Patti Smith, un año entre sueños y pesadillas

Ken Tucker/El Cultural

Patti Smith (Chicago, 1946) es un original de la originalidad, una bohemia auténtica cuyas pretensiones poéticas quedaron ratificadas por su sólido instinto para el rock and roll. En su opinión, un gran artista tiene que ser un rebelde del romanticismo, ya se trate del poeta Arthur Rimbaud o del músico Jim Morrison (dos figuras exaltadas en su Salón de la Fama de los chicos malos). Su libro de memorias Éramos unos niños, publicado en 2010 y ganador del National Book Award, es una crónica perspicaz y absorbente de ella misma, primero como discípula, y luego como maestra del arte de crear un personaje que se convierte él mismo en una realización artística. En el caso de Smith, la granuja acaudalada, la superestrella golfilla callejera que ha hecho realidad sus sueños más salvajes.

Y los sueños dominan también El año del Mono, el tercer y último volumen autobiográfico de la artista. El relato, que transcurre en el año 2016, incluye las visitas al lecho de muerte de varios amigos, como el dramaturgo Sam Shepard, fallecido en 2017, y el productor y periodista musical Sandy Pearlman, que fue quien le sugirió en su juventud que montara una banda de rock; y acaba con su consternada reacción a la elección del omnipresente Donald Trump. Pero el libro trata principalmente sobre la agitada vida interior de Smith a sus 70 años.

Empieza con la autora reservando una habitación en un lugar al que ella llama el Motel de los Sueños. Poco después, conoce a un tipo llamado Ernest, el cual, a medida que el libro avanza, demuestra ser un altavoz de sentimientos que, invariablemente, encajan a la perfección con las cavilaciones de Smith. ¿De verdad se supone que vamos a creernos que una Patti obsesionada con los sueños resulta que conoce a un Ernest circunspecto que dice cosas como “Lo que pasa con los sueños… es que las ecuaciones se resuelven de una sola manera, la colada se queda tiesa cuando sopla el viento y nuestras madres muertas aparecen boca abajo”.

La autora zigzaguea por el país –de Manhattan a San Francisco, pasando por Venice Beack y Tucson– haciendo las fotos que encabezan cada capítulo del libro. Pero casi cada vez que su diario de viaje coge impulso, el empuje narrativo se detiene para que Smith explique otro de sus condenados sueños: “Soñé con una larga fila de emigrantes que caminaban de un extremo al otro de la tierra”. El sueño de Smith es la pesadilla de Tucker Carlson.

Más o menos a mitad del libro, la vida más allá de su existencia empapada de arte se cuela en la conciencia de la autora en forma de un innombrado pero evidente Donald Trump, “elaborando mentiras a tal velocidad que no era posible seguirle el ritmo o evitar echarse a llorar”. “El matón vociferaba”, dice Smith del estilo de la campaña de Trump en 2016, e informa al lector de que “tenía un mal presentimiento respecto a unas elecciones en el año del Mono”, sin explicar si sus malas sensaciones se deben a una revelación recibida al estudiar el horóscopo chino, o si son sencillamente fruto del panorama que contemplamos a toro pasado.

En el segundo volumen de sus memorias, M Train (Lumen, 2016), Smith habló de su adicción al café y a todas las series policíacas que ve en televisión. M Train, al igual que muchos capítulos de El año del Mono, era un libro sobre los viajes para dar charlas, encontrarse con escritores famosos y recibir honores y elogios. Ambos traen a la memoria la frase del guionista William Goldman sobre las celebridades: “Viven en un mundo en el que nadie les lleva la contraria”.

Después de Éramos unos niños, la autora dejó de utilizar comillas en sus memorias y pasó a parafrasear a los autores de las citas. En El año del Mono, casi todo el mundo parece expresarse como Patti Smith. En sus mejores momentos, su estilo suena a Smith repitiendo verbalmente una frase musical entre canciones con su guitarrista y amigo Lenny Kaye sobre el escenario, incendiando las noches con poesía roquera. Pero con demasiada frecuencia, sus recuerdos se enturbian con las briznas de unos sueños que valora en exceso.