Tarkos, chilijchis y algarrobos: flores del tiempo, hojas de viento, árboles de siempre

Agosto es el mes del tiempo y de transición climática, de flores emergentes y densos ritos andinos, en el que concurren ciertas condiciones de naturaleza, clima y cultura, en una biósfera inminente de vientos y rituales, acompañados del estallido floral rojo de los chilijchis y el celeste lila de los tarkos o jacarandás. Septiembre y octubre continúan la saga floral de estos árboles y la reemergencia del follaje de los algarrobos que se llenan de un verde cálido y ventoso. Estos tres árboles, junto a muchos otros de los valles mesotérmicos interandinos de Cochabamba y Chuquisaca, nos marcan un paisaje de intensos contrastes y anuncian con sus flores y follaje, el futuro advenimiento del tiempo de lluvias, dentro un período, cuyo clima persistentemente seco, de calor creciente y sin lluvias, caracterizan el bioclima de estos meses.

Pero también son tiempos de “seducción natural” dentro el ciclo de vida de estos árboles y las especies que integran el ecosistema y biodiversidad en el que se desarrollan. Los árboles se desnudaron completamente de sus hojas secas los meses anteriores (hoja caduca lo llaman los botánicos), para vestirse desde agosto únicamente con flores, de lúdicos e intensos colores, como apreciamos en los tarkos y chilijchis, o cubrirse íntegramente de hojas, como sucede con el algarrobo desde el mes de septiembre. La intensidad de los colores y la fragancia perfumada y resinosa de sus copas, son la antesala para la polinización fecundante de insectos, aves y vientos, que atraídos y seducidos, revuelan y zumban a su alrededor: es la fiesta natural de la reproducción en el mundo vegetal y sus socios del reino animal.

En el mundo de las comunidades rurales de los valles interandinos de Cochabamba y Chuquisaca donde habitan estos árboles, como parte de los bosques secos o bosques boliviano – tucumano, según clasificaciones botánicas vigentes, todavía se habla de agosto, como el momento crucial de ciertas señales y signos procedentes del paisaje. Es como si la naturaleza se vistiera de códigos que necesitan ser leídos por cada uno de nuestros sentidos, tales como la humedad y dirección de ciertos vientos, el vuelo nupcial de algunos insectos y el fascinante canto de los chiwankus, o el misterioso sitio de anidamiento de algunas aves lacustres, pero también, la distribución floral en la copa de estos árboles, o el aullido mamífero de algunas especies, y por supuesto, el brillo del sol junto al movimiento de las nubes en el cielo durante los primeros días de agosto; todos ellos, nos mandan mensajes del “tiempo” o clima, según la percepción de los lectores especialistas de estos signos.

Los lectores del “tiempo” o clima que todavía quedan en las comunidades andinas, observan y “leen” continuamente estos signos y señales desde agosto a octubre e incluso noviembre y diciembre, como anuncios del comportamiento de las lluvias en el ciclo que viene, que podrán llegar: adelantadas o retrasadas, abundantes, escasas o simplemente normales, lluvias suaves o tormentas, más favorables a ciertos cultivos y ecosistemas que a otros, en fin, toda una amplia gama de interpretaciones de lo que se ha denominado como los saberes de la predicción climática.

La función de “mensaje climático” de las flores de agosto en los chilijchis y tarcos, junto al elegante traje foliar de los algarrobos en septiembre, es interpretado, según como estos “vestidos” cubren total o parcialmente el cuerpo del árbol; es decir, de acuerdo con el grado de uniformidad y elegancia con que se manifiestan. Si las flores cubren en su totalidad la copa, será un buen año para todos porque las lluvias llegaran a tiempo, los cultivos florecerán sin angustia y abundaran las cosechas; si por el contrario, las flores no cubren bien la copa y están muy desaliñadas o desuniformes, habla de tiempos con lluvias irregulares y producción incierta, quizá más crítico para las comunidades de las alturas o de la parte baja de los valles, según como se vista este desarreglo de las prendas florales en la parte superior o inferior de la copa.

Hay también quienes leen el tiempo, cuando las flores se visten en el árbol antes de agosto o se retrasan mucho. Si para julio ya está cundida de flores, significa que se adelantaran las lluvias, y lo propio, si recién comienzan a vestirse en noviembre, es muy probable que las lluvias también se retrasen.

¿Que hace de esta extraordinaria fiesta de colores y ropaje sensual de flores en las copas del tarco y el chilijchi o de hojas en los algarrobos, que más allá de la fascinante sensación visual que nos deleita a lo largo de estos meses -desde agosto a octubre-, sean a la vez lenguajes que nos hablan del tiempo y la vida a lo largo de un ciclo anual de producción y reproducción?. Ahí las opiniones se bifurcan como el curso de las aguas de un mismo río; mientras unos observan en este lenguaje una explicación de la ciencia y sabiduría de los pueblos que durante siglos aprendieron a decodificar los mensajes de la naturaleza y las fuerzas que anuncian el tiempo de lluvias para prepararse y planificar, en función de ello sustentar sus sistemas de vida; otros, solo ven en esto una superstición o creencia popular en decadencia, sin  base científica, o por lo menos, carentes de un sistema de análisis que nos confirme las correlaciones con la realidad como la verosimilitud y cumplimiento de estos designios. Sin embargo, lo que aún no se ha hecho, es la discusión de un sistema de análisis que permita encontrar y diferenciar los puntos de encuentro y explicación lógica. Porque, sin duda, la naturaleza de los vientos y el comportamiento de ciertas especies de la biodiversidad, tienen mucha relación con el comportamiento climático.

Quizá a estas alturas de los llamados tiempos de cambio, cuando lo único que cambia en realidad es el tiempo climático, estas dos lecturas tengan algo de razón, porque la gente de algunas comunidades sigue leyendo estos códigos, aunque reconoce que sus mensajes son cada vez más difusos y ya no se cumplen, que además las nuevas generaciones ya no saben leerlos ni creen en su verosimilitud.

Pero lo que ninguno de estos observadores puede negar, es la certeza estética de estas lecturas de la naturaleza, que hacen de estos árboles, en su sensual desnudez de ramas y hojas derramadas y en la pausada cobertura y explosiva irrupción de miles de flores y hojas, que como trajes de gala, hipnotizan el escenario de serranías secas y opacas en esta época del año, con la intensidad turbulenta de sus colores a lo largo de tres meses sin lluvia.

Volviendo a la estética natural de nuestros árboles; son tan visibles y magnéticos las flores de tarkos y chilijchis junto al verde de los algarrobos, en el nítido contraste del paisaje de estos meses secos y ventosos, que nunca pasan inadvertidos para la gente. Por ello, los dos primeros han sido ampliamente adoptados en las ciudades y pueblos donde se los ve con frecuencia en plazas, parques, calles y jardines de casas, por la elocuencia de sus colores y el singular contraste que proyectan en el paisaje.

En lo que todavía queda de los bosques secos naturales de estos valles, se distinguen los tarcos desde lejos resplandecientes y nítidos, en laderas rocosas entre sotos, tipas y algarrobos; el chilijchi prefiere las quebradas y rinconadas más frescas, en especial las cercanías húmedas de los manantiales o aguadas (ojos de agua), por eso se dice, que donde crece un chilijchi nace una vertiente, o viceversa.

El Chilijchi, además de su asociación recurrente con la humedad, esta también vinculado con la cultura musical de las comunidades de Mizque y Aiquile, cuyas orquestas de zampoñeros o “lakiteros” fabricaron sus mejores bombos “vaciados” (sin juntura) de troncos de este árbol. Para ello, se debía previamente cumplir con un complejo ritual de permiso al lugar donde se encontraba el chilijchi, que al estar asociada a vertientes eran considerados lugares “phiñas” o peligrosos, cuyos “habitantes” “serenos” o “tíos” eran los dueños y protectores de este lugar, deidades de su manqha pacha o mundo de abajo que podrían enojarse si no se  cumplían con los pasos del ritual necesario.

El jacarandá o tarco, su nombre kechua y aymara (Bertonio, 1612), es muy conocido y apreciado en las comunidades por sus múltiples usos en herramientas de labranza y construcciones. En la cultura musical de los pueblos andinos es de gran relevancia, ya que de sus ramas medianas se fabrican las tarkas, de ahí el nombre de este instrumento tan emblemático del tiempo de lluvias, especialmente la tarka de color blanco de los ayllus de Oruro y el sud de Potosí. Su estructura compacta y liviana es la que permite el sonido especial de las tarkas, en particular el sonido doble o “tara” que hace a la vez inigualable y reconocible para el grupo que lo interpreta. El carnaval de las comunidades de Oruro y sud de Potosí depende aún del tarco o jacaranda la existencia de este emblemático instrumento.

El algarrobo o thaqo, como es mas conocido por las comunidades   kechwas de estos valles, era, y sigue siendo quizá, el árbol más difundido en las pampas y terrazas aluviales de estos valles, por su gran capacidad de adaptación, amplia utilidad como alimento humano y forraje para el ganado, como por su valor energético y cobertura de biomasa en el paisaje. La leña y el carbón del thaqo siguen siendo hasta le fecha los más requeridos por su potencial calorífico; pero a la vez, por este mismo factor, los más afectados en su extracción. Al contrario del tarco y el chilijchi, el algarrobo es un árbol poco estimado por las ciudades debido a su coraza de espinos que la protegen y hacen que lo subvaloren.   Pero los que lo conocen bien, saben del enorme valor de sus frutos, hojas y ramas en los sistemas de vida de las comunidades, además del torneado estético e incorruptible de sus troncos jaspeados en horcones de casas y potreros.

No puedo dejar de expresar el significado de estos árboles y sus flores, en estos tiempos tan difíciles del coronavirus que nos confinó y dejó expuestos al sistema político, que ha dejado tantas huellas dolorosas, revelándonos solidaridades y egoísmos extremos, pero también, develándonos o confirmándonos, algunas pandemias crónicas que nos acechan desde la política y sus operadores, entre el zafarrancho y la despiadada como  enfermiza obsesión por el poder de los de siempre. Pero en medio, sin duda, algunos actos inspiradores del heroísmo espontáneo de gente que estuvo en la llamada “primera línea”, y de todos aquellos que cayeron ante el virus y el abandono estatal. Uno de ellos entre las más de 7000 víctimas, es Ramón T. un pasorapeño conocedor de estos árboles, de sus flores, hojas y frutos que son parte del paisaje natural de su pueblo Pasorapa, quien ingreso en un nuevo ciclo de vida el pasado 22 de agosto, cuyas cenizas ahora forman parte del paisaje de estos bosques secos interandinos tan importantes y todavía poco valorados. Mi homenaje a Ramón T. y todos los caídos por esta pandemia, ya que estamos seguros, -parafraseando los versos de JM Serrat-, que su cuerpo será ahora parte de estos senderos de árboles de monte que le darán su color a sus hojas y flores.

Por cada ciclo que transcurre y por la explosiva emoción de las células y tejidos de las flores y hojas en las copas antes desnudas, ahora vestidas pletóricas de colores, los tarkos, chilijchis y thaqos, seguirán siendo los árboles de siempre en los senderos del   tiempo.

 

Investigador socioambiental y cultural – w.spinoza@gmail.com

 

*Tarko (Jacaranda mimosifolia) es el nombre kechwa del jacaranda; Chilijchi (Eritryna falcata) es el ceibo, ambos muy difundidos en las ciudades, y algarrobo o thaqo (Prosopis sp), posiblemente el árbol más abundante de los valles cochabambinos.