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Dos cosas he querido hacer siempre: cantar hasta hacer llorar y escribir para hacer reír. Ninguna se me ha dado bien. Los intentos frustrados, los ensayos tímidos, los arrebatos furiosos y eléctricos, los golpes contra esa dura pared grafiteada que siempre tenemos al frente y que dice: “no es lo tuyo, pero sigue intentándolo”, me han convertido por temporadas, más o menos largas, en un hámster que se hace cada más pequeño y más egoísta girando en su rueda.

Genes, dirán algunos. Yo digo naturaleza humana; querer tener lo que uno no tiene: la liviandad, el aire. Cantar es llenarte de aire imparablemente hasta convertirte en ese globo que sube al cielo y muere abrazado al sol. Y “escribir algo que haga reír” es soltar ese aire viscoso, especie de maldición y lento sufrimiento, que te ahoga cada que te embarcas en un texto. En definitiva, cantar y escribir hasta hacer reír, han sido, según yo, esfuerzos por despojarme de ese predador inútil que es el drama. O eso, creía yo. Que todo giraba en torno a mí, que tenía dentro un pesado y lúgubre lago, con barquero incluido, y que por eso no podía ni cantar ni escribir hasta hacer reír.

Hasta que llegó a mi vida ese torbellino tasmaniano llamado Hannah Gadsby.

La maestra de la comedia, la que enseña con cada show de stand up, la máxima representante de eso que yo llamo “escribir hasta hacer reír”. Y no llegó solo para iluminarme y disipar la nubecita negra que llovía sobre mí si no para reivindicar esas cosas de las que una reniega con espíritu millennial prestado de no sé dónde. Cosas como el drama, o en palabras de Gadsby, el trauma.

Hannah Gadsby, se para firme en un escenario con la valentía de alguien que ha sobrevivido a lo peor y aunque diga que está prácticamente muriendo ahí arriba, es el lugar donde “encuentra paz”. Con su poderoso cuerpo andrógino y grande, sus ternos azules, su temerario acento australiano, sus cortantes pausas y su alma tranquila es capaz de hacerte reír hasta revolcar, no porque domina la anatomía de los chistes, que sí lo hace como quien ha nacido para eso, sino porque es una experta en el arte de contar historias. Escribe para hacer reír, la sigo una y otra vez. Intento descifrar su lógica tan personal, me acerco para escucharla de cerca y adivinar donde se arman los chistes, en que momento de la frase, del remate. Pero escribe en una clave maravillosamente personal y secreta como si alguien se le hubiera susurrado lo que a Leila Guerriero le susurraron de adolescente: “escriba con rabia, use su miedo, su furia, sus pasiones bajas. (…) Y ocúltese.”

En una extraña mezcla de mujer adulta contemporánea e insegura adolescente, se ha convertido a la velocidad de la luz en la más importante de las comediantes de estos últimos tiempos y ha llevado eso del “orgullo” a lugares tan impensados como el trauma, la historia del arte, las aulas de los colegios, los estirados museos, los consultorios de ginecología y los parques donde se pasean a los perros.  Sus rutinas de comedia están construidas en la contradicción a base de historias personales que pocas veces tienen algo de chistoso: nacer en Tasmania en 1978, crecer gay en una ciudad que hasta 1997 consideraba a la homosexualidad un crimen, haber sido golpeada y violada cuando crecía, pasar varios años durmiendo porque se sentía aislada y sola sin una “comunidad” con la que conectarse, estudiar historia de arte solo para terminar confirmando que el arte “elevado” era un lugar de misoginia y abuso. Un lugar elevado donde “todos estaban muertos y ahora lo están más” y en el que ella no pertenece. Ella reivindica su lugar en la cultura baja porque con cada relato ella está más viva, más conectada.

Desde sus veinte años se dedicó a escribir comedia, a actuar y presentar programas de televisión, hasta que un día decide “renunciar a la comedia”. El día que empieza su fama, su trepidante carrera como comediante, reniega de ella. La contradicción otra vez. Pero no, Gadsby aprende. En su show de stand up Nanette, estrenado el 2018 en Netflix, después de ponernos a todos cómodos en nuestros asientos, haciéndonos reír con sus historias escritas con amor, con odio, con inteligencia y fuerza, nos levanta la butaca cuando, de la nada, nos suelta esta granada: “tengo que dejar la comedia porque toda mi carrera se ha basado en la autocrítica. Y no quiero hacerlo más. ¿Entienden lo que la autocrítica significa para alguien que de por sí existe en los márgenes? No es humildad, es humillación. Hablo mal de mí misma para poder hablar, en busca de permiso para hablar. Y ya no volveré a hacerme eso a mí misma ni a nadie que se identifique conmigo.” Y así la maestría. La tensión, el trauma, el drama tan necesario para escribir chistes. “Los remates de un chiste necesitan trauma porque los remates necesitan tensión y la tensión alimenta el trauma.”

El doctor, neurólogo y psicólogo francés Boris Cyrulnik, tiene una teoría poderosa sobre cómo curar el trauma y lo llama: la resiliencia. Que puesto muy simplemente, es iniciar un nuevo desarrollo después de un trauma. Y encuentra que una forma de superar el trauma es convertir la herida en un discurso sanador a través del arte. “Entre los artistas se da un numero alto de personas que han sufrido grandes traumas. La mayoría de las obras de arte son confesiones autobiográficas”, ilustra.

Ahí, parada sobre sus dos piernas está Hannah Gatsby, en ese túnel para pasar del trauma a la reinvención, al desarrollo, que se llama resiliencia. Un túnel iluminado como un escenario de stand up, con luces de color azul, su color favorito. Escribiendo historias para hacer comedia destrozando la comedia, para reinventarla, reformularla, adaptarla a su propio lenguaje y entendimiento. Siempre adelantándose al drama, a la misma estructura de su relato. Explica sobre Nanette: “escribí un show de comedia que no respetaba el  remate. Tomé todo lo que sabía sobre la comedia, todas las herramientas, los trucos, el know how y rompí la comedia. No puedes romper la comedia con comedia si fallas al hacerla. Mi punto no era destruir la comedia simplemente, el punto era destruir la comedia para reconstruirla, reformularla y darle la forma que necesitaba para que contuviera todo lo que tenía que decir y es por eso que renuncié a la comedia”.

Algo parecido hizo también en su segundo show estrenado este año en Netflix y al que llamó Douglas; destrozó la estructura misma de la comedia, contando de principio a fin lo que el espectador iba a ver y escuchar a lo largo de su performance. Otra vez, adelantarse al drama, sobrepasarlo, quedarse con lo que nos conecta: sus historias.

Ahí está exponiéndose, siendo la tensión, la herida.  Educándonos, explicando de principio a fin su proceso de resiliencia para hacernos ver que no solo es posible avanzar después del trauma, sino que escribir para hacer reír es posible. O al menos, eso quiero creer antes de darme otra vez contra la pared y seguir intentándolo.