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De repente, no sé por qué, tal vez nostalgia del futuro, me acordé de Michael Jackson (1942-2007), un inglés que partió hace una década. ¡Pero qué legado nos dejó! No temo confesar que es uno de mis autores favoritos. Consulto su vasta obra cuantas veces puedo, porque allí está lo más valioso en sabiduría cervecera que se ha producido en este planeta, desde que se empezó a fabricar ese brebaje que tanto amamos. La obra de Michael Jackson, porque eso fue, escritor, conferencista y periodista, es el referente absoluto en materia de cerveza, que hizo el centro de su escritura, tras investigaciones, viajes, catas y lecturas. Historia sobre todo. Eso fue lo suyo, no la publicidad de marcas.

En sus últimos años de vida ocultó el hecho de que padecía de la enfermedad de Parkinson, hasta que se dio cuenta que mucha gente pensaba que estaba borracho, él, la autoridad máxima en materia de cerveza y whisky. Cabe señalar esto último, sobre todo por su afecto al whisky pure malt, hecho solo a partir de granos de cebada, no como el blended (mezclado) al que estamos habituados. Sus libros son también referentes en ese dominio. Como lo son en cuanto a cerveza belga, pequeña producción artesanal, pubs, Escocia y sus whiskys, cocktails y bares.

Pues no salgo de safari cervecero (más no sea al supermercado) sin ir premunido de su Pocket Guide to Beer. Fue un recopilador inteligente de las principales categorías críticas para aproximarse al rico universo de su apreciación y deleite. Nos enseñó a comprender que había estilos y escuelas, épocas y variantes nacionales, clásicas y revolucionarias, arqueológicas y endulzadas… Que sus componentes básicos (agua pura, cebada malteada, flores de lúpulo y levadura) no eran cualesquiera. Eran los propios de la cocina cervecera. Sus características particulares daban resultados diferentes. Que cada estilo de cerveza se debe evaluar según sus patrones de excelencia, que no son categorías platónicas sino cervezas de verdad, espumantes y sabrosas.

Michael Jackson nos enseñó además que el universo de la cerveza no era solo un asunto de echarse un líquido de bajo nivel alcohólico por el gaznate, sino también un repositorio de objetos de arte popular: botellas y etiquetas, bandejas y corcholatas, posavasos y letreros publicitarios, bares y recetas de cocina, latas y jarras. Amén de barrigas y mejillas coloradas. Y fiestas, como las ahora mundiales Oktoberfest.

Se bautizó a sí mismo como The Beer Hunter, el cazador de cervezas. Porque, claro, las cervezas no se fabrican según sus recomendaciones ni los bebedores tienen por qué saber de sus libros. Algunos fanáticos sí, pero la mayoría la aman porque les place. Michael Jackson recorría el mundo de norte a sur y de este a oeste, buscando las mejores cervezas que las distintas civilizaciones habían ido creando y perfeccionando a la largo de la historia. Como resultado, los aficionados podemos enterarnos de las peculiaridades de las cervezas tipo lager, stout, blancas (de trigo), bitter, kriek, ale, de abadía, altbier (añejada), berlinesa, de Pilsener (Chequia), porter, bock (fuerte), rubia o morena, ice (precongelada para subir el grado), estacional… y mejor no sigo.

De todos modos, repito el dicho de un primo. Aunque chusco, refleja el buen ánimo del aficionado: “Existen dos tipos de cerveza, las buenas y las excelentes”. Es por eso que necesitamos antes que nada fabricantes honestos en quienes podamos confiar.

Escritor chileno – bartolome_leal@yahoo.com