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A raíz del fallecimiento del comediante y músico argentino Marcos Mundstock, integrante de Les Luthiers, recuperamos esta crónica de cuando la agrupación llegó a Bolivia en agosto de 2013, dando dos presentaciones en la ciudad de Santa Cruz de su espectáculo Lutherapia, que se convertirían a la fecha en la primera y única vez que el mítico grupo piso territorio nacional.


Muchos amigos cruceños nos dijeron que los “collas” llevamos el frío a Santa Cruz. En realidad, creo que fuimos los impulsores de una fuerza sobrenatural más poderosa que el “surazo”. Ni el frío que azotó a la urbe del oriente boliviano pudo con las ganas de ver a una legendaria agrupación humorístico – musical. Miles, de todo el país, se dieron cita en Sonilum, los días viernes y sábado de la anterior semana, para ver a los artistas argentinos de Les Luthiers.

Todo se podía aguantar con tal de presenciar el recital, incluso un viaje por tierra que duró 13 horas, en medio de charcos helados similares a los que ennegrecían Santa Cruz. La aplicación del celular que pronostica el clima falló por primera vez. No contaron con el poder sobrenatural de los argentinos, que quedó claramente demostrado el sábado por la noche.

Desde las 19.00 de ambos días, ya se podían ver filas para los sectores bronce y plata (los más económicos y que no contaban con numeración). El frío no evitó que la fanaticada de Les Luthiers se hiciera presente en la previa en busca de un buen asiento, ni cuando el temporal se puso más agresivo. Las personas se impacientaban entre murmullos, risas, rostros congelados y abrigos varios, configurando una imagen que más parecía ser de Chuquiago Marka. Revendedores deambulaban en las afueras de Sonilum, intentando vender los saldos para un show que contó con el 75 y 90 por ciento de asistencia, los días viernes y sábado, respectivamente.

Alrededor de las 20.30, uno de los guardias dio el “Ok” para el ingreso. Ya adentro, con un salud, k’aj, seco de fernet para apaciguar el frío-, las horas pasaron volando. El publicó en los sectores de bronce y plata se iba impacientando. A eso de las 21.30 se iluminó el diván del psicoanálisis. Una voz anunciaba el comienzo del espectáculo. Con un aura mágica, increíble y de ensueño, entraron en escenario Marcos Mundstock, Daniel Rabinovich, Carlos López Puccio, Jorge Marona y Carlos Núñez, luciendo distinguidos. Entre gritos, aplausos y silbidos, el “coloso” de Sonilum rugía por la leyenda.

Les Luthiers fue fundado en 1967 por Gerardo Masana. Los cinco integrantes actuales son músicos y humoristas consagrados. Realizan giras anualmente por países hispanohablantes, en los cuales gozan de mucha popularidad. Una de sus características es la interpretación de instrumentos creados a partir de materiales de la vida cotidiana. Cuentan con más de 20 recitales, de los que la mayoría fueron shows itinerantes llevados por distintos países.

De vuelta a Sonilum. Después de la venia correspondiente, quedaron en escenario Mundstock y Rabinovich, encarnando a Ramírez y Murena, dos personajes recurrentes en varios sketchs. El primer día del espectáculo los artistas se apegaron al guión de Lutherapia. Se notó al público un poco más apagado y sin la respuesta esperada a muchas de las bromas de los artistas. Asimismo el viernes, a diez minutos de haber empezado el show, hubo una falla técnica con el sonido que dejó estáticos a los dos artistas en escenario, mientras se escuchaban rechifles y quejas de los presentes. La situación ocasionó que tanto Mundstock y Rabinovich se unieran a los gritos, clamando “¡Horaaaaa!”. Ambos tuvieron que dejar el escenario hasta que la falla fuera subsanada. A los diez minutos, prosiguió el espectáculo. El viernes fue un gran show, pero no igual que el sábado, que es el día a partir del cual proseguirá la crónica.

Lutherapia gira en torno a una terapia psicoanalítica en la que Ramírez (Mundstock) representa el papel de psicólogo y Murena (Rabinovich) el de paciente. La charla entre ambos va dando lugar a los problemas del segundo para elaborar una tesis acerca del “célebre compositor” Johan Sebastian Mastropiero, que entre conversaciones desborda números musicales-humorísticos.

El sábado, ante las constantes ovaciones del público, se notó a los artistas más sueltos, sobre todo a Mundstock y Rabinovich en las conversaciones del diván. Si uno no los conociera, pensaría que el plus interpretativo fue guionizado, pero no fue así. La soltura, improvisación y las cargadas fueron interpretadas como dos niños que juegan.

Rabinovich leyendo/escribiendo mal: “Deje. Dejé. Dejé de tratar de ponerme el sobre todo. He tratado de sobreponerme a todo”, como en sus graciosísimos monólogos; o Mundstock ironizando y parodiando el rol del psicólogo, la terapia y los diagnósticos. Ambos jugaron con esa su tonalidad de voz característica para pronunciar diálogos como “Usted sabe (hablándole a Rabinovich), la escuela psicoanalítica a la cual yo pertenezco tienen un máximum lema: Es importante que el paciente se recueste y que el tratamiento le re cueste”. Los preámbulos de Murena y Rámirez son charlas y situaciones de “psicoanálisis” histriónicas, marcadas en lo absurdo de una química deliciosa que da lugar a piezas musicales que se complementan a la perfección, en un espectáculo que motiva la risa de los presentes durante casi hora y media.

Las dotes interpretativas no solo se las podemos atribuir a Rabinovich y a Mundstock. Cabe destacar a López Puccio como el líder de los cruzados, guiando a su tropa hacia Jerusalén en “El cruzado, el arcángel y la harpía”, una “opereta medieval”; o a Núñez y Marona en “Pasión bucólica”, interpretando a dos ancianas que recuerdan sus viejos romances mientras interpretan música. Otro gran destaque actoral de grupo fue “El día del final”, pieza en la que los cinco intérpretes forman parte de la orden de “Nostrasladamus” y deben evitar el nacimiento del anticristo. El humor perspicaz, diálogos efectivos e hilarantes, mezclados con gracia personal, la soltura colectiva y la sintonía grupal promovieron amplitud en el escenario, dando los artistas cátedra en la terapia de la risa, ante un público que seguía al pie de la letra el diagnóstico de los humoristas.

La precisión, efectividad y virtuosismo a la hora de la interpretación musical también fueron parte de la “terapia”. El quinteto demostró que mucha de la comicidad que ostentan puede quedarse solamente en lo musical. La increíble parodia de estilos se hace notar en las transiciones, desde una balada con aires folklóricos a una pieza rockera, una “balada mugida y relinchada” como “Paz en la campiña”, que habla de los ruidos de la ciudad y la paz del campo.

Así también, la habilidad para el juego de palabras, marcada en el ingenio con carga humorística y satírica, además de la gracia irresistible, riqueza e interpretación musical, se hicieron notar en obras como “El flautista y las ratas” o “Aria agraria”. Hubo lugar de igual modo para géneros como la cumbia villera en el tema “Dilema de amor”, en el que la palabra epistemología nunca volverá a tener el mismo significado. La grandilocuencia de la creación dramatúrgica y escritura musical hacen de Lutherapia una de las mejores obras de Les Luthiers, en la que se vuelven a lucir al igual que sus instrumentos informales, como el gom-horn da testa, el lirodoro (lira en tapa de inodoro) y el latín (violín de lata). La capacidad imaginativa y la precisión al momento de interpretación se vivió también por ejemplo en la ejecución del bolarmonio (instrumento de viento construido con 18 pelotas de PVC, ganador de la Expo Les Luthiers, creado por Fernando Tortosa), que forma parte de la pieza “Rhapsody in balls”. Fue un verdadero espectáculo ver a Marona interpretando el género blues/dixieland, acompañado en el piano por Núñez.

Decía en párrafos anteriores que Les Luthiers es una fuerza de la naturaleza. Así lo probaron los artistas casi al cerrar el show con el sketch “El día del final”, interpretando la exorcítara (un gran bastidor, con forma de arpa, cuyas “cuerdas” la constituyen once tubos de luz de neón), haciendo que los efectos de lluvia se vieran opacados por lluvia y real, en un relato épico y mágico que concluyó la obra.

Al finalizar, todos los presentes estaban curados. Todos los malos síntomas desaparecieron gracias a la risa y carcajada extrema. Los delirios de ruido fueron curados por el virtuosismo interpretativo e imaginativo de la creación musical del quinteto argentino. Ante semejante tratamiento, el público expresó su gratitud a gritos, aplausos, silbidos y en una ovación de pie a los artistas que, ante la insistencia de sus “pacientes”, tuvieron que agregar a su receta la pieza “Ya no te amo Rául”, una “bolera” que pertenece al espectáculo Los Premios Mastropiero.

El hilo conductor de Lutherapia, a través de varias sesiones, compone una obra que se la disfruta de pe a pa, con un humor irreverente, sin ser de mal gusto, que se mantiene a lo largo de los años. Más de cuatro décadas de trayectoria dieron cita a distintas generaciones. El quinteto, como los cruzados, es portador de la leyenda de Mastropiero. Mientras podamos verlos y escucharlos seremos más afortunados.