Un río que crece

A manera de introducción

A continuación presentamos algunos fragmentos de la introducción al libro Un río que crece, 60 años en la literatura boliviana, escrito por Gabriel Chávez Casazola, quien fue editor y coordinador de este proyecto que propone un panorama de las letras bolivianas en las últimas seis décadas, a través de la investigación y propuesta de seis destacados escritores nacionales: Mariano Baptista Gumucio, Edmundo Paz Soldán, Mónica Velásquez Guzmán, Magela Baudoin, Martín Zelaya y Giovanna Rivero Santa Cruz.


Límpido lago que refleja el cielo al pie de las montañas.  Ojo de agua en medio de la espesura y los envolventes sonidos de la selva. Riachuelo cantarino discurriendo a la vera de los molles, entre maizales atardecidos. Pero también, a no olvidarlo, áspera sed de tuscales, colérica aridez de socavones, reflujo de sangre e impotencia, trizado paraguas del que se marchó, aguardiente de los márgenes, corriente de vidas inanes en las ciudades de los deshabitados, cauce que alimentan sus delirios, mar imposible.

Todas esas imágenes pueden reflejar lo que la literatura boliviana es; a la par suma y multiplicación de voces singulares y a menudo distantes o contrastantes, gestadas al interior de este país nuestro, largamente desvinculado hacia adentro y hacia afuera, sin rutas fluidas –materiales o intelectuales– que nos permitieran ligarnos y descubrirnos o descubrir a nuestros vecinos y ligarnos a ellos; viviendo casi de espaldas entre regiones, culturas y grupos sociales, encerrados entre fronteras imaginarias –todas lo son– como las que traza un geopolítico o las que marca la genética que da color a nuestra piel o el azar que nos hace nacer con más o menos oro –ese otro valor imaginario– en el bolsillo; “encuevados” como apuntaba el crítico peruano Luis Alberto Sánchez a mediados del siglo pasado; ensimismados, en el centro mismo de la periferia, entre la timidez y el orgullo, anverso y reverso de un mismo no-saber; sin querer (re)conocernos a nosotros mismos, sin decidir mirarnos a los ojos en nuestras originalmente antagónicas, pero al cabo complementarias, herencias indígenas y occidentales, en su sabroso –aunque problematizado mestizaje–, en nuestro difícil y prolongado parto nacional.

De la formación, decurso y cotidianidad de este país tan solo en su agonía, como lo quiso Gonzalo Vásquez Méndez; de este país sin hora y sin aurora que dolía a Franz Tamayo; de esta patria de sal cautiva que nombraba Óscar Cerruto; de este país no país de Robertito Echazú, da cuenta nuestra literatura, como también –y sobre todo– de sus hombres y mujeres, de sus trabajos y sus noches, sus placeres y sus días; aunque muchas veces –eso los escritores lo fuimos descubriendo con el tiempo, precisamente en la etapa que abarca el presente libro– no se necesite hablar explícitamente de Bolivia ni de aquello que –clara o estereotipadamente– se supone que es o debe ser lo boliviano ni tampoco escribir desde un locus nacional para ser autores con carta de ciudadanía. De aquí somos, es cierto, pero la patria mayor del escritor es el lenguaje y todos los hombres somos, al fin y al cabo, el mismo fugaz hombre.

Mas, sin embargo, haber nacido en esta sorprendente y diversa región del mundo nos define –y hasta signa– en muchísimos aspectos; aunque escribamos sobre el cosmos (o el caos) sin nombrar a Bolivia, querámoslo o no, ella habla de alguna manera a través nuestro.  Tal es nuestro destino (nuestra doble desgracia, lamentaba Cerruto): haber nacido / bajo este sol / y ser artista // una mano / posada en el teclado / y otra entre los dientes / mordida.

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Aunque se han realizado algunos acercamientos a la historia de la literatura boliviana, resultan ser escasos e insuficientes considerando todo lo que ella es y representa. En realidad, no se ha escrito todavía una historia integral de nuestra literatura y los dos esfuerzos más sistemáticos y abarcadores son bastante recientes. Por una parte, la Nueva historia de la literatura boliviana, del narrador Adolfo Cáceres Romero, en cuatro volúmenes publicados entre 1987 y 2011, que tiene la virtud no menor de dedicar su primer tomo a las que el autor llama literaturas aborígenes (aymara, quechua, callawaya y tupiguaraní) y el segundo al período colonial, etapas que anteriores historiaciones de nuestra literatura omitían. En 2002, se publicó Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia, editado por Blanca Wiethüchter, Alba María Paz Soldán, Rodolfo Ortiz y Omar Rocha, reuniendo ensayos de varios autores. Claramente se trata de un libro con densidad y propósitos académicos, que desde el mismo título declara, con honestidad, sus alcances; es un aporte significativo en ese ámbito, pero no está destinado al lector profano y eso, junto al complejo enfoque escogido para construirlo, limita su potencial espectro de recepción.

Tiempo atrás hubo otros intentos: la Historia de la Literatura Boliviana de Enrique Finot, aparecida en 1943, llega a plantear que no es posible siquiera hablar de una literatura boliviana propiamente dicha, asumiendo acríticamente varios juicios y prejuicios de la época; poco después, Fernando Diez de Medina publicó en editorial Aguilar de España su Literatura boliviana, introducción al estudio de las letras nacionales del tiempo mítico a la producción contemporánea.

Hay, además, algunos otros abordajes más específicos, sea con una delimitación cronológica, como el consistente estudio Literatura y democracia (1983-2009), editado por Omar Rocha y Cleverth Cárdenas en 2011; o bien centrados en determinados escritores y su producción, como la excelente colección de libros La crítica y el poeta, elaborada estos últimos años por un grupo de estudios de la Carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés, bajo la dirección de Mónica Velásquez.

En cuanto a la crítica literaria en Bolivia, sobresalen algunos ensayistas de valía –desde el historiador Gabriel René Moreno en el siglo XIX hasta, en la actualidad, el poeta Eduardo Mitre, el semiólogo Luis  H. Antezana y el polígrafo Mariano Baptista Gumucio, pasando por el enorme Carlos Medinaceli y los injustamente olvidados Juan Quirós, Guillermo Francovich y Carlos Castañón Barrientos, entre otros autores del siglo XX–, quienes se han aproximado con interés y rigor a la obra de sus contemporáneos, contribuyendo notablemente a su valoración y divulgación, supliendo así la ausencia de  otras lecturas especializadas; tal como también lo han hecho y continúan haciendo los pocos, pero en general buenos, espacios literarios especializados en la prensa impresa y ahora digital; amén de las escasas antologías de poesía, cuento o híbridas que se han publicado acompañadas de un consistente estudio crítico, y de los útiles índices y diccionarios de escritores, de los cuales los más recientes y completos son la Enciclopedia Gesta de autores de la literatura boliviana (2004 y 2005) y el Diccionario cultural boliviano (digital), ambos de Elías Blanco Mamani.

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Reconocidos autores de distintas generaciones y regiones del país, que cultivan diversos géneros literarios o el periodismo, se vuelcan aquí a la tarea de presentar un panorama valorado de la literatura boliviana de las últimas seis décadas, de la que ellos mismos –y quien esto escribe– somos coprotagonistas: Mariano Baptista Gumucio, Edmundo Paz Soldán, Mónica Velásquez Guzmán, Magela Baudoin, Martín Zelaya y Giovanna Rivero Santa Cruz.

No me queda más que agradecer a ASOBAN por haber decidido realizar esta  publicación en su 60 aniversario y por haberme confiado el concepto editorial y la edición del presente libro (con la valiosa colaboración de Sergio Vega en el concepto gráfico y Ariana Arispe y Melissa Sauma en la recolección de imágenes). Cabe subrayar que esta obra no pretende ser una historiación exhaustiva sino una panorámica comentada de la literatura boliviana de los últimos sesenta años, que no tiene (ni quiere tener) un abordaje académico.

Es más, se pidió expresamente a los autores que sus textos mantuvieran un tono coloquial y de crónica –sin por ello renunciar al rigor y a la valoración crítica imprescindibles–, ya que esta obra tiene fines de divulgación e información para el lector no especializado; pero a la vez, ciertamente, busca despertar interés para que se realicen futuros estudios en profundidad con nuevas visiones, más amplias y menos enfocadas en lo que es supuestamente boliviano o sólo en una parte del país, como ocurría hasta hace poco; reduccionismo que los coautores de este libro –con los textos aquí recogidos, pero sobre todo, varios de ellos, con su propia obra– han demostrado que puede y debe terminar, ahora que nuestra literatura se torna multipolar y se expande geográfica y temáticamente como un río que crece y llega al mar, ya no imposible, de los lectores de otras regiones del mundo y alcanza a nuevos y más lectores bolivianos. Sí, nuestra literatura boliviana existe y es un río que crece; un río que fluye y al fluir deja a su paso rosas de polvo –escrituras, signos, caligrafías– de extraña belleza sobre las orillas de sus lectores; un río de pie, como lo quería el poeta Raúl Otero Reiche.

 

Gabriel Chávez Casazola