Otro gozo aviador

Al filo del 2019, año aciago para la democracia boliviana. El fútbol, empero, tiene una magia inconmensurable que transforma la tristeza, aunque por algunos momentos, en una alegría exuberante para el pueblo rojo. Eso ocurrió aquella tarde sabatina del 29 de diciembre del 2019. Wilstermann conseguía su décimo quinto título nacional. Cada vez que el equipo aviador alcanza el cielo, las lágrimas de regocijo se desparraman por el rostro de los hinchas rojos.

“Dale Rojo, Dale Rojo” ese cántico que acompaña a todas las celebraciones aviadoras resonó con más fuerza. Al atardecer de ese sábado, en el horizonte las nubes tomaban un color rojizo parecen adherirse al festejo aviador. El Capriles estaba atiborrado del pueblo aviador: una marea roja con destellos azules predominaba en el ambiente. Wilstermann jugaba su último partido: una victoria le encumbraba, una vez más, en el cenit. El rival Oriente Petrolero jugaba con un equipo juvenil. Los periodistas deportivos anunciaban que “la mesa estaba tendida para los aviadores”. Había un detalle soslayado. Los rojos venían enervados después de una despiadada cadena de partidos, mientras los jugadores de Oriente estaban más íntegros teniendo a la juventud como aliada. Quizás por este factor etario asustó a los aviadores. Al final, se ganó dificultosamente: 3-1.

El cabezazo del gran Capitán, Edward Zenteno, en el primer tiempo, abría el derrotero de la victoria y luego una jugada magistral de Serginho, en el segundo tiempo, por el lado izquierdo convirtió el segundo gol. Ese gol hizo evocar a un relator deportivo a otros brasileños entrañables de la historia aviadora: Mitón Teodoro Joana y Jairzhino.

Cuando el cronómetro iba marcar el minuto cuarenta, en el segundo tiempo, Wilstermann ganaba a Oriente por una diferencia pírrica, un juvenil había marcado el gol del descuento y el susto se apoderaba de los hinchas rojos por la posibilidad que en una contraofensiva de los rivales, como ocurrió hace poco ante San José,  se tradujera en un gol echando por tierra la alegría, en un arranque memorable de Esteban Orfano, el ex Boca Juniors, eludió a un rival, tenía un compañero solo frente al arco, pero optó por ser el protagonista de la tarde. Así le hizo un sombrerito al portero rival desatando una alegría desbordante. Los últimos festejos celebratorios rojos tienen un hilo en común. El protagonista es un desconocido o un resistido por la hinchada. Quizás esos partidos están hechos para los incógnitos. Es una forma de redimirse frente a la hinchada. Así ingresar a la galería de los artífices de las grandes victorias aviadoras. Eso sucedió con Orfano. Después de ese gol tranquilizador, el argentino se sacó la polera roja, inclusive perdiéndola, para ofrendar su gol a los miles de wilstermanistas que tocaban, una vez más, el cielo con las manos.

Esa hinchada clamorosa festejaba gozosa el triunfo de su querido equipo. Los globos rojos y azules parecían destellos celestiales que cubría todo el Capriles. Los abrazos infinitos entre jugadores e hinchas eran interminables. Era una alegría indescriptible, pero, al mismo tiempo, muy familiar: este título es el tercero en menos de cuatro años.  Este barco conducido por dos Cristian: el Pochi Chávez, el ídolo, y Díaz, el gran estratega.

El Pochi encontró su lugar en el mundo. El ex xeneize se convirtió en el gran artífice: su calidad futbolística y su pasión aviadora –se tatuará su piel con el escudo aviador y prometió acabar su carrera futbolística en Wilstermann— fueron dos condimentos para que su fútbol fulgurante sea decisivo para nueva conquista aviadora.

Mientras, el estratega se encontró con un equipo armado, pero descompuesto. Allí empezó su verdadera faena para convertir ese equipo extraviado, en un equipo cohesionado. Su capacidad estratégica hizo las movidas precisas para que el equipo funcione como un reloj. Convirtió a Ramiro Ballivián de un defensor a un lateral ofensivo letal. En el arco, el gran “Pipo” se erigió en un muro inquebrantable. La zaga central entre Zenteno y el paraguayo Benegas impasables. Los distintos laterales, Daniel Pérez, el juvenil que en el último trecho del campeonato le puso firmeza a la marca y atrevidamente se escapaba al ataque para alimentar a los atacantes. Pablo Laredo cuando se le convocó no desentonó. En el lateral de izquierda Pablo Aponte y Oscar Vaca se perfilaron en jugadores ideales para la zaga aviadora. El medio campo quizás el mejor del país con un Fernando Saucedo impecable, El “Camba” Ortiz con su prestancia y su solidez, Leonel Justiniano se acomodó al equipo, Tonino Melgar fue el gestor de varias victorias, Víctor Hugo Melgar fue un peón necesario. Gilbert Álvarez se encontró con los goles y los goles fueron los grandes artífices de esta conquista aviadora. Y Ricardo Pedriel, pese a sus lesiones, sus goles, en los momentos precisos, fueron necesarios.

Al final del partido, Hugo Suárez, ese gran arquero del rojo, decidió acabar su vida de futbolista en Wilstermann. De la mitad del campo hacia el arco norte fue arrodillado, con su corazón latiendo vertiginosamente y, como si fuera un tributo a los Dioses por ese gran regocijo de ser bendecido que, al ocaso de su vida futbolera, tiene la gran alegría de colgarse una medalla en su pecho en señal de ser campeón del equipo de sus amores.

Mientras el pueblo aviador estaba envuelto en una alegría prodigiosa. Nadie quería moverse del Capriles. Solo pedían que esos instantes sean inconmensurables. Que nunca se acabe. El fútbol es un gran depositario de una felicidad infinita. Parece un sueño entrañable, una fiesta maravillosa. Un goce futbolero.

*Autor del libro Dale Rojo, dale Rojo: Crónicas aviadoras y otras apostillas futboleras.