través de una montaña. O quizá, debería estar apuntando con un fusil a su actor fetiche para evitar que abandone el set de rodaje. O cuando menos, debería estarse comiendo otro de sus zapatos. Pero, no. Werner Herzog no está haciendo ninguna de esas cosas. Ni siquiera nada remotamente parecido. Acompañado por un puñado de colaboradores germanos, mexicanos y bolivianos, el cineasta alemán espera relajado, sin armas, embarcaciones o calzados comestibles que lo distraigan, a que finalice un interminable acto cívico escolar en el que niños y adultos ciegos se toman su tiempo para llegar al estrado, encontrar el micrófono, agradecer, recitar y cantar. No dirige a nadie. Ni siquiera habla. Permanece inmóvil. No hay cámaras, micrófonos, reflectores, dollys o claquetas que lo delaten. No está en el corazón de la selva, tampoco perdido en el desierto, menos buscando señales de vida en la Antártida. Está en un típico patio de colegio público: piso de cemento, aulas modestas, puertas señalizadas, ventanas cuadriculadas. Está en el 58 aniversario del Centro de Rehabilitación para Ciegos Manuela Gandarillas. Está en Cochabamba. Aunque casi nadie lo ve, Werner Herzog está aquí.

Aquí también estoy yo, un periodista recién vuelto de un viaje de vacaciones, sin grabadora ni libreta de apuntes. No las he olvidado, sino que nunca terminé de creerme eso de que Herzog llegaría a mi ciudad, así que las he dejado adrede como para afianzar mi escepticismo. Ver para creer. Pero, por si acaso fallara la intuición, he tomado el recaudo de traerme conmigo una copia de Conquista de lo inútil, el diario de rodaje de Fitzcarraldo, una de las más desbocadas aventuras jamás filmadas en la historia del cine. Podría sobrevivir sin entrevistar a Werner, pero no me perdonaría la oportunidad de enfrentarlo a una de sus criaturas.

Semanas antes, una amiga advertida o, mejor, compadecida de mi cinefilia me había anticipado que el realizador bávaro pasaría por Cochabamba para la preproducción de su próxima película. Respeté su pedido de discreción y fingí un entusiasmo mayor al que me provocó la noticia. No me cabía en la cabeza que un hombre seducido por los paisajes más extremos e insólitos del planeta pudiera estar interesado en una ciudad de lo más desangelada. Qué podría buscar un aventurero, que ha sobrevivido más de una vez a la Amazonía, en un valle urbanizado en el que la bestia más salvaje es el negocio de la construcción, que se devora todo rastro de vegetación. Qué podría rastrear un explorador, que ha capturado los caprichosos espejismos del desierto, en una urbe que solo provoca delirios en los comensales que se abandonan a las orgías de su cocina sobreabundante en calorías. Qué podría descubrir un temerario, que llegó hasta una isla vaciada de habitantes para registrar el momento de la erupción de un volcán, en una ciudad vigilada por un enorme Cristo de concreto que corona uno de sus cerros y ostenta el dudoso honor de tener unos centímetros más de altura que el Corcovado.

Y aun así, Herzog está aquí, en esta mañana caliente y despejada de finales de enero de 2015, en la que el verano se ha esforzado en regalarle la más bochornosa de las bienvenidas. Permanece apacible y silente. Contempla la ceremonia del centro de invidentes con un rictus inexpresivo que no da margen ni siquiera para especular sobre su estado de ánimo. No parece aburrido ni impaciente ni extrañado. Es poco probable que esté siendo testigo de una de esas verdades extáticas que, con incansable obsesión, persigue su cine desde hace medio siglo. Solo observa en silencio y sin inmutarse. Hasta que las palabras, los versos y los cánticos alusivos a la conmemoración se agotan y se abre el recreo para la comilona. Lo profesores reparten salteñas (empanadas rellenas de guiso típicamente bolivianas) y sodas personales. Hay suficiente para todos. Incluso Herzog recibe una ración. El solaz es aprovechado por sus colaboradores para ir en busca de algunos profesores del centro. El director no se entromete en esas diligencias, pero finalmente se levanta y camina. Espigado y flaco, se mueve con la misma parsimonia con que observa. Va de un lado a otro del patio. Su lentitud es compensada por el alcance de sus pasos, que son en verdad zancadas. Deambula discretamente, sin que nadie repare en su presencia, hasta que su equipo, a estas alturas ya frenético, lo lleva a una oficina del establecimiento y se encierra ahí con él. Werner Herzog ya no está aquí.A los pocos minutos me entero de que la sala está siendo empleada para hacer un casting. Eso explica que su puerta solo se abra para recibir y despachar niños ciegos, que llegan y se van acompañados de profesores, amigos o familiares. Herzog ha llegado a Cochabamba en busca de actores para su próxima película, me confía Ida Peñaranda, la misma amiga que me había avisado de la visita del director, ahora ocupada en organizar las entrevistas con los invidentes. No me entero de mucho más durante la siguiente hora en que continúa el casting. Ahora, el que no puede ver nada soy yo. No me queda más que la memoria y la imaginación, si acaso pueden distinguirse. Fabulo con una versión contemporánea y sudamericana de El país del silencio y la oscuridad, el documental en el que Herzog registra los desasosegantes esfuerzos por comunicarse de personas a la vez ciegas y sordas. Me divierto con la posibilidad de que el casting descubra una improbable reencarnación cochabambina de Klaus Kinski. Las disparatadas cavilaciones seguirían, de no ser que la puerta de la oficina se acaba de abrir y reaparece en el patio el cineasta alemán. Su asistente de producción boliviano me confirma que el casting ha concluido. Y ante la duda sobre si volverán para rodar en Cochabamba, me suelta a bocajarro: “Se va a filmar en el salar de Uyuni”. Eso lo explica todo: de esta ciudad solo le interesa algún potencial actor ciego para su nueva película. Werner Herzog está aquí, pero pronto ya no lo estará.

Por un par de horas me había ilusionado con la posibilidad de que el director de Aguirre, la ira de Dios se quedaría o volvería para filmar en Cochabamba. Probablemente percatado de mi desengaño, el asistente boliviano me ofrece como premio consuelo presentarme a Herzog. Mi compañera (una rabiosa seguidora del cineasta alemán) y yo lo seguimos unos pasos hasta dar con Werner. Solo entonces consigo una visión más definida de su rostro blando y circunspecto; de su fino cabello negro que resiste a la extinción y al encanecimiento; y de su indumentaria de trabajo: unos botines deportivos, un ancho pantalón verde con bolsillos a la altura de las rodillas, y una polera gris con la leyenda de los Wisconsin Badgers en el pecho. Nos saluda con pocas palabras, pero con cortesía. Le pedimos que nos firme el ejemplar que llevamos de su libro y le sugerimos que tome resguardo del sol en los pasillos cubiertos. Toma asiento, se coloca unos anteojos y, antes de firmar, hojea su Conquista de lo inútil por varios segundos, deteniéndose en las páginas finales, como si buscara alguún pasaje que solo él reconoce. Para entonces, algunos de los presentes ya han desenfundado sus smartphones y tímidamente toman fotos del encuentro entre el cineasta y sus hostigadores. Los niños invidentes ya se han marchado, pero el barullo colegial persiste. Algunas profesoras se han enterado de que el visitante “gringo” es famoso y, tras unos minutos de cuchicheos y risillas, se animan a pedirle posar para unas fotos con ellas. Él accede sin entusiasmo, pero sin perder un ápice de educación. La sesión fotográfica concluye cerca del mediodía. Ha llegado el momento de despedirse. Ahora que todos finalmente lo ven, Werner Herzog está a punto de ya no estar aquí.

***

Que Werner Herzog esté aquí no es algo que pueda pasarse por alto ni mucho menos. El nombre de este cineasta bávaro, nacido en Munich en 1942, es el de uno de los puntales del llamado Nuevo Cine Alemán, ese movimiento que –de la mano de otros monstruos como Fassbinder y Wenders- rescató a la cinematografía germana de las cenizas de la posguerra. Su nombre es el de uno de los creadores más rabiosamente personales que dio el cine de la segunda mitad del siglo XX. Su nombre es el de un explorador incansable, que, siendo aún adolescente, se largó un día de su casa en Baviera para recorrer a pie Europa y nunca más dejó de viajar. Su nombre es el de un cineasta en estado salvaje que a los 19 años decidió que se dedicaría al cine y comenzó a hacer películas, sin que en su formación mediaran universidades o nada parecido, tan solo guiado por un instinto igual de irreprimible que el que un día lo arrojó a caminar. Su nombre es el de un creador incombustible, que tiene en su haber más de 60 filmes, ficcionales y documentales, largos y cortos, para cine y para televisión, pero que también se ha probado capaz de dirigir ópera y de escribir (diarios de rodaje y de viaje, como Del caminar sobre hielo). Su nombre es el de una leyenda viva y encendida de la historia del cine, una leyenda que se ha alimentado no solo de la dimensión extraordinaria y épica de su obra, sino de su vida y milagros en los rodajes e, incluso, fuera de ellos (alguna vez se comió su zapato para pagarle una apuesta a su colega Errol Morris). Su nombre es el de un duelista del set de rodaje, que como nadie llegó a domesticar –aunque no del todo- a ese poseso de la interpretación que fue Klaus Kinski, con el que rodó algunas de sus obras fundamentales (Aguirre, la ira de Dios, Fitzcarraldo, Nosferatu, Woyzeck, Cobra Verde) y al que le unió una relación de amor y odio (entrañablemente narrada en Mi enemigo íntimo).  Su nombre es el de un arqueólogo de los sueños y de las pesadillas que conducen al hombre a la virtud (El enigma de Kaspar Hauser) y a la locura (Aguirre…), a la redención (El gran éxtasis del escultor de madera Steiner) y al infierno (Grizzly man). Su nombre es el de un cazador de insólitos paisajes naturales (Encuentros en el final del mundo), humanos (También los enanos empezaron pequeños) y espirituales (Fata Morgana), convencido desde siempre de que “necesitamos imágenes puras y absolutas que reflejen nuestra civilización como un todo y nuestra voz interior más profunda. Y las necesitamos ya…”. Su nombre es el de soñador impenitente, que dentro y fuera de la pantalla ha desafiado las leyes del cine, del hombre y de la naturaleza (su batalla contra los financiadores de la industria cinematográfica, contra Kinski y contra la propia gravedad para la realización de Fitzcarraldo) hasta consumar prodigios solo atribuibles a una voluntad sobrenatural, acaso divina. Su nombre es el de aventurero sin edad, que no turista (pues “el turismo es pecado y el viaje a pie es virtud”, proclama en su célebre “Declaración de Minessota”), reconocido como uno de los contados cineastas que ha filmado en los cinco continentes del planeta, y al que ha traído a Bolivia una obsesión arrolladora por rodar en el salar de Uyuni (el mayor desierto de sal del mundo, que ocupa 10.582 kilómetros cuadrados incrustados en el altiplano potosino, en el suroeste del país), un paisaje que, en sus palabras, no pertenece a Bolivia, ni siquiera a este mundo, pues es algo extraterrestre, de Andrómeda. Su nombre es el de un místico que predica y arranca milagros de las imágenes en movimiento, pero que no cree en una verdad despojada del artificio humano y reivindica, más bien, una verdad extática que (otra vez siguiendo la “Declaración de Minessota”) “es misteriosa y elusiva y solo puede ser alcanzada a través de la invención, la imaginación y la intervención”. Su nombre es el de un hombre de fe (“No fue el dinero lo que empujó ese barco montaña arriba en Fitzcarraldo; fue la fe”, le confiesa a Paul Cronin en Herzog por Herzog), que así como reconoce la naturaleza maligna del hombre (Cobra verde, Corazón de cristal), cree en su fuerza de voluntad para imponerse a los designios más adversos (las personas ciegas y sordas de El país del silencio y la oscuridad). Su nombre es el de un inventor de mundos y de historias que, para descubrir una verdad extática, puede apelar a las más retorcidas promesas, mañas y mentiras (hipnotizó a gran parte de su elenco en el rodaje de Corazón de cristal), pero sin comprometer nunca la autenticidad de la visión primigenia que lo mueve. Su nombre es el de un conquistador de lo inútil que, lejos de rehuir de los fracasos, los ha convertido en la materia prima de sus sueños y de sus películas, que al final de cuentas son la misma cosa. Su nombre es Werner Herzog. Y está aquí.

***

Casi un año después de la visita de Herzog para el casting, vuelvo al Centro de Rehabilitación para Ciegos Manuela Gandarillas. De repente, me ha intrigado saber si el paso del cineasta alemán dejó alguna huella en los niños a los que entrevistó y en los profesores que tan alegremente se sacaron fotos con él. Llevado por mi ingenuidad de periodista cinéfilo (o sería mejor al revés), imagino que la escuela pudo haberse interesado tanto en la obra del director de Stroszek, al punto de haber conseguido versiones tiflocine de sus películas para compartirlas con los invidentes.  Que de tanto escuchar los relatos en off que conducen sus documentales, los niños podrían estar ya familiarizados con la cavernosa voz del director. O que no hay día en el que los que fueron entrevistados para la película no recuerden la incorpórea presencia del realizador. O que, en un arrojo de entusiasmo, rebautizaron la oficina donde se hizo el casting como sala Werner Herzog. Sería el indicador definitivo de que estuvo aquí.

Pero, una vez más, las expectativas se dan de bruces contra la realidad. En su oficina, el director del Centro Manuela Gandarillas, José Luis Pozo, reconoce, de buenas a primeras, que él apenas se acuerda de la visita del “gringuito alemán” y de su equipo. “Directamente me desentendí de ellos, porque estaba en los afanes del aniversario”, confiesa Pozo, un cuarentón invidente, calvo y jovial, que confunde el nombre de su interlocutor cada vez que lo trata. Ni siquiera estuvo en la sesión de fotos posterior al casting. Recuerda que delegó la coordinación con los cineastas a otro personal del centro. No tiene certeza de cuáles fueron los niños que ingresaron a la entrevista con Herzog. Para averiguarlo toma el teléfono y llama a una de sus funcionarias, pero antes de que pueda recibir toda la información requerida, explota en su escritorio el timbre de otro teléfono, uno inalámbrico, que debe contestar. Cuelga el primer auricular e, inmediatamente, lo sorprende su móvil, que contesta solo después de disculparse con la persona con la que hablaba por el inalámbrico. Pese a estar ya en periodo de vacaciones, sin niños en clases y solo con actividades administrativas, el centro tiene una rutina casi tan frenética como la de una oficina de atención al cliente. Cansado de los teléfonos, Pozo se dirige hacia su computadora, se coloca unos auriculares y frente al monitor apagado teclea sin pausa. Su febril interacción con un teclado parlante y una pantalla en negro parece sugerir que es posible sobrevivir a una vida sin imágenes, pero ya no a una sin máquinas. Unos minutos después se vuelve hacia mí y me dicta los nombres de algunos de los niños que hicieron el casting. Y sugiere que si deseo saber más detalles de las entrevistas, hable con la maestra que intervino directamente en ellas.
La maestra no es, en rigor, maestra, sino trabajadora social. Se llama Mónica Tola y tiene 28 años. Flaca, morena y de mirada escurridiza, ella reconoce que ya no se acuerda tan bien de los pormenores de esa hora de casting entre Herzog y los chicos invidentes. Afirma sin tapujos que no está al tanto de la carrera del cineasta alemán. No cree haber visto ninguna de sus películas. Tampoco tiene información del filme que vino a rodar en Bolivia y para el que entrevistó a niños y niñas con los que ella interactúa a diario.

-Imagino que nunca volvieron a saber de él… -presumo.

-No. Solo nos dijeron que iba a hacer una película y que buscaba niños ciegos bolivianos para que actuaran, pero no sabemos si al final la hizo, si ya se estrenó o qué- responde con un dejo de desconcierto.

-Hizo la película. Se llama Sal y fuego. La filmaron entre abril y mayo, principalmente en el salar de Uyuni. Es con actores extranjeros, medio famosos (Veronica Ferres, Michael Shannon, Gael García Bernal). El mismo director también actúa… -aclaro, arrogándome el papel de vocero local de la producción para despejar cualquier sospecha de que el alemán fuera un farsante que vino a tomar el pelo, y a niños ciegos, nada menos. Podría verse tan mal como las denuncias, siempre desmentidas por Herzog, de que explotó a los indígenas que trabajaron en Fitzcarraldo.

-¿El que hizo el casting también es actor? -interroga.
-Más o menos. Él escribe y dirige sus películas, y en sus documentales aparece y habla. Y de vez en cuando, hace pequeños papeles en películas de otros cineastas, y ahora ha hecho algo así en la suya -respondo con la torpeza y la arbitrariedad de un involuntario RRPP.

-¿Y qué hicieron con los niños invidentes?

-Hasta donde sé, es una historia de ciencia ficción de una científica a la que secuestran y dejan en medio del salar junto a dos niños ciegos. Juntos tienen que evitar una catástrofe natural que puede acabar con la humanidad- relato, mientras pienso que alguien debería taparme la boca para evitar que siga diciendo cosas de cuya fiabilidad no me puedo responsabilizar.

-¿Y ya se puede ver la película? ¿Ya la terminaron?

-No y aún no se sabe cuándo se estrenará. Los niños de acá a los que les hizo el casting, ¿no preguntaron por el cineasta o por la película?- indago, en un intento por retomar el rol de interrogador.

-Al principio preguntaban, tenían curiosidad, pensaban que iba a volver para escoger a alguno para la película. Nosotros también pensamos que podría elegir a uno o más. Estábamos esperando que nos avisaran, pero nunca nos dijeron nada. De a poco, los chicos se han olvidado. Ya no preguntan, ya no se deben acordar. Pero podría decirse que seguimos esperando a que vuelvan o nos llamen para saber, aun cuando sea que no eligieron a ninguno de los que hicieron el casting aquí.

Y si Mónica dice aquí, es porque las entrevistas de Herzog a los niños invidentes del Centro Manuela Gandarillas se hicieron precisamente en esta oficina, en la oficina de Trabajo Social: una amplia sala de cuatro por cuatro, algo oscura pese a la gran ventana que da al norte, cubierta de una alfombra café y con las paredes pintadas de color naranja. Ocupada por dos escritorios, una mesa, dos estantes, un ventilador y un pequeño living, esta habitación acogió al cineasta alemán, a sus colaboradores, a Mónica y a una quincena de niños y niñas invidentes, de entre 8 y 12 años, que por una hora tuvieron chance de estar en la nueva película de Werner Herzog. Sin embargo, ninguno de los chicos consiguió alguno de los papeles. El casting no satisfizo las expectativas del realizador. No fue una pérdida de tiempo, pero sí un ejercicio sin resultados. Ni sus paisajes ni sus niños ciegos, nada de lo que Cochabamba podía ofrecerle a Werner tenía futuro de cine. Aquí, en esta sala que, a mi pesar, aún lleva el nombre de Trabajo Social y no el del cineasta alemán, se consumó la primera de las varias conquistas de lo inútil de Herzog en Cochabamba. Una experiencia ya bien conocida por él y sobre la que, hace 36 años, el 29 de julio de 1980, escribió en su diario de rodaje de Fitzcarraldo: “Belém do Pará. Con Gisela en la ciudad; como no existe ningún sentimiento histórico, solo un presente jadeante y sudado, no hay esperanza de encontrar acá algo para el vestuario. Sensación de la inutilidad de todo mi quehacer; las cosas más importantes ocurren en otra parte”. No ocurren aquí.

***

Unos días después, el Centro Manuela Gandarilla vive un festejo similar al que casi un año atrás recibió sin querer a Herzog. Pero, en esta mañana de diciembre, sofocante como aquella, no se celebra el aniversario del establecimiento, sino el cierre de la gestión 2015. Aunque las actividades formativas ya concluyeron hace algunos días, los poco más de 30 niños invidentes que asisten y/o están internados en el lugar se han vuelto a reunir, acompañados muchos de ellos por sus familiares, para tener unas horas de confraternización. El programa parece calcado del que contempló en silencio el cineasta alemán: niños y adultos ciegos se toman su tiempo para llegar al estrado, encontrar el micrófono, agradecer, recitar y cantar. Y el menú tampoco ha variado mucho: salteñas y jugos de fruta (en lugar de gaseosas). Sin embargo, no están todos los que hicieron el casting, acaso porque, a diferencia de ese día de finales de enero en que tampoco tenían clases, para hoy no ha mediado una promesa de eventual estrellato cinematográfico que los convenciera de venir.

Alguien que hizo el casting y está hoy aquí es Yesika Jaimes, una niña de 12 años que está a punto de dejar de ser niña. De gestos traviesos y con la cabeza gacha y muy próxima a la muñeca de su mano derecha, Yesika se balancea, toquetea sin pudor a sus interlocutores y los acribilla con preguntas de diverso calibre. El tacto es básico para entablar una relación de confianza con un invidente. Te palpan, luego existes. Y cuando existes, te interrogan. Solo una vez que Yesika ha agotado su batería de consultas, cede un margen para las de sus entrevistadores, que en este caso somos Ida, la amiga que un año antes me avisó de la llegada de Herzog, y yo. Pero la entrevista no parece llevarnos a ninguna parte y, para colmo, pronto nos devuelve al rol de interrogados.

-¿Te acuerdas de un “gringuito” que vino hace un tiempo y te hizo preguntas, porque estaba buscando niñas como vos para su película? -pregunta Ida.

-No, no me acuerdo- responde Yesika.

-Era un señor ya mayor, que no hablaba muy bien castellano… -intervengo yo, antes de ser arrinconado por una nueva racha de preguntas.

-Y, ¿ya no ha vuelto ese “gringuito”? ¿Por qué ya no ha venido? ¿Por qué ya no está viniendo?

Sin poder ofrecer una respuesta cabal a esas preguntas, nos miramos atónitos por unos segundos hasta que Ida introduce una interrogante sorpresa.

-Yesika, ¿sabes hablar en quechua?

-Sí, un poquito.

-Ese “gringuito” que vino y te entrevistó, te preguntó si sabías quechua. ¿Te acuerdas?

-Ah, creo que sí… Como hablaba lento y raro, le pregunté su edad.

-Y, después de decirle que sabías quechua, ¿le dijiste algo en quechua? -indago.

-Sí: Imaynalla kasanki? (¿Cómo estás?) -precisa.

-¿Algo más? -insisto.

-Imata munanki? (¿Qué quieres?).

Como si se diera por satisfecha de la charla, Yesika deja de hablarnos y se entrega a su pequeño jugo de durazno, que sorbe sin pausa hasta hacer silbar la pajilla. Solo después de haber vaciado de líquido su pequeña caja frutal, prorrumpe su coda:

-Me acuerdo que le pregunté si tenía reloj, me dejó tocarlo y luego le pregunté la hora. Me dijo una hora que no era la misma de mi reloj.

-Cierto… -asiente Ida.

-Me explicó que su reloj seguía con la hora del país de donde venía y que por eso era diferente a la de mi reloj- remata para inmediatamente después inclinarse sobre su muñeca derecha y presionar uno de los botones de su reloj. “Son las 11:39 minutos de la mañana”, informa una voz algo robotizada. Ahora se entiende la tendencia de Yesika a inclinarse sobre su mano derecha. La fijación por su reloj habla de una obsesión mayor: el tiempo.

Para alguien que no puede distinguir el paso de las horas por la forma en que el mundo es y deja de ser iluminado por el sol, el reloj se convierte en el indicador definitivo de que el tiempo avanza y no se detiene. Sin luz, el tiempo tiende a ser una abstracción aún más compleja de lo que ya es y, lo que es peor, a estancarse en la percepción de quien no lo ve correr. Y si al tiempo lo desaparece la ausencia de luz, no parece descabellado suponer que podría hacer algo similar con el cine o, al menos, con la percepción que de él puede tenerse. Estas deficientes tentativas de filosofía me asaltan al tomar conciencia de la imposibilidad de comprender lo que significa el cine para una persona ciega. ¿Qué es y cuál es la importancia del cine para alguien que no ve? ¿Cómo podría comprender la figura de un cineasta alguien que no ha visto películas? ¿Por qué debería importarle a un invidente quién es Werner Herzog? ¿Por qué habría de recordarlo, de no ser por su reloj fuera de hora?

Cuando estoy a punto de enredarme aún más en estos devaneos, reaparece mi amiga con otra niña ciega. Se llama Heidy Gabriel, tiene nueve años, es menuda y no oculta su desconfianza ante nuestra presencia. Como Yesika, hizo el casting con Herzog, pero no lo recuerda bien. No ofrece respuesta a las preguntas por los pormenores de la entrevista. A lo sumo, cree que a la sala donde estaba el cineasta alemán ingresó junto a otro niño, su mejor amigo, que ahora no está aquí. Herzog no le suena a nada. Así que, contrariado aún por mis cavilaciones de hace rato, le pregunto si ha ido alguna vez al cine. Responde que no, que en su casa solo tiene películas en DVD y que de la televisión se queda con la serie animada Dragon Ball Z y, en particular, con Goku, al que imagina como un ser con patas y cola. No mucho más puede decir del cine.

Hace casi un año, Werner Herzog estuvo aquí, pero de su paso por la escuela para invidentes Manuela Gandarillas casi no hay rastros. Se han olvidado casi por completo de que vino. No se han tomado la molestia de averiguar quién era y qué vino a hacer a Bolivia. En el mejor de los casos, se lo recuerda como a un “gringuito” que no volvió ni llamó para avisar que no usaría a ninguno de los niños ciegos del centro para la película que dijo que haría, pero que no se sabe -ni interesa- si hizo o no. En el más anecdótico de los casos, ha quedado en la memoria como el hombre que llegó con la hora cambiada. Y en el peor de los casos, es alguien de quien no hay memoria, pero que, por una serie de derivaciones, tiene alguna relación con Goku de Dragon Ball Z. Desde luego, todo esto tiene sus explicaciones, que van de un casting fallido a la hipótesis de que el cine (cineastas incluidos), tanto o más que el tiempo, es una abstracción difícil de comprender y valorar para el que no ve.  Pero, aun así, si casi nadie lo recuerda o lo recuerdan mal, ¿puede algo o alguien darse por cierto? Si el cine no se ve, ¿existe? ¿Werner Herzog estuvo aquí?

***

Las cuerdas han sido cortadas. El barco ha caído en los rápidos. Fitzcarraldo ha fracasado. Todo el esfuerzo para remolcar su embarcación de un lado a otro del río ha naufragado. El sueño de llevar la ópera y a Enrico Caruso a la Amazonía ha terminado. Es el tramo final de la película y Fitzcarraldo debe masticar su derrota ante Don Aquilino, un terrateniente que nunca le creyó capaz de hacer lo que al final hizo, pero no sirvió para nada.

Don Aquilino: Ante todo, tómese un buen trago. Cruzar los fuertes en un barco a vapor es algo que nadie podrá repetir. Es toda una hazaña. Tenga, beba. Extraordinario, amigos, extraordinario. Tenga amigo, beba. ¡Para calmar los espíritus malignos del Pongo!

Fitzcarraldo: Le contaré una anécdota. Cuando Norteamérica apenas había sido explorada, un pionero francés se dirigió hacia el oeste desde Montreal, fue el primer blanco que vio las cataratas del Niágara. A su regreso habló de que las cataratas eran tan enormes, tan inmensas, que nadie lo podía imaginar. No le creyeron. Le tomaron por loco embustero. Le preguntaban: “¿Qué prueba tienes?” Y él contestaba: “Mi prueba es que las vi”.

Podría bastar con que afirme que yo lo vi. Lo vi esperando a que finalice un interminable acto cívico escolar en el que niños y adultos ciegos se tomaban su tiempo para llegar al estrado, encontrar el micrófono, agradecer, recitar y cantar. Lo vi entrar en una sala a hacer un casting. Lo vi salir de esa sala para autografiar una copia de su libro y sacarse fotos junto a las profesoras de los invidentes. Lo vi incluso después, sentado en el asiento de copiloto de una furgoneta camino a La Cancha, el mercado popular de Cochabamba que se extiende sin fronteras sobre calles, galerías, aceras, plazuelas y bloques de casetas. Lo vi de cerca y hasta le hablé, pero solo para recibir más silencios que palabras. Lo vi capitular en La Cancha ante un plato de pique macho (una comida típicamente cochabambina de picados de carnes, verduras sin cocer y papa frita), que, por su abundancia, creyó que alcanzaría para alimentar “a un batallón de soldados”. Lo vi llevarse a regañadientes una billetera de cuero adornada de motivos andinos del sector de las artesanías. Lo vi ansioso por salir del mercado. Lo vi obsesionado por encontrar un plato de chicharrón de cerdo en martes, cuando en esta ciudad solo se sirve los domingos. Lo vi decepcionado por haber fracasado en la búsqueda del chicharrón. Lo vi durmiendo, siempre en silencio, mientras retornábamos de la frustrada caza del chicharrón. Lo vi enfrascarse en otra búsqueda inútil. Lo vi arrastrándonos con él hacia ella. Lo vi enfrentarse a lo inútil, eso que tan bien comprende. Lo vi refugiarse en sus sueños para evitar ser devorado por su obsesión. Lo vi. Aun no siendo testigo de algún episodio sobrehumano, como los tantos que pueblan su cine y la mitología que le rodea, vi a Werner Herzog. Ver para creer. Creo en Werner Herzog. Mi prueba es que lo vi. Werner Herzog estuvo aquí.

 

***

“¿Tienes sueños? ¿Con qué sueñas?”. Werner Herzog le soltó esas dos preguntas a un niño ciego del Centro Manuela Gandarillas. Y por toda respuesta, recibió silencio, pero no el tipo de silencio introspectivo que él cultiva, sino uno análogo al desconcierto. En esta anécdota aparentemente mínima, que aún reverbera en la memoria de Diego Mondaca, el boliviano que acompañó al cineasta alemán en el casting, está la prueba definitiva de que Herzog estuvo aquí. Solo alguien como él, que cree en los sueños y en el impulso vital que le imprimen a las empresas humanas, pudo haberlas formulado. Solo pudieron venir de un hombre que, durante el complejo rodaje de Fitzcarraldo, se convenció para siempre de que una vida sin sueños no vale la pena: “Una vez regresé a Alemania para reunirme con todos los que financiaban la película y me preguntaron al unísono: ‘¿Cómo hará para seguir? ¿Tiene la fuerza y la voluntad y el esfuerzo necesarios?’. Y yo les dije: ‘¿Cómo pueden hacerme esa pregunta? Si abandono este proyecto seré un hombre sin sueños, y yo no quiero vivir así’” (extraído de Herzog por Herzog, libro de entrevistas de Paul Cronin).

Porque es cierto que yo vi a Herzog y sé que estuvo aquí. Lo vi conquistar lo inútil en esta ciudad. Pero, no menos cierto es que para los chicos invidentes que hicieron el casting con él pero no lo vieron, es apenas un recuerdo nebuloso o, de plano, no existe. Y aun para algunos que lo vieron, como los profesores de los invidentes, el cineasta es menos que una anécdota. Y para Cochabamba, que no fue capaz de concederle paisajes naturales, actores ciegos o un mísero chicharrón de cerdo, ni siquiera eso. Para todos ellos, Werner Herzog no estuvo aquí porque ni siquiera existe. Y siendo así, esta sería, a su manera, la crónica de otra conquista de lo inútil. Por fortuna para todos, para los que lo vieron y para los que no lo vieron, para los que lo recuerdan y para los que no saben quién es, no importa si Werner Herzog estuvo o no aquí, siempre que se lo pueda buscar y encontrar ahí donde ha estado y seguirá estando: sus películas. El cine. Los sueños.

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*Originalmente publicado el 1 de junio de 2016, en el suplemento Brújula del diario El Deber.

Periodista – santi.espinoza@gmail.com