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Reconozco que tengo un muy leve recuerdo de haber oído hablar de Selena Quintanilla. Recuerdo la noticia de su asesinato en 1995 y poco más ya que por entonces era un niño y la cantante estadounidense me pillaba bastante lejos. Así que me dispuse a ver esta biografía, cuya primera parte de nueve episodios ha estrenado Netflix, con la sana curiosidad de saber quién era realmente. Lo que no esperaba es el quedarme como estaba.

En ‘Selena. La serie’ seguimos la historia de la joven artista desde sus comienzos de niña y la ambición del padre de la familia por construir en torno a ella un grupo musical que les saque de pobres. Por así decirlo. Christian Serratos encarna a la cantante titular en su edad adulta, mientras que Madison Taylor Baez la interpreta de pequeña.

En el guion nos encontramos a Moisés Zamora, con Hiromi Kamata dirigiendo. Gabriel Chavarria, Ricardo Chavira, Noemí González y Seidy López completan el reparto.

Lo que más llama la atención de este biopic es lo torpemente narrado que está desde el mismo comienzo. El primer episodio es una sucesión deshilachada de estampas familiares en donde nos narran los duros momentos que pasaron los Quintanilla durante la infancia de Selena. Parecen tener mucha prisa por mostrarnos el camino hasta que el grupo empezó a triunfar, pero se olvidan de intentar conectar con el espectador a un nivel emocional.

Está todo desarrollado pobremente, sin dar oportunidad de degustar el pathos que tiene que recorrer la familia. Quizás es por la decisión de realizar episodios de unos 42 minutos, pero a este primer episodio no le hubiera venido nada mal un poco más de metraje. O, por lo menos, elegir mostrar menos cosas para no encontrarnos con un salto abrupto de cinco años de repente.

Por lo general tiene desajustes de tono desde el mismo inicio. El prólogo de la serie nos lleva a 1994, a las puertas de un concierto en Chicago. Comenzar con la llegada y el arranque de una actuación musical es un tropo del subgénero, pero en esta ocasión tiene una carga emocional impuesta que queda bastante extraña nada más comenzar.

Si bien una vez superado el primer episodio, ‘Selena: La serie’ coge mejor los elementos, es sorprendente lo poco interesada que está el biopic en su propia protagonista. Christian Serratos brilla por su poca presencia en gran parte de estos primeros episodios de la serie. Su presencia es anecdótica en el mejor de los casos y más allá de las breves actuaciones musicales apenas sabemos de ella.

Lo cual es curioso sabiendo que la serie de Netflix viene de la mano de la familia. Suzette Quintanilla y Abraham Quintanilla, hermana y padre de la artista respectivamente, ejercen de productores ejecutivos y la historia de Moisés Zamora parece más interesada en el patriarca, como manager y gerente, que en la figura a explorar.

Esto hace que vayan pasando los episodios y, más allá de la historia de fracasos y triunfos de gente que quiere perseguir sus sueños, no terminamos de conocer a los protagonistas. Si quieres conocer mejor a Selena, casi va a ser más útil leer su biografía en Wikipedia que ver esta serie. El férreo control por parte de la familia impide que esta biografía respire y deshace la presunta veracidad.

Sin embargo, sí que se puede llegar a entender que Selena se convirtiese en uno de los iconos de la música tejana. La directora Hiromi Kamata pone grandes esfuerzos para convertir a la artista en un ser deslumbrante, encantador y espléndido. Esto se transmite muy bien en la pantalla. Lo que hay detrás de los focos, no.

En definitiva, ‘Selena: La serie’ no funciona ni como serie ni como biopic. Es blando y su mayor pecado es que no logra que nos interesemos por el sujeto protagonista. Una producción que se ha autoimpuesto tantas restricciones que, simplemente, nace sin interés.