La inmortal Clarice

Años antes de conocer a Clarice Lispector, le envié una cesta de huevos de chocolate comprados en Copenhague en Pascua, en un gesto amistoso que no llegó a llamar su atención. Quería conocerla en persona. Aunque era joven, no pretendía convertirme en su discípula sino llegar a mantener una relación duradera, inquebrantable. Tanto es así que no firmé la tarjeta que iba con el regalo. Dejé la cesta en Leme, a la entrada del edificio donde ella vivía entonces, aunque en mi anónima nota, escribí: “Fue entonces cuando, por pura urgencia, la gallina puso un huevo”.

Habrían pasado años sin respuesta si Nélida Helena, una amiga de la escuela Santo Amaro con la que había quedado, no hubiese detenido su coche frente a un edificio desconocido, alegando tener orden de parar allí antes de ir a cenar. La acompañé, como me pidió. Y tan pronto como sonó el timbre de la puerta, apareció esa mujer con aspecto de tigre, con el cabello parpadeando por la brisa. Fue Clarice Lispector quien, al invitarnos a entrar, decidió participar en el juego que su amiga le había propuesto, como una forma de regalarme un inesperado instante de felicidad.

A lo largo de esa noche no malgasté alabanzas literarias vanas, dada la dimensión del gesto de la extraordinaria escritora a la que tanto admiraba, pero de aquella charla nació una alianza inusual para Clarice, a quien llegué a conocer de verdad a lo largo de los años. Sin embargo, gracias a su intuición, que actuó como si la mano de Dios le dijera la palabra precisa en ese instante, ella, siempre puro enigma, confió en ese momento en que la joven sonriente que yo era la acompañaría hasta el final. Desde entonces ambas vivimos una amistad sin fisuras ni defectos.

Ambas sabíamos el peligro en el que nos encontrábamos. Así, Clarice temía que nuestra amistad terminara debido a las presiones que yo podía sufrir como novicia de una orden religiosa de la que ella era la abadesa. Incluso temía que acabase practicando un “matricidio” para lograr mi independencia literaria. Pero yo siempre le decía: “¿Cómo te atreves a pensar que me dejaría hechizar por la intriga, la maledicencia o la gloria literaria, cuyo propósito es romper nuestros lazos?”.

Supersticiosa como era, me hizo prometerle que en caso de que yo oyera cualquier rumor sobre posibles ataques suyos en mi contra, le daría al menos la oportunidad de defenderse… ¡Como si eso fuese preciso! ¡Cuántas veces en la playa de Leme, descalzas y con los pies en el agua, juramos proteger nuestra amistad! Sobre todo en diciembre, tan propicio a los compromisos, cuando asomaba el nuevo año.

Su rostro, aunque atento, aparecía a veces velado por las sombras que la atormentaban. Por eso, en su casa cedíamos al peso de la vida mientras tomábamos café y ella fumaba, con Ulises, el perro amado, en busca de la colilla que depositaría en el cenicero.

Entonces, cuando el arpón del destino la golpeó ese viernes de 1977, a las 10:20 de la mañana, en el Hospital da Lagoa, paralizándole el ser, comprendí que Clarice finalmente había agotado el denso enigma que había torturado su vida y su obra. Y que, aunque la muerte con su autoridad inaccesible nos había liberado al fin para descifrar su genio luminoso, su genialidad prometía resistir el asedio de cualquier exégesis.

Durante los dieciocho años de nuestra amistad, en los que hablábamos a diario, Clarice me llenó de bendiciones, de alegría, y hermosos augurios… Pensé que estaría atada a la eternidad terrenal durante mucho tiempo. Sin embargo, se fue demasiado temprano y su marcha me sumió en una profunda desolación. Sí, nuestra amistad debería haber durado más que nosotras.

Incluso en la cama del hospital, donde la acompañé durante los casi cuarenta días que duró su agonía, mantuvo su alma intacta, sin que nadie se atreviera, ni siquiera allí, a asaltar sus caminos discretos. Yo misma me ocupé de proteger su intimidad contratando vigilancia a tiempo completo en la puerta de su habitación, para evitar que la fotografiaran, filmaran o visitaran sin su permiso. Nunca pasó.

Su muerte sobrevino tras sumergirse en un sueño profundo, ajeno a este mundo. En la sala la acompañábamos pocos, su hijo Paulinho, su nuera, sus dos hermanas Tania y Elisa, Olga Borelli, que le tomaba la mano derecha, y yo, que le asía la izquierda.

Su amistad marco indeleblemente mi vida, pero confieso que no sentí la influencia literaria de Clarice. Mi escritura siempre ha estado impregnada de la nostalgia del lenguaje, de sus secretos, guiada por la violencia de los sentimientos y el erotismo. Siempre estuve de acuerdo con San Pablo, que confesó que se lo debía todo a los clásicos. Soy, pues, producto de la lectura, de todo lo que me clavó una flecha en el corazón, de las experiencias que fueron cambiando el sentido de las cosas. La vida me convirtió en protagonista de lo intensamente vivido. Y Clarice forma parte de ese grupo de grandes escritores que celebro.

Sé que otros maestros tardaron siglos en ganar reconocimiento, pero Clarice fue fácilmente aceptada en el panteón mundial. Sus exquisitos cuentos y crónicas, y algunas novelas, ofrecieron a los jóvenes, y a las mujeres en particular, la dosis de sueños, sensibilidad poética, la sabia melancolía de los incrédulos en busca de esperanza. Su legado literario la hizo universal, quizá porque, dondequiera que estuviera, Clarice oscilaba entre el misterio y la claridad. Era la suya una naturaleza pendular que reflejó rasgos llamativos en su creación. Su escritura revelaba cómo cada día era una carga, un desacuerdo con la realidad. Mientras, ante la banalidad humana, su lenguaje supo capturar espléndidamente una veta de ilusión.

Clarice era así. Sus angustiados ojos verdes reverberaban. Desenredaron el capullo del escritor y se dirigieron directamente al epicentro de las palabras y las emociones. Sabía la línea recta para ser honesta. Sin duda fue eso lo que animó sus libros.

Nélida Piñón/El Cultural