Sobrevivientes de la dictadura

El dictador argentino Rafael Videla; de esos ejemplares mortíferos que cada país del continente se dio “el lujo” de tener en su estructuración de una historia vergonzosamente degradante. En nuestro país hemos llegado al absurdo del ridículo contagiándonos de una amnesia masiva, lo que hace que desde la actualidad no debería sorprendernos, nuestra total falta de criterio y valoración que tenemos con el pasado (basta ver las opciones de candidatos presidenciales 2019). A nuestro ejemplar, el pequeño tirano rabioso, le dimos la gracia de volver al baile a mediados de los noventa con voto democrático; olvidando el asco, el miedo, el robo y el abuso que significó los ocho años del gobierno setentero de Banzer. Retornando al ejemplar vicioso argentino, en una conferencia de prensa en el Salón Dorado de la Casa Rosada el 14 de diciembre de 1979; frente a la pregunta del periodista José Ignacio López sobre el problema de los desaparecidos. Pregunta que implicaba no solamente el cumplimiento del deber, sino bajo esas circunstancias la posibilidad más clara de perder la vida por la pasión que el oficio exigía. El dictador argentino respondió en un tono que muchos califican como molesto, pero cada que escucho el audio, desde mi posición personal, se me hace difícil de describir el aire que quiso darle a su respuesta:

“Es una incógnita el desaparecido, es un desaparecido, no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo, está desaparecido…Frente a eso, frente a lo cual no podemos hacer nada”.

El no poder hacer nada frente a la incógnita de enfrentarse a una posibilidad de certeza, formada por adivinar una suerte argumentada en el saber del cien por ciento la muerte y en la misma media también esperando la vida. Es lo que lleva al sobreviviente al atroz intento de parcharse en un proyecto existencial, que se sostiene en pensar el retorno del otro, para dejar de purgar las palabras que sean guardado y se van pudriendo, por la repentina desaparición de ese oído que no logró escuchar la amabilidad dulce de un gracias por estar acá. Eso será siempre un anclaje a la herida de saber que la memoria, bajo ningún sujeto podrá conjugar el olvido; es decir en este caso la palabra extrañar pesa como metal fundido en la sangre.

Respecto a este doloroso tema; la dictadura. A pesar que en la actualidad hemos perdido absoluta comprensión de la palabra, es más, me animaría a decir; hemos perdido total respeto a las implicancias de ese término, uno que no solo debería ser del orden sagrado del pensar, sino que debería exigir la prudencia que todo cementerio exige. Porque la palabra dictadura es otra forma más de decir sepulcro; pero sin la posibilidad del descanso.

Hace meses un video ridículo invadió las redes sociales, en el que un personaje grotesco, sobrecalificado en prepotencia, soberbiamente idiota y con una barbita estilo candado que no evitaba su irritante tono de voz. Se animó a hacer una división de los tipos en los que él creía que se expresa el término, además irónicamente se convirtió en candidato a diputado por la UCS, además de ser alabado desde memes como intelectual. Este esfuerzo académico por mostrar su erudición y en el fondo forzar una mirada para justificar desde una evidente lengua inculta el facilismo de reflexión sobre la problemática del presente. Es una muestra del desgaste de una palabra, que no debe ser usada con tanta repetición y facilidad; por demás dar más detalles de cómo esa palabra ahora ha pasado a ser parte del discurso continuo de nuestra inmediatez. Relevándola de su nivel trascendental a visceral y resentida. Ahora la palabra dictadura ha perdido su acepción para convertirse en algo menos que un adorno de cortina.

Sobrevivientes de la dictadura, un documental realizado por Harold Céspedes es un texto audiovisual preparado para devolverle el alma a aquella palabra. Porque no solo es una contextualización informativa sobre la historia oscura de nuestro país en ese periodo, que tiene como mayor testigo la posibilidad del  sujeto incógnita, que siempre está, pero que a la vez no lo está. El director de este trabajo va actualizar el concepto y además de realizar ese proyecto, va lograr el mérito de darle voz a una doble injusticia histórica. Porque parece que el que desaparece, con el trajinar del tiempo hace que de a poco también vaya desapareciendo su mundo. Sobrevivientes de la dictadura pone el lente en ese mundo que en su último intento por sobrevivir grita, ante la mirada desinteresada de un país.

Con un tono rasposo, con el aire chocando entre los dientes y un rostro arrugado con las raíces bien dibujadas, esas que la experiencia sabe poblar en el rostro. Comienza a tener una voz propia el documental:

“Yo he sido afectada en 1980, de este señor, de este presidente, García Meza, yo tenía para entonces tres hijos. Mientras que nuestros esposos estaban detenidos. Los militares entraban por las noches a violarnos a las mujeres”.

Después de una seguidilla de imágenes de los dinosaurios exterminadores de nuestro país. Quedas confrontado a la escucha del primer testimonio. Y a partir de eso, el discurso toma la claridad que se aleja del recuento histórico informativo, para ponernos en una actualidad sobre la idea del desaparecido, pero a través del que está presente, dañado, herido y en una eterna pausa constante. Las familias o los apenas sobrevivientes de los abusos del régimen, encuentran la posibilidad de decir algo, aunque la tragedia esta ya delimitada desde el inicio. El logro de lo acaparador de este trabajo está en el ojo del director, en la prudencia por mantener la tensión de evidenciar lo injusto, pero sosteniendo la dimensión de la denuncia, nunca cae en discursos ideológicos, pero teje cuidadosamente los puntos en los que como espectador quedas amarrado emocional e intelectualmente frente al fenómeno.

Sobreviviente de la dictadura nos relata sobre la vía crucis de un hilo de esperanza que surge por una ley promulgada en 2004 y después de ocho años nunca culmina o da respuesta a las urgencias de las víctimas. En 2012 empieza la vigilia frente al Ministerio de Justicia para poder encontrar una respuesta, tanto a la información como a la ayuda económica. Y como un acto malvado de un demonio poético de la tragedia, sufriendo una doble misma suerte quedan y pasan años invisibilizados por toda una ciudad furiosa. Para el final del documental, muchas de las personas que aparecen ya perdieron la vida.

Sobrevivientes de la dictadura es un documental que nos recuerda lo profundamente dolorosa que es la palabra, a partir de los testigos que han sobrevivido a la verdadera maquinaria del terror. En tiempos en los que el valor de la palabra ha perdido su peso. En el que la categoría de víctima se ha reducido a aquel perfil que Facebook censura por unos días, en los que el activismo de sillón y la selfie revolucionaria delimitan sus temas a través de la presión social de la reunión del tecito de doñas que oficializan discursos colectivos. La palabra dictadura y los verdaderos rastros que ella ha dejado en la historia no se deben pasar por alto. Porque aunque el arte no está para moralizarnos, si esta para recordarnos la hostilidad del mundo y su facilismo por arrastrarnos a los lugares comunes, esos que son tan comunes que suelen llevarnos al extravío. Porque nuestra actualidad es eso, una agonía constante del sentido común. En donde la pulsión vital va desapareciendo. Y queda la protesta, la protesta de la foto de perfil envuelta en una triste bandera, junto a la frase patriótica e inspiradora que va cambiar el mundo, pero que en realidad está diseñada para fortalecer el prejuicio.

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