Rojo

Un desierto.

Un hippie muerto.

Un abogado corruptible.

Una mujer, esposa del abogado, que calla.

Un bíblico detective chileno para el que no hay grises. “Las cosas son blancas o negras”.

Una pareja de adolescentes que se entrena en el amor posesivo. La violencia.

Una maestra de danza que ensaya el rapto de la cautiva por el malón. La herencia.

Un mago y su caja mágica que hace desaparecer a voluntarios de la audiencia.

Un joven con su guitarra al hombro, raptado y desaparecido camino a casa después de una fiesta.

Un miembro del club de tenis limpiando, desenfadado, su escopeta en los camerinos.

Un eclipse rojo en Mar del Plata  al que no se puede tapar con un dedo.

Y una casa.

Una casa abandonada a toda prisa. Hueca, sospechosa, perseguida. El silencio.

Una familia entera sin casa, a la que no vemos, se ha esfumado dejando atrás todo como banquete de saqueo para los vecinos, los corruptos, la gente común que no sabe qué hacer con esa ausencia de la que es testigo y culpable.

Es 1975 en Argentina. En un pequeño pueblo de provincia. Días antes del golpe militar de 1976. Días de injusticia, de impunidad, de alto silencio y autocensura. La “calma” antes de la tormenta. La erosión interior de unos personajes que se habían preparado desde hace mucho y sostenidamente para acusar el “golpe”. Esto es Rojo (2018), la tercera película del argentino Benjamín Naishtat, que con 33 años ha encontrado en las historias de poder de su país y sus paisajes, especialmente desérticos, el escenario western, que tanto le gusta, para hacer un cine de alta calidad y profundidad.

Filmada como un film noir, a ratos, como una comedia y un thriller policial, en otros, la película arranca, como diría el crítico Diego Batlle, magistralmente. Plano fijo, de frente a una casa en un barrio acomodado de provincia, en silencio, gente entra y sale educadamente por la puerta cargando algo, una televisión, unas cajas, cuadros. Esta inquietante escena filmada como en los setentas, con un tinte sepia, que remite al pasado, a las fotos viejas que alcanzaron a llevarse los dueños de la casa y a las que quedaron regadas en el piso por la premura, a esas fotos que son historia de las desapariciones ahora. Naishtat confía la fotografía de su película al director de fotografía brasileño Pedro Sotero (Aquarius) que, junto a la impecable dirección de arte de Julieta Dolinsky, logra envolvernos del espíritu de época angustiante y siniestro del que nadie, ni nosotros espectadores, sale ileso.

Darío Grandinetti interpreta al personaje principal, el abogado. “El doctor” Claudio Morán, que desde su posición ejerce, o es empujado, a la violencia. Inmediatamente después de la escena de la casa de los “rubios” desaparecidos, vemos al doctor en un restaurant lleno de gente, sentado en una mesa solo, esperando a su distinguida mujer, Andrea Friguerio.   Un “hippie” nervioso y molesto le pide la mesa y el doctor se la sede elegantemente, no sin antes humillarlo públicamente, fumando un cigarro, parado a su lado. Más tarde, esta tensión entre los dos terminará  trágicamente, a la usanza, en la calle. Entonces asoma el secreto, el silencio, el fantasma presente en todo el film: la impunidad. Incluso el tenebroso detective chileno (Alfredo Castro) que llega para traer luz y resolver el caso sucumbe a ese secreto.

Rojo se le decía al hombre o mujer comunista. Rojo es el rastro de sangre sin nombres en tantas calles y desiertos de Latinoamérica. Rojo es el  color que tiñe las escenas más inquietantes, premonitorias y bellas del film en una playa de Mar del Plata. Rojo es la película con la que Naishtat nos devuelve no solo al pasado sino al miedo con los ojos inyectados de sangre. Como en su anterior película, El Movimiento  (2016), nos devuelve a ese territorio desértico capaz de absorber los corazones humanos y escupirlos secos como bestias. (Alba Balderrama)