Los chicos malos de Cobra Kai

Cobra Kai es una serie que, en dos temporadas –y con una tercera en camino–, continúa con la historia de rivalidad entre Daniel LaRusso y Johnny Lawrence, quienes, en su adolescencia, se enfrentaron en la final del torneo de karate de su ciudad. Hablamos, por si a alguien no le queda claro, de la película de 1984, Karate Kid. Tres décadas y media después de la final en la que el noble LaRusso vence al patán Lawrence –con una patada ilegal–, estos dos protagonistas se vuelven a encontrar y sus diferencias se reavivan o, mejor dicho, se actualizan para no perder vigencia en el siglo XXI.

Karate Kid es una película que, a pesar de tener varias cosas extrañas en el guion y la historia, permanece como un buen recuerdo en los corazones de muchos adultos que hoy pertenecen a la llamada generación X y en la memoria de las primeras camadas de millennials. La serie se sirve de esa nostalgia para presentar una estética contemporánea que se alimenta constantemente de referencias al mismo universo de Karate Kid, pero también, y de una manera más notoria, se nutre de la nostalgia. Los ochenta son un tema manifiesto: los personajes principales nunca superaron su pelea final, y nunca dejaron realmente la década en la que tuvieron 16 años. Ambos, en distintos momentos de la serie, aparecen como entes que no entienden este siglo y a sus adolescentes.

Al no poder adaptarse del todo a esta década, Daniel y Johnny optan por regresar a la suya, con lo que ello implica. A pesar de que el paso de los años ha dado –a ellos como personajes y a nosotros como espectadores– la certeza de que el mundo es más ambiguo y no tan maniqueo como era entendido en los ochenta.

Los 80 fueron una década de testosterona y maniqueísmo. En el mundo había buenos contra malos. Abusivos sin causa y héroes cansados del abuso que tenían la valentía de hacerles frente y derrotarlos a pesar de la inferioridad inicial de sus condiciones. Es la década de Ronald Reagan, el cowboy de películas de acción gobernando. Es la década de Los Magnificos y Mister T. De Rockys, Rambos y todos los policías solitarios e inexpresivos que no siguen las reglas y hacen las cosas a su manera –gracias, Te Lo Resumo– de Sylvester Stallone. Es la década que Chuck Norris creó mientras descansaba de una pelea.

Es la década de la caída del Muro de Berlín, sintetizando con ello la polarización ideológica que vivía la humanidad y que extrañamente estamos volviendo a replicar. Creo que no es descabellado pensar que esa lógica de entender el mundo –“capitalismo bueno / comunismo malo” – encontró su expresión estética mejor representada en el cine de acción de entonces. Sin necesidad de explosiones o músculos hipertrofiados, Karate kid transporta este binarismo a la cotidianidad de un adolescente buscando su lugar en el mundo y enfrentándose a la maldad sin motivo de un grupo de abusones.

Con esto no quiero justificar el Bullying escolar, sin duda es un problema estructural que debe ser entendido y tratado. Pero no lo creo como parte de un mundo binario de buenos y malos, de fuertes y débiles.

Cobra Kai parece continuar una idea planteada varios años atrás por Barney Stinson, personaje de How I Met Your Mother: qué tal si entendimos mal la película y el verdadero villano es Daniel LaRusso. Este giro de perspectiva complejiza el argumento de la película y propone una cosa potente que la serie intenta recuperar. Comenzamos viendo la vida de Johnny, que es un fracasado básicamente porque perdió esa pelea, frente a un Daniel, exitoso y rico. Hasta acá parece una consecuencia natural del maniqueísmo de sus personalidades: Johnny es el malo, merece que le vaya mal. Daniel es bueno, merece tener todo lo que tiene. Pero en el desarrollo de reencontrar a estos personajes encontramos más bien, gestos que pueden generar empatía con el villano y antipatía con el héroe, viendo las cosas desde el filtro de la ambigüedad humana.

Todo se complejiza aún más cuando reciben sus primeros discípulos: Johnny desea continuar el legado de agresividad de Cobra Kai (Golpea primero, golpea fuerte, sin misericordia) a un grupo de chicos “nerds” que acuden a su academia para defenderse de los abusones, tras ver cómo Miguel, el primer alumno de Johnny se defiende con éxito. Por otro lado, Daniel empieza a entrenar a Robbie, el hijo de Johnny que no cuenta con una figura paterna. Un chico malo que acaba encontrando el camino bueno.

La serie te presenta personajes entrañables en ambos bandos, y los mejores momentos se manifiestan justamente cuando la ambigüedad es presente. Al final de cuentas la ola de violencia se desprende de una rivalidad infantil y maniquea que no ha sido superada, y hay personajes que se encargan de recordarlo constantemente, subrayando el absurdo de los enfrentamientos.

Temo, sin embargo, que la tercera temporada devenga en una historia de buenos contra malos, solo haciendo que los malos de antes ahora sean amigos de los buenos para enfrentarse a los nuevos malos. Por lo menos a eso parece apuntar con la idea del “mal maestro” que reaparece.

Un par de ideas más.

Me parece extraño que Johnny y Daniel se reencuentren 35 años después sin haber salido de una ciudad no muy grande. Alguna reunión de promo debió haber.

Tal vez no es muy cochabambino de mi parte, y así me lo hicieron notar mis llajtamasis, pero no conozco gente entre 40 y 50 años que siga recordando con bronca a su némesis de la final del torneo de fulbito de la promo.

Escritor – Twitter: @luisca_sl