La vida ante sí: emociones sin mayores sutilezas

Cultura y espectáculos/Página 12

Con su adaptación de la novela de Romain Gary La vida por delante, el realizador israelí Moshe Mizrahi sumó porotos y, en la entrega de los premios Oscar de 1978, Madame Rosa se llevó la estatuilla a la Mejor Película de habla no inglesa. Bastante alejada del tono relativamente seco del film protagonizado por Simone Signoret, esta nueva traslación dirigida por el italiano Edoardo Ponti –hijo del legendario productor Carlo Ponti y Sophia Loren– tiene un componente de venta irresistible: la presencia en el rol central de la diva, en su primera actuación luego de diez años de ausencia cinematográfica. Esta Madame Rosa no es francesa, desde luego, sino orgullosamente italiana, pero su origen judío y pasado traumático en un campo de concentración durante los años del nazismo permanecen inmutables. Exprostituta, la anciana continúa con la labor iniciada tiempo atrás: criar, nutrir y educar a niños abandonados por sus madres, en su mayoría trabajadoras sexuales.

No es el caso de Momo (el debutante Ibrahima Gueye), un muchacho huérfano nacido en Senegal, que a pesar de estar apenas iniciando el tránsito de la pubertad anda metido en la venta al menudeo de drogas ilegales. La relación entre Rosa y Momo no arranca con el pie derecho y los ataques de agresividad del pequeño complican el día a día en la casa de la señora, conflicto atemperado en parte por la presencia de la vecina Lola (Abril Zamora), una madre trans de origen español y dueña de la mejor onda ante los golpes de la vida. El guion de Ponti y Ugo Chiti introduce en la trama diversos momentos de humor para contrarrestar la dureza de esas vidas. Cuando las cosas se salen de los carriles, Madame Rosa baja al subsuelo del edificio, donde ha construido un pequeño cuarto que parece protegerla de todos los males del mundo, pero esa zona de confort y resguardo no evita que los achaques mentales –momentos de mudez y quietud total, la mirada perdida en un pasado que siempre regresa– comiencen a ser cada vez más recurrentes.

La vida ante sí ofrece más de un momento de genuina emotividad, como esa escena en la cual la despedida de uno de los niños genera en Momo una explosión de sensaciones encontradas, aunque su remate con manos entrelazadas y música de violines bombástica tira por la borda cualquier atisbo de sutileza. El león digital que se acerca al niño en sus sueños y fantasías, burda metáfora materna, es otro aporte a una innecesaria ñoñería, que va en aumento a medida que el tercer y último acto pone en tensión la promesa que terminó de sellar el vínculo entre Momo y su protectora. A pesar de todos los males, con 85 años al momento del rodaje, Sophia Loren entrega una interpretación potente y creíble, la última incorporación a una galería de personajes rica y diversa, creada en pantalla por una leyenda viviente.