McCartney disco III

Todas las décadas deberían empezar con un disco de Paul McCartney tocando solo; y esta lo necesita más que nunca. McCartney III continúa con esta tradición de discos solistas caseros, a la manera de su debut acústico de 1970 y su rareza de synth-pop de 1980, McCartney II. Como sus dos predecesores, la tercera entrega contiene al Macca más juguetón. No le preocupa ser una leyenda, un genio, ni un Beatle; es un simple hombre de familia relajándose en cuarentena, componiendo un par de canciones para mantenerse en forma. Es el disco de cuarentena más cálido y amigable; básicamente, como si mezclaras Ram Folklore.

Al igual que el resto de los mortales, Macca está cumpliendo su cuarentena en su casa de campo con su hija, los nietos sentados en la falda, rasgueando su guitarra acústica bajo el sol del verano británico. Compuso, tocó y produjo casi todo McCartney III, plagado de sus guitarras más folky. En los setenta, uno de sus compañeros de los Wings dijo que él era un “granjero que toca la guitarra”, y esa es la onda que busca en este disco. Paul no suena tan rústico desde sus inicios solistas, como en “Mary Had a Little Lamb” y “Mull of Kintyre”. Cuando canta sobre pollos y ovejas, vos sabés que se refiere a pollos y ovejas, y que no son una metáfora.

McCartney III funciona mejor cuando va a fondo con el concepto de disco acústico solista. Arranca con la maravillosa “Long Tailed Winter Bird”, con un par de minutos de una guitarra folk frenética antes de empezar a cantar. También está la balada de yacht-rock “Women and Wives” y el chiste tonto estilo Abbey Road de “Lavatory Lil”.

McCartney está de racha compositiva. Pasaron apenas dos años del excelente Egypt Station, con la meditación de guitarra estilo Alex Chilton “Dominoes”, sin dudas parte del Top 10 de McCartney. uno de sus mejores discos solistas, que llegó al puesto Número Uno. Egypt Station también llegó al puesto Número Uno, y no crean, ni por un segundo, que eso no es importante para Macca. Pero este disco no es tan ambicioso. Al igual que sus primeras dos declaraciones solistas epónimas, es el gesto de limpiar la paleta tras un laborioso proyecto en el estudio. Los únicos defectos del disco aparecen cuando prende el sintetizador y se pone a rockear. El disco alcanza un pico con “The Kiss of Venus”, un romance pastoral que flota como una actualización de “Mother Nature’s Son”, en el que llega a conmovedoras notas agudas con esa voz maravillosamente curtida. Termina con “Winter Bird/When Winter Comes”, un relato con experiencia de la vida en el campo y un retrato de la felicidad de la vida doméstica en la tercera edad, en el que dos amantes ancianos se calientan junto a un fuego; como el reverso de “When I’m Sixty-Four”, pero ahora Paul, a los 78, lo que mira es el pasado. En McCartney III no se queja del invierno; es solo una oportunidad para que el maestro se relaje y sonría.

Rob Shefield/Rolling Stone