La ilusión de lo importante

La cantidad de información a la que tenemos acceso nos ha convertido en la tanda de seres humanos más conflictuada de la historia. Vivimos en un estado permanente de contradicción: “sé que debería ahorrar agua; pero no puedo ir sin bañarme al trabajo”. “Sé que debería tener más contacto con la naturaleza, pero los bichos desconocidos me asustan y pueden picarme”. “Sé que debería reducir el uso de materiales desechables, pero la dieta de catering que utiliza cinco envases de plástico semiduro al día es necesaria para llegar a mi meta de peso”. El trabajo, la sensación de seguridad física y el aspecto son importantes. Somos expertos en crear atajos que justifiquen ciertas actitudes rápidamente, porque así nos lo exige la escasez de tiempo: el éxito personal requiere sacrificios del entorno.

No hay muchas alternativas: trabajar, habitar espacios de concreto en los que sentirse a salvo y consumir plástico para ser feliz. ¿Qué es ser? ¿Qué es feliz? ¿Cuándo fue la última vez que examinamos esa frase que se ha convertido en el slogan de marca de tantas propagandas y publicidades? Atribuyo la fragilidad del significado de la idea de ser feliz al exceso de signos a nuestro alrededor tratando de persuadirnos sobre modelos funcionales a fines planificados, que nos mantienen en permanente tensión de decisión respecto a qué es lo que importa.

Este exceso es muy evidente si consideramos nuestra exposición ininterrumpida a la información, gracias a los canales ubicuos de comunicación en los que habitamos. Sucede que ya no simplemente transitamos los canales, como en otros momentos en que la tecnología estaba naciendo; ahora estamos y somos -creamos y reforzamos nuestra identidad e imagen- allí, ya que es virtualmente imposible salir de ellos.

Por más esfuerzos de desintoxicación informacional que hagamos -cerrar cuentas de redes sociales o desinstalar aplicaciones en el celular, por ejemplo- el sistema nos obliga a volver de alguna forma, dependiendo sobre todo de cuán integrados debamos o queramos estar en el flujo cultural. Hay una centralidad informacional que nos atrapa como un hoyo negro si queremos seguir perteneciendo de alguna forma a ciertos universos.

Sin embargo, no porque esta nueva plaza tenga aspectos que sugieren modernidad -ya que pasan en canales mediados por dispositivos tecnológicos, usando lenguaje que excede la palabra presente y se apoya en imágenes, videos y meta referencias- debemos asumir que nuestra capacidad de procesamiento del flujo informativo ha evolucionado proporcionalmente. Aún estamos adaptándonos al nuevo espacio y los nuevos tonos del lenguaje con el que nos movemos en él.

La conciencia de consumo de datos, algo que parece tan abstracto, tendría que tener el mismo peso de cuidado, selección y decisión que tenemos con los alimentos. ¿Qué tiene un valor nutricional más alto en la relación entretenimiento-valor (in)formativo: lo que llega a mí en la página de inicio de Facebook, o el resumen de noticias del día de un periódico local? ¿Un blog de chismes de farándula o una cuenta de Instagram que sube cápsulas biográficas de personajes históricos que hacen que me detenga a pensar en profundos aspectos de la vida? ¿Un vídeo de dos minutos de un periodista opinando o un libro de ensayos? Depende de qué busquemos en todas esas cosas; depende de qué consideremos importante.

Ese tipo de decisiones podrían ser bastante sencillas si simplemente factorizáramos la existencia informativa + el interés personal. Sin embargo, se complejiza en el hecho de que lo personal considera simultáneamente el ego, el super ego y el ello -por usar terminología de popular entendimiento. Y estos tres tienen preocupaciones diferentes.

Si el yo tiene que ver con pulsiones de preservación de la vida, el superego con mecánicas más conscientes de percepción y acción, y el ello con ideas y valores que derivan del ambiente (social) que funcionan como censores del yo; ¿Cómo es posible decidir sobre cómo alimentarse informacionalmente si en esta triada hay diferentes cosas importantes en tensión? Si, por ejemplo, beneficiamos más al ello -los censores externos- que al ego en los parámetros de elección de insumos informativos, es más probable que elijamos consumir información diaria sobre la vida de los conocidos y amigos en redes sociales, para estar al día con el chisme y para demostrarles a ellos que nos interesan, por un lado, y por otro, para tener con qué compararnos y formar nuestra propia identidad en la forma de colocarnos respecto a otros (los mismos destinos de viaje, los mismos lugares de esparcimiento, las mismas opiniones, etc.).

Esto en parte resulta de la aspiración a una felicidad relativa -imagen construida a raíz de hechos que nos acomodan en cierto estatus social- y eso, en círculos pequeños como los nuestros, es algo que puede ser, para algunos, una forma de supervivencia. Puede serlo en el entendido de que el ser humano sobrevive en interacción con otros, al pertenecer a algo y así le es posible persistir en su existencia.

Volviendo a los procesos más personales de nutrición informativa, a la vez que esta es la era de la contradicción, es la era del escrutinio: los seres humanos que vivimos este momento tenemos que tener una rápida velocidad de conversión de la información ingerida ya sea a alimento o a desecho, ya que al mismo tiempo que se nos atiborra de datos, tenemos la urgencia de posicionarnos al respecto. “Ese meme que me pareció ofensivo, ¿lo reenvío o lo explico?” “Sobre esa noticia que no comprendí por completo, ¿Opino o contextualizo?” “¿Comento este post?” “¿Me río de ese chiste?” Aun cuando corporalmente estamos en la privacidad de nuestro piyama sucio en el sillón un sábado en la tarde, el celular en nuestra mano nos empuja todo el tiempo a reaccionar porque nuestra respuesta, al ser pública, nos ubica respecto a otros. ¿Cuándo fue la última vez que estuvimos, en verdad, en un apacible silencio en el que no teníamos que respaldar o rechazar posiciones?

Esta reflexión no pretende mirar a un pasado de ritmo más amable a nuestros tiempos de procesamiento y suspirar, es más bien una forma de decir: este es el presente y en esta arena movediza es posible ahogarse. ¿Cómo se mantiene una viva? Antes -hablo de la infancia, la época en que era posible estar con una misma por prolongados tiempos- era más fácil, no requería cálculo, simplemente se cerraba una puerta y el mundo que quedaba adentro era completamente propio hasta el próximo contacto.

Si estamos en un nuevo ecosistema comunicacional, si el paisaje y el espacio han cambiado y nuestra respiración se dificulta porque el flujo de datos no para, ¿Cómo persistimos en ser si lo que es importante es tan violentamente inestable como la información a nuestro alrededor?

Escritora