La crisis, la bala y el cobre

Gabriel Mamani Magne / Premio Nacional de Novela 2019

Parece que seguimos en campaña electoral. Ahora los candidatos son los muertos y la pugna es por ver cuál de ellos importa más.

Los muertos y la indignación se miden en varas diferentes: aquellos suman con el paso de los días, esta aumenta en función del valor político que le damos al cadáver. La sangre de estos días ha demostrado que hay cuerpos que merecen ser llorados y otros no. Al menos eso he percibido en la boca de gente que conozco y aprecio, gente que se ufana de tener a Cristo en su corazón y que es capaz de decir cosas como “deberían meter bala nomás”.

No me trago ese abracito entre Condori y Camacho, ni mucho menos el falso izquierdismo de Evo Morales ni los versículos de ese innecesario libro que hoy habita en el Palacio. A Bolivia le sobra odio. Veo y escucho. Hablo con gente. Husmeo en Facebook. Husmeamos. Y la verdad es que la indignación en nuestro país es selectiva. Lloramos al muerto siempre y cuando su sangre sirva para comprobar la hipótesis de nuestra teoría del verdadero culpable. Si apoyo a Evo, hago la vista gorda a las quemas de casas y al terror que se vivió en los días. Si no me gusta Evo, Sacaba es un puntito perdido en el mapa, al fin y al cabo eran cocaleros, que los cubanos y los venezolanos, que los policías solo cumplían su trabajo.

Instrumentalizamos a la víctima: se la cargamos al rival, pasamos la pelotita. O lo que es peor: justificamos la desgracia. Y entonces viene el silencio, ese cáncer boliviano que hace que toleremos tantas injusticias.

Judith Butler ya lanzó la idea hace tiempo: la maquinaria política nos induce a pensar que ciertos muertos no merecen continuar entre los vivos. Ciertas vidas son una amenaza para nuestra existencia, por lo que su muerte es algo necesario, incluso natural.

Y en este péndulo de responsabilidades, Evo Morales, el caudillo que hizo de la lucha por la igualdad una lucha por la reproducción del poder, el político boliviano más importante de este siglo, utiliza a las víctimas como proyectil simbólico para atacar a sus rivales políticos. En las últimas dos conferencias de prensa antes de renunciar, Morales no habló de los muertos; ni siquiera un pésame a los familiares de las víctimas. Tan solo culpó a Camacho y a Mesa, el mismo disco rayado que sonó durante toda la crisis y sigue sonando desde México.

Escúchenlo en la entrevista para la BBC: para Evo, las muertes son solo un número para justificar su posible regreso.

Lo que los políticos no entienden es que en la actual situación los bandos no son el evismo ni el antievismo, no. Aquí solo hay poderosos y no poderosos. Y estos últimos, independiente de su orientación política, son los primeros en morir. Quien muere es el pobre, el indio.

“No es raro que los indios tengan que sacrificarse para que los señoritos, de este o aquel bando, vayan cómodos balbuceando liberalismo, revolución, etc. ¿Qué harían si no tuvieran indios para sacrificar? ¿Tendrían que matarse entre ellos?”, escribe Carlos Macusaya. Y basta con mirar los videos de los entierros en Cochabamba, escuchar el odio o la ignorancia de aquellos que piensan que “se lo merecían”, recordar octubre de 2003, para entender que en esta supuesta lucha por ideales los líderes jamás sentirán el plomo de la bala, porque el plomo no viaja por internet y solo combina con la piel cobriza y la pollera.

Dicen que hay un cerco mediático que tergiversa la percepción de los acontecimientos actuales. Por supuesto que es así, aunque yo haría extensiva esa lógica al pensamiento manifestado sobre todo en las redes sociales. Nuestro cerco de deshumanización es tan grande que nos hemos convertido en emisores solo del mensaje que nos conviene, de la imagen que nos da la razón: lo visual como confirmación de nuestros prejuicios.

Quizá sea el momento de ignorar ese algoritmo mental que deshumaniza al que consideramos el otro (lo cual es paradójico, pues aunque la mayoría en este país tiene la piel cobriza, nos encanta sentirnos diferentes, no matables, ¿más claros?). Hay un nuevo gobierno, una biblia en el Palacio, militares en las calles. Y nada de eso ha podido detener la crisis.

La solución debe estar por otro lado.