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Mauro Libertella/Culto

No conozco a nadie de mi edad que, en su infancia y adolescencia, no haya englutido raciones excesivas de capítulos de Los Simpson. Por diversas razones, Los Simpson siempre estaban ahí: había canales que los transmitían prácticamente en continuado, como si se tratara de una cadena nacional en amarillo, o alguien soltaba en cualquier momento alguna de sus frases-latiguillos, allí donde estuviéramos. “Yo no fui”, “A la grande le puse Cuca”, “¿No habían cerrado ese antro?”. Era la prueba de que habían intoxicado el disco duro de las multitudes: estaban incluso en el lenguaje de la gente que no los había visto.

Podría asegurar, sin miedo al ridículo, que Los Simpson configuraron el tipo de humor de mi generación. Es un humor sarcástico, con un toque delirante, pero también emocional, que admite el llanto. Los mejores capítulos de Los Simpson son los que te hacen reír pero también te hacen llorar (son pocos, pero inolvidables), y su humor contiene esa posibilidad: la del pasaje fino, a veces imperceptible, de la alegría y la tristeza, ida y vuelta. En su época dorada —hasta la temporada diez, según indican los cánones—, cada capítulo ofrecía al menos tres o cuatro gags indestructibles. Cuando Los Simpson perdieron el humor, mi generación se hizo mayor y los dejó de ver.

Los Simpson tiene una estructura narrativa que luego hemos replicado incluso sin darnos cuenta. Sus capítulos empiezan contando algo que luego deriva en otra cosa; ese primer “tema” en general desaparece y la trama se interna por un nuevo camino. Sin embargo, esa especie de introducción queda en la memoria del espectador como un pequeño cortometraje, como la frutilla de un postre que se sirve antes del plato principal. Muchos escritores trabajan así. Los ensayos narrativos de Fabián Casas, por ejemplo, tienen el mismo efecto de movimiento, que es el movimiento que tienen las conversaciones: un tema lleva a otro. El ensayista argentino Martín Zariello lo puso directamente en el título de uno de sus libros: “En realidad quería hablar de otra cosa”. Los Simpson parecen saber, además, que nunca hay otra cosa.

Unos años después del reinado absoluto de Los Simpson, algunas películas de Pixar entenderían que hay que aspirar a producir objetos —películas, dibujos animados— que puedan hacer reír al mismo tiempo a niños y a grandes. De este modo no solo se “amplía” el público consumidor sino que, sobre todo, esos artefactos tendrán una sofisticación particular, un doble nivel de profundidad que pueden habitar cómodamente personas de edades distintas. No es fácil hacer algo así. Las canciones de los Beatles tienen esa fortuna: (siempre se dice, despectivamente, que Paul McCartney compone para “chicos y para abuelas”. ¡Quién pudiera!). Y, sin embargo, a pesar de todos sus innegables méritos, que lo convirtieron en un clásico de hierro de la cultura de masas, es evidente que en algún momento Los Simpson dejaron de interesarnos, y ese apagón nos ocurrió a todos al mismo tiempo, prácticamente el mismo día. ¿Cómo puede ser? ¿Qué fue, exactamente, lo que pasó? Es difícil de saber. Posiblemente diez temporadas sean una especie de límite invisible para cualquier producto mainstream, una frontera que no está escrita pero que no es aconsejable atravesar. Seinfeld terminó a los diez años. Los Simpson, en cambio, eligieron otro camino: morir en un lentísimo fade out, una agonía que parece no tener fin. Irse deshilachando, desvanecerse hasta que ya no quede nada. Quizás su apuesta vanguardista sea esa: seguir estando en el aire para siempre y que nadie los vea. Alcanzar el grado cero del rating, luego de haber sido vistos por millones.

Comparar cada momento de nuestras vidas con un episodio de la serie es un acto reflejo que tenemos incorporado, y no sé si alguna vez nos vamos a poder extirpar ese virus. Los Simpson son una memoria compartida, colectiva, una memoria universal. “Es como el capítulo ese en el que Homero…”, dice alguien, y la evocación produce una consecuencia concreta: ya todos sabemos de lo que estamos hablando. Son una lengua franca, el esperanto de fines del siglo XX. La serie de Matt Groening es entonces shakesperiana en el sentido que Harold Bloom pensaba a Shakespeare: como el hombre que ha configurado todas las categorías a partir de las cuales —desde él, luego de él— pensamos lo humano. La ira, el amor, el resentimiento, la venganza, la empatía, la amistad. Los Simpson también son un reservorio de lo humano; más pop, más contemporáneo, más errático, pero un reservorio al fin.

Recuerdo que en los noventa había una pequeña batalla entre los fanáticos de Los Simpson y los que aseguraban que South Park era mucho mejor. Los segundos eran un grupo pequeño: South Park era trash, contracultural, revulsivo, desprolijo; Los Simpson era clasicista, de trazos bellos, humor diáfano, estética limpia. Era cool ponerse del lado de South Park. Siempre queda bien declararse contracultural. Pero Los Simpson hicieron lo imposible: fueron los más masivos y los que, al menos durante diez temporadas, pusieron la vara más alta. Es una combinación, al menos, infrecuente.

Los especialistas coinciden en que el punto de quiebre de Los Simpson puede haber estado en un capítulo de la novena temporada en el que se “descubre” que Skinner no es Skinner. La serie se caracterizó siempre por jugar con el status quo, y ese capítulo rompe la cuarta pared y, al final, cuando aparece un juez y “decreta” que hay que olvidar lo que se ha visto y que todo vuelve a la normalidad en Springfield, los guionistas forzaron hasta romper el capital de oro de Los Simpson: la idea de que todo siempre vuelve a cero, el nuevo capítulo formatea lo que sucedió en el anterior, nada de lo que hagan Homero o Bart tendrá consecuencias en el capítulo siguiente, nadie envejece, nadie recuerda las peleas, los accidentes, los dramas de episodios previos. Los Simpson están detenidos en un punto muerto, en un presente absoluto, y esa es su apuesta temporal, que tampoco se puede sostener indefinidamente sin que el verosímil reviente.

“Monoriel”. “Homero en la universidad”. “Veintidós historias cortas sobre Springfield”. “El niño yo no fui”. “La ley seca”. “Homero hereje”. “Bart vende su alma”. “Llamarada Moe”. “Los Borbotones”. “Lisa vegetariana”. “El osito Bobo”. “Los Magios”. “Frank Grimes”. “El limonero de Springfield”. “Homero astronauta”. Esos son algunos de los greatest hits, obras maestras perpetradas por los mejores guionistas de su generación en estado de gracia. Son, siempre, relatos de fin de época. Años noventa, el siglo terminaba, muchas de las cosas del mundo estaban cambiando y ahí estaban ellos, con su filosofía apta para todo público riéndose de la posmodernidad. Pero luego Los Simpson se quedaron sin canon para parodiar y empezaron a reírse de sí mismos. Y ya no causaba gracia. Con el cambio de siglo y el reinado de Internet, el mainstream estalló en una constelación loca de pequeñas culturas alternativas y Los Simpson, que eran el sol de la galaxia, pasaron a ser una estrella más, una luz tenue que, a lo lejos, todavía titila.