Una guerra de 46 años para adueñarse de Franz Kafka

Benjamín Prado/El País Semanal

La inmortalidad es convertirse en un adjetivo. En unos tiempos donde se tiende a lo homologable, las actitudes quijotescas tienen poco margen de maniobra, pero la cantidad de situaciones dantescas o kafkianas que se producen en un mundo en el que se multiplican las guerras, el terrorismo, las diásporas y la burocracia les garantiza a los autores de la Divina comedia y El proceso una vigencia innegable. Carlos Gardel cada día canta mejor, y ellos dos también.

Nunca se ha sabido quién era exactamente Franz Kafka, nada raro en alguien que se definió a sí mismo como “un jinete que cabalga a la vez sobre dos caballos”. Sabemos que era un genio que no se lo creía y por eso le pidió a su amigo Max Brod que destruyera todos sus manuscritos; y lo consideramos un adivino que pronosticó en sus obras el Holocausto, que padecerían siete miembros de su familia asesinados en los campos de exterminio nazis, entre ellos sus tres hermanas, Elli, Valli y Ottla. Ahora, sin embargo, la pregunta sobre el autor de La metamorfosis no es cómo era, sino de quién es, suponiendo que alguien o algo pueda ser patrimonio de la humanidad y a la vez tener un dueño.

El investigador Benjamin Balint cuenta en El último proceso de Kafka (Ariel) cómo tras su muerte, en 1924, el legado del genio de Praga pasó a manos del propio Brod, que era su albacea; y después de fallecer este en Tel Aviv, en 1968, a las de su secretaria Esther Hoffe; y cuando ella faltó, a las de su hija Eva. Para entonces, los papeles del creador de El castillo no eran ya un asunto de familia, sino una cuestión de Estado que desencadenó una batalla judicial entre Alemania e Israel —donde fue demandada Esther, en 1973— que ha durado más de 40 años. Quienes peleaban por los documentos de Kafka, que era checo, judío y escribía en el idioma de Goethe, eran la Biblioteca Nacional de Jerusalén y el Archivo de Literatura de Marbach, la ciudad donde nació el poeta, dramaturgo y filósofo Friedrich Schiller. El combate incluía a Brod, un autor menor pero fértil, que publicó casi 100 libros entre novelas, poesía, ensayos, dramas y biografías, y que coprotagoniza esta historia porque fue él quien percibió el valor de Franz Kafka desde que este le leyó sus primeros textos, gracias a su buen ojo “para reconocer lo extraño, lo sublime y lo maravilloso en todas sus formas”, como dijo de él su amigo Stefan Zweig.

La guerra llegó hasta 2016, cuando ganó la tesis religiosa a la lingüística y un tribunal suizo mandó entregar a la Biblioteca Nacional de Jerusalén el tesoro, que estaba depositado en Zúrich. El último cabo suelto de la intriga se ha atado en mayo de 2019, cuando la Oficina Federal de Investigación Criminal alemana le dio al embajador israelí 5.000 hojas autógrafas de Max Brod que habían sido robadas de la casa de los Hoffe en Tel Aviv.

El material será accesible cuando se acabe de digitalizar. Y la cuestión que ha vuelto a poner sobre la mesa esta trama casi policiaca es: ¿los bienes culturales deben estar en manos privadas? En España estuvimos muchos años sin unas obras completas de Valle-Inclán porque sus herederos no se ponían de acuerdo para editarlas; no se publicaron hasta muy tarde los Sonetos del amor oscuro, de Lorca, o las cartas de Pedro Salinas a Katherine Whitmore a causa de las objeciones morales de sus descendientes; y siguen inéditos los versos del hermoso Amor en vilo, de Rafael Alberti, porque así lo quieren los propietarios de sus derechos. “Solo merece la pena leer los libros que te hieren”, decía Kafka. Todos los suyos son de esa clase.