[La lengua popular] Entre la naturaleza y la posibilidad del tiempo

Ernesto Flores Meruvia

 

No es posible soslayar la tremenda importancia e influencia que tuvo San Agustín en la filosofía que se desarrolló posteriormente a su existencia, como también la que se está desarrollando hoy en día. Uno de los temas que menos se suele abordar, al momento de hablar de la filosofía agustiniana, es el tiempo. San Agustín ha demostrado una tremenda agudeza intelectual y sensible para poder dar respuesta a problemas que, quizá incluso en nuestros días, no han sido resueltos en su totalidad. Este es el caso de uno de los elementos por el que estamos rodeados constantemente, en muchos sentidos, y que cuya pregunta: ¿Qué es el tiempo?, atormenta tanto a la mente del al filósofo como a la del científico.

Dentro del campo filosófico se ha tratado, en repetidas ocasiones, dar respuesta a este dilema. Probablemente el estudio de Immanuel Kant, en su famosa estética trascendental, sea el que ha cobrado mayor reconocimiento a lo largo de la historia. En el presente ensayo, demostraremos que verdaderamente existen similitudes, entre las concepciones temporales de Kant, y San Agustín, quien, precediéndole en la historia, fue posiblemente una fuente rica de inspiración de la cual, el filósofo prusiano, tomó un primer apoyo para su propio desarrollo.

En cuanto a la condición ontológica del tiempo, a lo que hace posible que el tiempo sea; San Agustín plantea al “cambio” como el agente que permite ser al tiempo. En la metafísica platónica, la forma de la materia será la que cambiará, es decir que, es ella la que se mantendrá cambiante en el tiempo y, por tanto, la composición de la materia será un elemento necesariamente intrínseco al tiempo.

Esta condición ontológica agustiniana, podríamos considerarla análoga a la explicación trascendental que nos da Kant. Éste último, ya no tiene que ver tanto con aquello que posibilita el tiempo en sí, sino que más bien, explica la manera en la que éste posibilita a la vez conocimientos sintéticos a priori. Es así que, con un trato ontológico de la traslación de la materia (ser en un punto A y no-ser en B a ser en B y no-ser en A, todo en el espacio), Kant va a proponer la linealidad del tiempo que, por pasar siempre en sentido futuro, permite predecir el movimiento de un cuerpo.

Nótese que el tratamiento ontológico, para San Agustín, parte de lo transformativo en la materia, mientras que, para Kant, parte de lo transitivo en la materia. Por tanto, en un principio, hay similitudes de trato, aunque no de bases iniciales del mismo. Ahora, bien podríamos señalar que, en la ciencia física actual, la deformación de los cuerpos implica necesariamente y de cierta forma, la movilidad de sus partes por causalidad de fuerzas externas o internas al objeto material, que hacen adoptar al cuerpo, una forma distinta a su inicial; por ende, en stricto sensu, el punto de partida ontológico, tanto agustiniano, como kantiano, sería el mismo en esencia, pero diferido en su interpretación.

Agustín, en respuesta al paganismo y en vigencia con la concepción temporal que había construido, responde a las objeciones del paganismo. Las preguntas ¿Qué existía antes de Dios? ¿Por qué el mundo se creó en su entonces, y no en otro momento?, fueron contestadas de la siguiente manera: Dios y los ángeles, son seres más allá del tiempo, están en la eternidad, de modo que, están en un estado de permanencia absoluta y no de sucesión, como pasa con el tiempo y su naturaleza. Todos los seres del mundo y el mundo en sí, se compone de materia que cambia y, por tanto, el inicio del mundo también es el comienzo del tiempo mismo, ya que el cambio su propia condición ontológica; por lo que, hablar de lo “anterior” al universo, no tiene sentido alguno. No es posible determinar el tiempo antes de la creación, ni siquiera en rasgos generales, porque el tiempo aún no existía. Eh ahí la falacia de los paganos.

Kant, va a empezar en principio, señalando algo similar. Primero expresado a modo de antinomias, de la siguiente manera: Tesis: en el mundo debe haber algo que, ya sea como de él, o como su causa, sea un ente absolutamente necesario; Antítesis: no existe en ninguna parte un ente absolutamente necesario, ni en el mundo, ni fuera del mundo, como causa de él. Vale la pena aclarar que, el mismo autor señala una resolución no necesariamente absoluta de este conflicto.  A saber, que el principio de regressus (algo en el mundo siempre tendrá su causa en él, y esta última también tendrá causalidad en él) es apodíctico para todo caso que suceda en la realidad y que es definitivamente indiscutible, se va a plantear dos límites gnoseológicos: uno demasiado grande, en el que el ente absolutamente necesario se encuentre en un punto temporal tan infinitamente alejado de cualquier otro punto originario para no depender de otra existencia precedente, diferente o causal a ella, que no podría ser accesible a nuestro conocimiento empírico necesario para el sujeto trascendental; el otro caso, uno demasiado pequeño, en el que el ente absolutamente necesario sea contingente al mundo y que, por lo tanto, tenga necesariamente una causalidad en el mundo mismo, entonces, contradiga a su propia búsqueda. Como podemos observar, ambos límites gnoseológicos inevitables conllevan una absurda búsqueda por la condición suprema en el mundo, lo que quiere decir que, ese ente necesario, no puede estar en los cabales de la realidad sensible; sino que debe ser pensado enteramente fuera de ella y como meramente inteligible. Es hasta este punto que, el regressus limita la búsqueda, él no puede aplicarse al plano inteligible, ya que ahí, no predomina lo empírico. Finalmente, Kant va resolver que el ente supremo actuara como principio regulativo en su teoría ética y moral, ya que, esta consideración, por más que lo parezca, no contradice en absoluto a la imposibilidad empírica del ente, explicada anteriormente.

Podemos apreciar, como es que tanto Agustín y Kant llegan a esa imposibilidad de la determinación, por lo menos empírica, de Dios. Cabe la pena mencionar que, para ambos, de ser Dios posible, no lo seria en el espacio, ni tampoco en el tiempo; sino que se vería concebible meramente inteligiblemente, en otro plano totalmente desconocido para nosotros, en ese sentido, Dios es aún inconcebible en su totalidad.

En cuanto a la naturaleza psicológica del tiempo, inseparable de la noción humana, San Agustín va plantear una determinación temporal necesaria e inseparable con el presente. Cuando nos referimos a un tiempo duradero o largo, a la vez que nos referimos a otro efímero y corto, lo que hacemos en realidad, es tomar como objeto un tiempo del pasado o del futuro, es decir que, nuestro objeto al que hacemos referencias de magnitud no existe en verdad, o bien no es todavía o bien ya fue. Mas entonces surge una cuestión ¿si el tiempo sujeto a una determinación subjetiva no es, entonces cómo puede explicarse que podamos hacerlo, en realidad, de forma asertórica?; aquí el problema no va residir en el tiempo mismo, según la concepción agustiniana, el conflicto tiene su solución en el sujeto que está determinando esas magnitudes temporales. Debe haber necesariamente algo que actúe de mediador o de articulación para con el pasar del tiempo, y este vendría a ser el presente, porque es él y solamente en él que, el tiempo es efectivamente real. En ese sentido, no hay tres tiempos diferentes, sino que existen tres dimensiones de uno solo, por el que fluye la dimensión temporal, a saber: memoria, contuitus, exspectatio. Pero, ¿Qué está en realidad presente en el presente?, es decir que, hablamos de: un presente día, un presente año, una presente hora, etc.; cuando en verdad, esos adjetivos no pueden corresponder en su totalidad al presente, ya que éste podría ser todavía divisible, y por tanto, extensivo al pasado o futuro que habíamos dicho que no son; pero el presente, como único medio temporal autentico, tampoco tendría sentido si se sintetiza hasta una no-duración, entonces, ya no sería tiempo alguno. En la resolución agustiniana de esta aparente aporía está la razón psicológica de esta explicación, y es que, si seguimos buscando respuesta en la exterioridad, jamás vamos a encontrarla, mientras que, al volvernos a nosotros mismos, a la aprehensión interior de nuestra mente; tenemos que aquellas impresiones constantes que sea hacen conscientes en nuestra mente, son las que conforman el presente y con las cuales es posible la habilidad determinativa. Tenemos entonces que, el tiempo no se da fuera de las cosas, sino dentro del sujeto que las determina, por tanto, el presente solo se da en una conciencia.

En la filosofía kantiana, el sujeto trascendental, va a jugar un rol similar, así como la misma predisposición subjetiva del tiempo. Éste último, será el condicionante, el fundamento de todo phaenomena, aunque no de las cosas en sí noumena y, por tanto, estará solo a priori en la mente del sujeto cognoscente (análogo al espacio). Asimismo, el sentido interno será el que corresponda a este fundamento. El giro copernicano entonces, se hubiera dado ya, en cierta medida, en San Agustín.

En conclusión, por estos tres aspectos de la filosofía kantiana y agustiniana señalados en el presente ensayo: condición ontológica del tiempo, imposibilidad gnoseológica absoluta de Dios, naturaleza psicológica del tiempo, y sus comparaciones respectivas entre sí, podemos señalar con toda potestad que evidentemente si existe una relación entre la filosofía de San Agustín y la de Kant. Quizá por la brecha histórica, la popularización de ciertos de sus temas filosóficos y una concepción sesgada tanto del hiponense como del prusiano, hayan hecho una relación comparativa lejana de estos dos grandes personajes, no solo de la filosofía, sino también, y por sobre todo, de la historia del conocimiento humano en general.  Es un hecho indiscutible que aún nos falta mucho para entender la naturaleza total del tiempo, ahora que la física ha tomado las riendas principales sobre el tema, no quiere decir que se deje apartado los aportes de otras áreas del conocimiento humano que pudieran tener relevancia, para el avance de este gran misterio del universo, y en ese sentido, nos queda aún mucho por descubrir.

Estudiante colegio San Agustín – ernesto.flores.meruvia@gmail.com