Piedras de papel y una robot de madera

Una robot de madera posee algo más que partes de madera. De hecho, no está hecha de madera y guarda, en sus manos, un vínculo secreto con el lienzo más complejo: las calles de una ciudad. ¿El lugar? Chile. El lienzo, para este artículo, ni madera ni pared.

Pintor, grafitero y muralista como lo definen algunos medios digitales de su país de origen, “La Robot de Madera” nació en Viña del Mar y estudió Bellas Artes, aunque  su afición por lo artístico es notoria ya desde sus años de colegio, aquellos en los que elaboraba una historieta con el nombre que lo representa en la actualidad y que muta, ocasionalmente, a LRM o Mr. L. Como una suerte de juego consigo mismo y su obra.

Se dice en redes que de forma inconsciente empezó a pintar un arte colorido, contemplativo, con la presencia de personas, animales y evocaciones ancestrales; transformándose por el tiempo, como su nombre, en un acompañante perpetuo del blanco y negro. Blanco y negro a modo de “La sospecha eterna”; una publicación compartida el año 2017 efecto de un compilado de poemas de “El Mar”, poeta cochabambino, y una serie de dibujos de rocas sin formas definidas que son, como dice La Robot en la presentación, una terapia inventada para sanar males desconocidos. La lectura del poemario, apreciando conjuntamente cada uno de los dibujos, permite curar encierros, desafectos y engrandecer ternuras.

“Lo concreto. Lo abstracto. Lo subjetivo. Todo es irrelevante. Menos tú”, se escribe en un fragmento del primer poema; permitiendo percatarse de lo (la, los) valioso de la vida y lo que no es. Pese a que una imagen sin rostro, de gran tamaño y abombada, como si se tratase de un Aku- Aku resguardando un terreno sagrado, sedicioso y altivo; custodia las palabras post-intro de la publicación.

El segundo dice: “Tus ojos, el lugar en que quiero permanecer [santo]”. Titula “Será” y lo acompaña la silueta de una persona descansando en un árbol que no ha echado aun raíces, cual la mayor parte de los que se encuentran en sitios que buscan reverdecer en “Cocha” pero que, dada la apropiación del espacio público por parte de muchas personas, no quedan en más que bocetos incoloros. Y llevan a cuestionar si las recientes revueltas en Chile -pensando en el hogar del autor de las piezas rocosas- sin importar el tiempo que duraran antes de una cuarentena mundial, buscaban  quizá  también mayores bocetos con raíces y de color.

“Cambiar, elegir, y si no, aprendemos, así es como uno comienza” se expone en “Todo”; mientras el cascabel de una serpiente trepida al lado izquierdo del diagramado, despertando conjuntamente otros versos en la página. Realidad de las prioridades olvidadas: casi nada vale cuando es tarde. “Unformedmassage”, asemejándose a un compañero fastidioso, no abandona el anterior poema y revaloriza el convencimiento de las ideas propias. Música, pintura o palabras, medios de representación de seguridades y anhelos.

“En”, el quinto poema se dice que “la vida es como es, ahora. Duele de a poquito, se desliza entre los abrazos que nos podemos dar y somos ese pedazo de cielo, ese rincón de sustancias”. Con una máscara de La Peste, sin ojos, la forma rocosa mira al norte y parece disolverse; dando lugar a “Para-mente”, el poema final, que dice: “Caña de azúcar; me estiras, en las siestas me deformas pedazos del alma, haciendo que encaje en tu manera (…)”.

Porque en las piedras todo encaja, como la imagen que acompaña este artículo: “La velocidad de las piedras- composición N°8”. Y en el lenguaje de este escrito: una casita de pueblo, de aquellas que podrían salvar tu vida si el automóvil que conduces se averiara camino al Valle Alto de Cochabamba, un hibrido de papa nativa con jengibre y un árbol, talado, que espera renacer.

 

Alejandra Espinoza Forquera - ale.forquera.e@gmail.com
Egresada de Comunicación social
Foto: Facebook La Robot de Madera