Retablo

Como toda película inteligente, Retablo (2017), ópera prima de Álvaro Delgado Aparicio, se presta a más de una posibilidad de lectura. Una de ellas, la más explotada y no en vano, va por la problematización de la (homo)sexualidad en un contexto ciertamente conservador en determinadas dimensiones, como es el mundo rural andino peruano (extensible también al boliviano o ecuatoriano). Su recorrido y palmarés festivalero avala esa veta de análisis, habiéndose llevado, entre otros galardones, el Teddy Award de la Berlinale de 2018. Muy asociada a esta lectura está la que se decanta por el examen de las masculinidades en los Andes rurales, pues la cinta no solo expone la historia de las elecciones sexuales de uno de sus protagonistas, sino que examina las maneras de ser y relacionarse de los hombres de la comunidad ayacuchana donde se ambienta el relato.

La propia exploración del universo andino campesino, desde una matriz más contemporánea que tradicionalista, ofrece otra línea de interpretación de la cinta que puede verse en Netflix, tras su estreno comercial en Perú y un recorrido por festivales internacionales alentador. No es un elemento menor que Retablo esté hablada, casi en su totalidad, en quechua y protagonizada por actores, en gran medida, pertenecientes a la región andina quechua: el debutante actor natural Junior Béjar y la muy celebrada actriz y cantante Magaly Solier (La teta asustada, Blackthorn). El filme ensaya, justamente, una disección de las fricciones que se producen entre tradición (como el idioma y los valores comunitarios) y contemporaneidad (la sexualidad o el impulso migratorio) en un escenario atravesado por contradicciones que lo vuelven cada vez más indescifrable a cualquier esfuerzo etnográfico o folclórico.

Otra posible lectura -a la sazón, la que más me interesa- es la que permite apreciar Retablo como una película consagrada a acompañar el proceso de formación de un artista. Con esto no quiero decir que esta lectura deba asumirse de forma excluyente a las antedichas o viceversa, pues todas, como otras, bien pueden converger y complementarse. Lo que propugno es asomarnos a este largo ficcional peruano desde un paradigma más universal, como es el que reflexiona sobre las edades del proceso creativo, que pueden ser también las edades de la experiencia vital en un sentido más amplio. Porque Retablo es una película que, desde su título, pretende ofrecer una versión de las vicisitudes humanas que demanda el acto de crear una obra de arte. Los retablos son piezas artísticas, inspiradas en el arte sacro judeo-cristiano, que la tradición andina reapropió en variantes comúnmente asumidas artesanales, pero que han sabido alcanzar su propio estatus de arte popular y convertir a sus creadores en genuinos maestros retablistas.

El largo tiene por protagonistas a Noé (Amiel Cayo), un maestro retablista afincado en una comunidad andina de Ayacucho, y Segundo (Béjar), su único hijo ya adolescente, a quien se empeña en enseñarle el arte de confeccionar retablos religiosos y profanos. A ambos se suma Anatolia (Solier), esposa de Noé y madre de segundo, testigo de sus conflictos y desencuentros. La secuencia inicial es muy decidora del itinerario de formación artística que persigue Retablo: Noé le tapa los ojos a Segundo para que le describa de memoria la escena familiar que ha de volcar sobre un retablo de encargo, en un ejercicio que revela el afán del maestro por desarrollar en su pupilo la mirada del creador y su músculo creativo. Esta declaración de intenciones se traduce en una puesta en escena muy pensada y cuidada, en la que la fotografía se ocupa de componer retablos humanos y de capturar detalles de los retablos inmóviles que crean padre e hijo.

Siguiendo este hilo conductor, la película de Delgado Aparicio se afirma como el viaje formativo de Junior hasta la consecución de su propia mirada artística, que no es otra que su mirada del mundo. Desgarrada por el desencuentro con su padre, el divorcio con la comunidad y la frustración que lo lleva a irse, la mirada de Junior, como artista y hombre, se va moldeando a medida que su mundo se va destruyendo y está llamado a crear uno propio. Solo entonces, con la experiencia de la pérdida y la conciencia del desencanto, el joven se asume capaz de confeccionar su propio retablo: se quita la venda del rostro, deja de mirar con los ojos de los otros y se atreve a esculpir su existencia. (Santiago Espinoza A.)