La trastada anunciada

Yo estaba feliz de la vida al llegar a mi casa, cuando me encuentro con una bolsa llena de papeles… Al final casi me vuelvo loco. No podía definirme más que como a un estúpido e ingenuo.

Era en la mañana, tipo 12. Me encauzaba hacia la casa de las tías. Por la vejez, están solas y yo las visito para charlar; ver como están. Así, aprovecho de regar el jardín. Esas mujeres no pueden mover un dedo. Durante el trayecto, en medio de la acera, fui interceptado por un tipo, en la calle Aniceto Padilla y Tomas Frías. Físicamente, era de contextura gorda, de pómulos salientes, peruano, moreno y chato. Me dice que estaba buscando un arquitecto porque quería comprar unos lotes. Yo, como tengo experiencia, me dispuse a ayudar al hombre, que por ser extranjero parecía no tener mucha idea. Así, montó una trama embustera. Un pretexto, nada más. Me pide ayuda para poder encontrar al arquitecto, y yo, crédulo, le seguí la conversación. En eso, llega un jovenzuelo, de unos veintitantos años; flaco, con aspecto amigable, pero maleantoso, que seguramente era su cómplice: con él es con quien me han hecho la trastada. Yo, totalmente ingenuo.

El joven nos muestra una bolsa atiborrada de monedas de oro. Comenzó a relatarnos el cuento del tío. Yo me cuestiono: ¿qué me ha pasado aquel día? Me convencieron de una forma totalmente estúpida e inocente. Primero Globos, después el banco, después al restaurante, y después al sitio a preguntar el valor de las pepitas. Estúpido e inocente.

A la sazón, me invitaron a tomar un refresco en Globos. Para empezar, como es habitual, el sitio estaba hasta el colmo de críos correteando y familias almorzando, seguramente por la hora pico: era la una. Por esa causa, hemos estado esperando dos horas por un simple refresco, conversando. En ese tiempo, hubiera podido reaccionar, pero ni siquiera se me ha cruzado por la mente que quizá todo este acto era una forma de lavarme el cerebro.

Estos tipos, tramaron una historia en la que yo desgraciadamente caí. Me dijeron que me van a dar las monedas de oro, y me preguntan cuánto dinero tengo en el banco, y que aquí y que allá. Totalmente maleantosos, pero convincentes.

Saliendo de Globos, agarramos un taxi. Vamos al Banco Unión, que queda en el Prado. Estos maleantes, aunque debo disculparme por expresarme de esta manera, me persuaden de una forma tan teatral, tan de película. Ellos me las iban a regalar porque yo les iba a ayudar a buscar a su arquitecto. Ni siquiera llegué a razonar si tenía sentido que me regalaran tan magna suma del pretendido “oro”. Pensando yo: “¡Qué personas tan agradecidas y generosas!”, todo era gracias a que yo les explicaría en dónde estaba este señor arquitecto.

Llegamos al banco. Sustraigo todo el dinero de mi cuenta. 100.000 bolivianos. Yo, bruto, no sabía; no sé qué me pasó para sacar esa cantidad de dinero. Cuando se llega a cierta edad, es prácticamente fácil que te engañen. Era comprensible que me hayan embrujado. Entonces, se los confiero y los tipos me entregan una bolsa, en lo que me dicen: “Aquí está la plata, más sus pepitas de oro”. Pero antes de que pudiera expresar mi escepticismo; ellos se adelantan. Lo que querían era ganarse mi confianza. Me dicen: “Vamos a un lugar a preguntar cuánto cuestan las pepitas”. Así que luego de retirar el dinero, me llevan a un restaurant, donde me invitan otro refresco.

La historia del tío y de las pepitas comienza. En ese instante, se escuchaba como una leyenda creíble. Me contaron que en Mogochapa, una provincia de Cochabamba, su tío había encontrado monedas en su casa, que por su antigüedad tenía un tapado. Después de escudriñar y golpear los cimientos durante años, finalmente el hallazgo de una cuantiosa fortuna se hizo visible.

Cuando era niño, mis padres solían contarme que, en varias ocasiones, se habían hallado tapados en las vetustas paredes de casonas abandonadas o antiguas, sobretodo en ciudades coloniales, como Potosí. Incluso, mi exesposa me contó la historia de una prima, que en la ciudad de Tarija encontró monedas coloniales bañadas en plata, junto a un caudal de joyas. Es por eso que este relato me resultaba familiar, totalmente posible. Entonces, el tipo me contó que su tío le había heredado las monedas a su padre. Éste, antes de morir, vino a Cochabamba. Les dijo que vieran la manera de intercambiar esa fortuna. Eran monedas esterlinas, de Inglaterra, bañadas en oro. Me contó que su padre le había dicho que no dijera nada a nadie. A mí me tenía confianza, pero era mejor que yo tampoco confié en nadie. Me contó una historia con la que quedé plasmado y, obviamente, mi intención era apresurarme. Así, podía tener mi pequeña porción de la torta. Este relato se escuchaba tan místico que no quería que nadie se enterara. Sentí que todos me observaban. Era una oportunidad que no podía desaprovechar. Tenía que ser rápido para que estos tipos no se arrepintieran.

Al momento, me llevaron a un lugar para preguntar el valor de las pepitas. Se llamaba Prendamás, una casa de empeño. En el sitio, estos tipos preguntaron cuánto cuesta un gramo de oro. Me dijeron que cada gramo de oro valía 2.000 bolivianos, e iban a darme 20 gramos. Yo, tonto, ni siquiera fui a evidenciar si, efectivamente, las pepitas costaban ese precio. No los acompañé porque pensé: “Bueno, si son dos los que están preguntando, ha de ser verdad que cuesta así”. No sé, me han engatuzado de tal manera, que yo mismo me quedo con la boca abierta.

Eran falsas. Me narraron el cuento del tío. Me contaban y escabullaban. Pusieron todas las monedas en la bolsa, y dijeron: “Aquí están sus pepitas, aquí está su dinero”. Pero, sin percatarme de ello, hicieron el cambio de mis ahorros con papeles falsos. Esos papeles aparentaban ser mi dinero, ellos querían que pensará eso. “Se lo estoy poniendo aquí en la bolsa”, me indicaron. Pero, lo intercambiaron. Auténticos estafadores.

Me estaban regalando las pepitas porque había tenido muy buena voluntad en ayudarles. Les concedí ese dinero porque les estaba haciendo un favor. Es un complot que hasta ahora me pregunto cómo es que he sido tan estúpido. Les estaba dando todos mis ahorros; como si en mi destino estuviera jactado, como si mereciera perderlo todo.

Estuvimos, más o menos, unas dos a tres horas. Cuando llegué a mi casa, fue cuando me di cuenta. Sentí que me daría un infarto por la impotencia. Mi mayor frustración es mi grado de imbecibilidad. He denunciado con la PTJ. Tengo esperanzas de que los hayan capturado. Felizmente, en esos dos lugares, el restaurante y el banco, había cámaras de seguridad. Los fotografiaron y los encontraron en Sucre. Según el investigador, de esa manera han descubierto que ahí también se dedicaban a vender pepitas de oro.

Llevo esta cruz conmigo. Estoy en este proceso. Los han identificado, hemos dado con su domicilio, y los hemos notificado. Se han presentado a la Fiscalía. Los tipos se han abstenido a declarar, pero hicimos una orden para que los lleguen a juzgar.

Este proceso me está costando una buena cantidad de platita pero, si se puede, los estamos llevando a la prisión de uno a cinco años, o al menos eso espero. Según el abogado, tengo la esperanza de recuperar siquiera la mitad. Ojalá que se pueda recuperar. Son unos tipos avezados, las monedas eran un pretexto para engañar a un viejo lobo de mar de 87 años. Una trama digna de usurpadores. Un cuento chino. Los investigadores me preguntaban: “¿Qué le ha pasado?”, la edad seguramente; eso ha pasado, o la ambición también.

 

Claudia C. Saavedra

Licenciada en Comunicación – Instagram: @ clau_csaavedra