Lo que H. P. Lovecraft trajo del espacio exterior

Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) publicó El color que cayó del espacio en la revista Amazing Stories en 1927, al comienzo de la década final de su corta vida. Parece ser que la intención del escritor de Providence era aunar en un solo relato los elementos fantásticos, de terror, de ciencia ficción y del mundo extraterrestre que no habían aparecido significativamente unidos en sus obras anteriores o cuya vinculación no le había dejado del todo satisfecho. Y también deseaba evitar los aspectos excesivos o grotescos con que solían describirse —también su caso— los entes procedentes del espacio exterior o, simplemente, terrestres capaces de provocar terror en sus lectores. Por ello, recurrió a un color, a un color nunca antes visto, a un color indefinible cuya existencia no consta en ninguna paleta conocida de colores y que, por ello, había de suscitar inquietud, aversión y espanto.

Estamos al oeste de Arkham, la ciudad inventada por Lovecraft y situada imaginariamente en el territorio de Nueva Inglaterra —también hay alusiones a la universidad de Miskatonic, igualmente inventada por el escritor—, y los acontecimientos narrados se desarrollan en la década de 1880. Un técnico relacionado con la construcción de un embalse en la zona es quien investiga y cuenta lo sucedido más de cuarenta años después, algo de lo que nadie quiere hablar y cuyo conocimiento —refrendado por el aspecto que presenta el paisaje— lleva al narrador —según se nos avisa muy pronto para aumentar nuestra expectación— a abandonar inmediatamente el lugar, regresar a Boston y renunciar a su trabajo. ¿Qué será?

Desde el principio se alude a lo acaecido en los llamados “días extraños”, a un “lugar maldito”, al testimonio del anciano lugareño Ammi Pierce que nunca ha estado en sus cabales —por causa de lo que vivió—, a un “yermo asolado”, a la inexistente o atrofiada vegetación enmarañada, a una gran mancha de polvo gris, a la ausencia de casas, personas y ruinas y, en fin, al hecho cierto de que toda una familia de granjeros había desaparecido o había sido asesinada. ¿Por quién? Nadie lo sabe, aunque el tal Ammi Pierce tendrá mucho que contar, pues era amigo y vecino de los Gardner, la familia evaporada. Pierce estuvo con los Gardner en el curso espantoso de los sucesos.

Éste es sólo el planteamiento, el arranque concretado en las primeras páginas del absorbente relato con un añadido imprescindible: la caída de un meteorito sobre el pozo de la granja de Nahum Gardner, hasta entonces un lugar fértil y próspero.

Un meteorito venido del espacio. Lovecraft se centra primero en la investigación de la metálica roca caída en el pozo y despliega una serie de análisis e hipótesis científicas —sin aburrir, todo lo contrario— que tienen por objeto subrayar lo incomprensible e irreconocible del fenómeno ocurrido.

En El color que cayó del espacio, ahora publicado por Nórdica con ilustraciones de Albert Asensio y traducción del Colectivo Lovecraft BdL, la estrategia narrativa seguida por el escritor a través de su narrador es brillante y eficaz para la dilatación e interés del relato. Primero, en cada línea —es un decir— proporciona información interesante sobre la investigación de la esquiva naturaleza de lo sucedido y, después, en cada página se advierte la dosificación de los cada vez más horribles hechos derivados de la caída del meteorito, de los nunca vistos gases, luminiscencias y vapores móviles con miasmas que se extienden sobre el pequeño territorio y van transformando malignamente el agua, la vegetación, los cultivos, los insectos, el ganado y, en fin, a los desventurados Gardner (“algo iba mal con los Gardner”), el matrimonio y sus tres hijos, cuyo destino será pavoroso. Y aquí lo dejo, claro, no sin decir que Lovecraft se desenvuelve magistralmente en el crescendo de las situaciones y en la siembra de la creciente expectativa del lector ante la concreción definitiva de la esencia y comportamiento de la materia, sustancia o quién sabe —especulamos— si azarosísima criatura llegada de las estrellas, cuyos hitos de actuación el escritor va revelando con tanta imaginación como detalle, creando una atmósfera muy física, irrespirable y atroz: “hay cosas que no se pueden mencionar”.

Lovecraft, pues, borda la estructura y el sostenimiento del ritmo pausado e intrigante de la narración —y el paso del tiempo—, consiguiendo plenamente capturar al lector tanto por las aproximaciones a las causas como por la descripción de los efectos del impar fenómeno. No es de extrañar que el autor de El resucitador considerara que El color que cayó del espacio era una de sus mejores obras.

El cine también lo ha visto así —o, al menos, ha creído en sus posibilidades de cara a la pantalla—, pero todas las referencias indican que ninguna de la media docena de adaptaciones cinematográficas existentes —bastante o muy libres, varias trasladadas fatídicamente al presente— han dado en el clavo. La última, Color out Of  Space (2019), dirigida por Richard Stanley y protagonizada por Nicholas Cage —estrenada en España este mismo año—, parece, sin embargo, haber conseguido el aplauso de los aficionados al género y la benevolencia del resto.

Entreverados en el desarrollo de la catástrofe están los apuntes sobre la impotencia de la ciencia, el desprecio incrédulo de la prensa y el tránsito de las burlas al terror y a la leyenda entre los lugareños. Quizás porque el meteorito “vino de un sitio donde las cosas no son como aquí…uno de los profesores lo dijo”. Y también: “No era de esta tierra, sino un fragmento del gran exterior y, como tal, del exterior eran las propiedades que poseía y del exterior las leyes a las que debía obedecer”.

Una vez más, el pánico humano a lo que procede del exterior, de todos los exteriores, con sus propiedades distintas y sus leyes incógnitas. ¿Todavía permanece ahí?

Manuel Hildago/El Cultural