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A raíz del anuncio de los cinco finalistas de la sexta versión del Premio Ribera del Duero (España), entre los que se incluye la escritora boliviana-venezolana Magela Baudoin, recuperamos esta semblanza escrita por el poeta Gabriel Chávez Casazola, publicada en 2014, celebrando la obtención del Premio Nacional de Novela por parte de la autora de El sonido de la H.


Autor/a: Gabriel Chávez Casazola
Pocas noticias literarias me han alegrado tanto en los últimos tiempos como la elección de El sonido de la H como novela ganadora del Premio Nacional de Novela de este año. La razón es sencilla -y es la misma por la que la RAMONA me ha pedido escribir estas líneas: la larga relación de amistad, trabajo compartido y colaboración que me une con su autora, la periodista y narradora Magela Baudoin.

No es ahora mi intención hablar de la novela premiada. La he leído, pero la lectura de un libro inédito es un acto de confianza entre su autor y la persona que recibe ese original. Además, los lectores ya tendrán tiempo de hacerlo y de formar su propio criterio, afín o no al del jurado. Voy a hablar, entonces, de su autora, porque tal vez para muchos es un nombre nuevo en la literatura boliviana, y así es en buena medida.

Desde muy joven, Magela era una ávida lectora y tenía lo que solía llamarse, cuando escribíamos a mano, una buena pluma. Pero en realidad, ahora que lo pienso, ya era mucho más que eso: era una de esas personas cuya vida descansa tanto en lo que llamamos el mundo real como en las páginas de los libros, esos otros mundos posibles o imposibles que a algunos nos han marcado (y de alguna manera determinado) la vida.

Yo la conocí en la Universidad Católica de La Paz, donde fuimos condiscípulos en la carrera de Comunicación Social, que yo había elegido como una suerte de placebo de la literatura, convencido de que el periodismo (que tanto me apasionó al cabo) era lo más cercano a aquella y a su ejercicio en un país donde sigue siendo imposible vivir de la escritura.

En ese curso, junto a gente muy interesante, convergimos durante un semestre Magela, Giovanna Rivero -que debajo de su aparente inocencia de muchacha llegada de provincia escondía un poderoso y agitado mundo interior- y yo. Nadie seguramente iba a decirnos que las letras seguirían uniéndonos veinte y pocos años más tarde, con una argamasa capaz de resistir a los vientos de la vida, y que ellas serían el destino de cada uno de los tres.

Por entonces, apenas dábamos barruntos de esa vocación Giovanna y quien esto escribe. Ella regresó a Montero al poco tiempo y meses después ganó el concurso de cuento de Presencia Literaria, iniciando su camino como narradora. Yo garrapateaba libretas y había publicado un par de poemas en dos diarios y en el periódico de la universidad, pero el ensayo y la crítica me atraían más. La poesía tendría que esperar mucho tiempo antes de que me entregara a ella.

Magela, en cambio, aun siendo el tipo de lectora que he descrito, no daba señales públicas de querer dedicarse a otra cosa que al periodismo, que ejerció con lucidez y calidad ya desde entonces, cuando cursando todavía la universidad entró a la redacción de La Razón, convocada por el querido Jorge Canelas. Su buen desempeño hizo que fuera editora antes de cumplir los 30 y allí me tocó trabajar con ella como corresponsal de ese diario en Sucre. Luego los papeles se invirtieron y tuve el gusto de ser su editor y el de un maravilloso equipo de redactoras de reportajes y notas especiales en ‘los primeros días de La Prensa’, otra vez bajo la batuta de don Jorge.

En esa etapa, Magela Baudoin era sinónimo de entrevistas muy bien logradas, con penetración psicológica del personaje desde abordajes nada comunes y a la vez con la marca de la noticia y la actualidad. Esos rasgos pueden apreciarse con toda claridad en Mujeres de costado (Plural, 2010), un libro que reúne sus entrevistas a mujeres notables (o notorias) de nuestro país.

Poco tiempo después trabajamos de nuevo pero en otro espacio: ella había cruzado al otro lado del periodismo y trabajaba en una agencia de comunicación estratégica, junto a su inseparable María José Rodríguez, periodista y luego consultora de destacada trayectoria. De esa amistad nació una empresa propia de ambas, en la que me integré después de varias vueltas de página de la vida y ya en la ciudad de Santa Cruz, con sus calles cuajadas de árboles en flor.

Cuando comenzó esa etapa, el año 2009, Magela comenzaba a dar muestras de inquietud. No estaba haciendo lo que en realidad siempre había querido hacer, me reveló. Y ahí, para sorpresa incluso mía, tomó la arriesgada apuesta -tanto más en alguien que había logrado construir un espacio y una situación expectables en su profesión- de dejar su oficio y empresa por la literatura; una difícil situación que en gran medida fue posible por el apoyo de su compañero Sergio Torrellio y de sus hijos, así como -en otro plano- por el impulso decisivo de Giovanna Rivero, narradora que es un orgullo para los bolivianos.

Como todo lo que Magela hace, no fue una decisión precipitada sino ejecutada con orden y paciencia, pero con dirección irrevocable. Aspiró a una beca de escritura creativa en Buenos Aires y la ganó, y a su retorno la vi convertida ya en alguien entregado a la narrativa con pasión y a la vez con rigor, muy a su estilo.

En apenas los dos últimos años, desde su retorno, escribió y publicó el libro de cuentos La composición de la sal (Plural, 2014), escribió la novela que acaba de ganar el Nacional de Novela y, lo que es muy importante, creó y sacó adelante el primer programa académico de escritura creativa en Santa Cruz y Bolivia en la UPSA.

Como verán, Magela Baudoin claramente no está perdiendo el tiempo en esta su nueva vida y estoy seguro de que su talento nos deparará varias sorpresas más y muchas horas de provocadora lectura. Si este premio la estimula a que así ocurra, entonces sea doblemente bienvenido.

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