Relatos de la fortuna #1

Hace unos años andaba paseando por el centro de la Ciudad de México. Cerca de aquella vía peatonal siempre llena de transeúntes, en una de las aceras del Zócalo -aquel enorme comal para actos cívicos- había un pequeño hombre con lentes negros, una camisa a cuadros apretujada en la cintura por la panza y el cinturón que la sujetaba, con un bastón blanco y gritando en la entonación mexicana de los vendedores ambulantes. Era un hombre no vidente vendiendo boletos de lotería para un sorteo próximo. Después entendería mejor por qué, pero en ese momento sencillamente la imagen llamó mi atención y conmovió; había algo de irónico, algo de melancólico, y mucho de antropológico. Pues bien, la imagen se quedaría en la gaveta de los pensamientos y sensaciones hasta que para mi enorme sorpresa y fortuna años después caminando por la calle 25 de mayo de Cochabamba, entre la Sucre y la Bolívar, casi frente al mercado, vi a otro señor, con lentes negros sentado dentro de una pequeña caseta amarilla de metal, con un bastón blanco apoyado a su lado, vendiendo lotería. A él si le llegaría a hablar eventualmente y debo reconocer que su nombre no se me hizo nada fortuito: se llamaba Fortunato.

Con esto y aquello me puse a indagar un poco más, a hablar con personas no videntes del centro de Cochabamba, leer de modo desordenado cosas a momentos inconexas, a ratos curiosamente imbricadas sobre la fortuna y las personas no videntes -en España existe la Organización Nacional de Ciegos de España (ONCE), encargada de administrar la lotería de todo el país-. Al final, en vez de respuestas circulares y cerradas, terminé con retazos, más sorpresas y la invaluable experiencia de la gente, lo cual, a veces, con un poco de suerte, es mejor.

 

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Existe una muy antigua relación entre la fortuna y la carencia. Dos caras de una misma moneda que giran sobre el eje antes de caer sobre una de sus caras. La fortuna es la ruptura de la probabilidad razonable, de todo el cauce “natural” de las cosas dadas por las miserias de este mundo. La fortuna, pues, es de índole mágica o sobrenatural. Favorece, pero sin jamás comprometerse. A la fortuna nadie la gobierna, irrumpe en el resultado positivo o negativo, pero lo hace por encima de las reglas del juego; la fortuna no es justa, es caprichosa.

Propia de cierta tradición inclinada por lo trágico y lo cómico, la Fortuna para los Romanos y otros pueblos de lenguas latinas era una diosa que, si bien estaba relacionada a la abundancia y a la riqueza, era también el signo de los mayores pesares. Originalmente en latín, la letra del poema medieval O Fortuna va en ese sentido: “Oh fortuna, como la luna variable de estado, siempre creces o decreces; Vida detestable ahora oprime después alivia como un juego, a la pobreza y al poder lo derritió como al hielo. Suerte monstruosa y vacía, tu rueda gira, perverso, la salud vana siempre se difumina, sombrío y velado también a mí me mortificas; ahora en el juego llevo mi espalda desnuda por tu villanía (…)”.

“Tu rueda gira…” posiblemente se refería a la imagen de la cruel diosa, representada como una gemela de la Justicia, o quizás como su ancestro. La Fortuna, que es ciega como la Justicia y lleva los ojos vendados, no discrimina por credo, posición o procedencia, pero en vez de una balanza en la mano, lleva un timón. La balanza es un símbolo de lo justo a la simple vista, de la equidad objetiva y material entre sus dos platillos, mientras que el timón es al mismo tiempo la de la ruleta – “el juego”- y de la decisión subjetiva. La Fortuna era incuestionable, capitaneaba el destino y para las lenguas romances estaba no solo por encima de la Justicia, sino que incluso de los mismos dioses que también dependían de ella en sus propias epopeyas.

Pero, así como la fortuna era un deseo frente al “orden natural” del mundo trágico, por lo cual su escenario era la miseria, el cúmulo de acontecimiento desafortunados, la desesperación, la perplejidad, el estupor y el abandono, la Fortuna también solía ser generosa con los más necesitados y alguno que otro que no lo era tanto. Era y es la sorteadora de las probabilidades que a veces instaura una suerte de justicia directa ante la desigualdad del mundo. Bajo este atuendo, pues, la fortuna es adorada y querida en diferentes nombres, entre distintos pueblos y clases sociales del mundo; dioses de la abundancia, juegos de azar, hechizos, amuletos para aumentar la suerte y que se encuentran en este o aquel mercado popular.  Así pues, usualmente de consumo popular y etimología un tanto imprecisa, el concepto lotería quizás proviene del italiano lotta, que quiere decir lucha, o del alemán lot, que significa suerte. Lucha y suerte.

 

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Doña Marta Choque Campos nació en el municipio rural de Machaka Marka, Oruro, en 1942. A penas salió del vientre de su madre quedó ciega. La explicación vernácula fue que lamentablemente al nacer la partera cometió el error de dejarle caer sobre los ojos la sangre del parto, quemándolos para siempre. La otra más “científica” fue que, a tan solo a dos horas de venir al mundo, el vapor de la plancha que usaba la comadre la dejó sin vista.

A diferencia de otros familiares y del sentido común de la época, la madre de Marta no tenía vergüenza de la ceguera de su hija por lo que la llevaba a todos lados. A sus ocho la llevó para que un médico le revise los ojos y la pequeña Marta le dijo en aquella consulta al doctor “por favor véndame ojos, le traigo harta plata” a lo que el doctor le respondió, “si tuviera ojos no te los vendería, te los regalaría”.

Poco después, a inicios de los 50, Marta fue internada en el centro de rehabilitación y hogar para niñas no videntes de Oruro, “María Antonieta Suarez”, nombrada así en reconocimiento a su fundadora, una chilena nacionalizada boliviana que creó la primera escuela para personas especiales del país en 1932. Allí Marta aun siendo una niña cursó el ciclo escolar básico y aprendió piano, braille y a tejer.

Por los 60 llegó a Cochabamba, también por mano de su atenta madre, y se internó en el centro de rehabilitación “Manuela Gandarillas”, nombrado así en honor a aquella mujer mayor no vidente que encabezó la resistencia de mujeres y niños -a la cual le debemos el nombre de la av. Heroínas de la Coronilla-, frente al invasor español Goyeneche que venía a hacer escarmentar a esta ciudad por el nuevo levantamiento dirigido por Esteban Arze, que andaba en desbandada en algún lugar del Valle Alto tras ser derrotado.

Allí en el “Manuela Gandarillas” ubicado en la av. América, casi Libertador, Marta estudió desde sus 17 hasta sus 20 años. En el centro cada persona podía elegir el área que quería profundizar y ella optó por las “Actividades de la vida diaria” que incluía costura, tejidos, planchado, pegado de botones y a hacer miñardi. Dedicó su vida laboral principalmente a la venta de chambras manufacturadas por ella. Por lo general le iba muy bien, hasta que, por caprichos del mercado, por la década de los 90, se popularizaron esas gruesas frazadas Polar que tienen tigres impresos. Así pues, para complementar las ventas de sus tejidos que iban a la baja, empezó a vender dulces, jabones, papel higiénico y billetes de lotería en una acera del mercado de Cala Cala. Los billetes solo los vendía por los días que había juego porque son en los que se vende más. En general no era un trabajo que le gustaba mucho porque implicaba cansancio y riesgos; si bien a ella nunca le sucedió, los asaltos, golpizas o engaños suelen ser comunes para los no videntes que se dedican al rubro de la venta de lotería. Sea como sea, a falta de ingreso a Marta le cayó bien vender los billetes durante los 90, el mejor momento de la lotería, no como ahora que la gente ya no cree en el juego.

La sociedad es ciega frente a sí misma, no se mira, lo contrario sería ver a los otros que la componen. Allí está el pasaje Sucre, cerca del Mercado de la 25 de Mayo, donde las personas con discapacidad visual se suelen reunir para socializar. En este pasaje Marta conoció a don Francisco Quirichi, norpotosino no vidente que llegó por el 2000 a conocer los placeres de Cochabamba. El amor entre los no videntes es particular; de las parejas que pude conocer todas coincidían en relaciones de muy largo aliento, muy tiernas, apegadas, de batalla, y que respondían a una necesidad de apoyo mutuo constante; ya sean los músicos, ya sean los vendedores ambulantes, o en sus reuniones sociales o políticas, los enamorados son tortolos: viven de su compañía. Así le pasó a Marta y a don Francisco que ahora son concubinos, cumpliendo ya casi 15 años de vivo noviazgo porque todavía nadie ha anunciado la boda.

 

Andrés Huanca Rodrigues