In memoriam James Lipton. Las preguntas definitivas

Los últimos días de enero y los primeros de febrero fueron trágicos. Fallecieron dos personajes que fueron mis héroes, a los que reverencié y quise imitar, en épocas diferentes de mi vida: Kobe Bryant y George Steiner. Esta semana se fue otro: James Lipton. Aunque disímiles a primera vista, desde mi perspectiva tienen algo en común: su genialidad reposa, principalmente, en que los tres fueron extraordinarios lectores. Bryant del juego, del movimiento y de la épica. Steiner de la tradición clásica, del humanismo y de la memoria. Por su parte, entre muchas otras cosas, Lipton fue un hermeneuta del alma humana. Eso lo convirtió en uno de los grandes y célebres maestros de actores. Pero, además, en un Virgilio para los que amamos al cine no solamente como producto sino también como proceso.

Personaje multifacético, “Jim” Lipton fue anfitrión y creador del programa “Inside the Actors Studio”, pero también escritor, productor, director y, durante algún tiempo, coreógrafo. Además, fue piloto militar y, en su juventud, sumergido en la quiebra, fue una suerte de cafisho de su amante en la París post-guerra. Por si fuera poco, inspiró memorables imitaciones de Will Ferrell en Saturday Night Live y Will Sasso en MADtv, entre otros. Pero, si por algo pasará a la historia, será como decano honorario de la escuela de drama de la Pace University, como protector de una honorable tradición de artes escénicas. Fue un profesor, un maestro en la gran dimensión de la palabra. Es decir, además de saber leer el alma y de interpretarla, enseñaba a otros a hacerlo con pericia similar. Lipton fue uno de los didácticos de la psyche.

Cuidadoso con el uso del lenguaje, la elegancia de su retórica solamente era igualada por la etiqueta, que no era una mera convención, era una forma de cuidar del otro, del invitado, del interlocutor. Era un hombre brillante y, justamente por eso, era generoso. Eso se hizo manifiesto en las 22 temporadas que presentó “Inside the Actors Studio”, conversando con actores, haciendo que incluso el sujeto más pedestre y ordinario parezca una reencarnación de la maestra de maestros, Stella Adler.

Como Samuel Becket, hacía de los silencios algo potente. Tenía esa esquiva y formidable característica de los conversadores generosos, escuchaba de manera activa, haciendo que el otro diga más y mejor. James Lipton pertenecía al tipo más extraordinario de dialogante, con la mayor amabilidad y simpatía, hacía confesar lo inconfesable. Pertenece a esa extraña raza de seres creáticos, a la que pertenecen Andrés Iniesta y Charles Mingus: además de brillar con luz propia, iluminan a los que los rodean. Jamás olvidaré esa extraordinaria entrevista a Dustin Hoffman, en la que le pidió que aclare la famosa anécdota del rodaje de Marathon Mann. La leyenda cuenta, aunque fue rectificada por Hoffman, para prepararse para su papel, el entonces joven intérprete, no durmió durante tres o cuatro días. Cuando su compañero de reparto, el mítico Laurence Olivier se enteró, le dijo algo así: “¿Por qué no intentas actuar?”. Lo que la leyenda no cuenta, es que las noches en vilo se debieron a una terapia automedicada que hizo Hoffman para superar su matrimonio, trasnochar en el Studio 54. Olivier lo sabía y su celebérrima respuesta fue un guiño de complicidad. En la entrevista esa anécdota abrió una mucho más poderosa. Hoffman recordó la última cena que compartieron, pues Olivier estaba muy enfermo. El hombre que interpretó a Shakespeare de memoria no podía recordar un par de parlamentos por los calmantes. Ante esa injusticia de los dioses, recordando esa escena en la que Laurence Olivier estaba rodeado de su familia, siendo acariciado en la cabeza por uno de sus hijos, Dustin Hoffman se quiebra, pero continúa narrando. En medio de ese momento cargado de emotividad, le preguntó al que para muchos fue el mejor actor de la historia: “¿Por qué hacemos lo que hacemos?”. Debilitado, se paró, se puso frente a él y le dijo: “mírame, mírame, mírame, mírame, mírame, mírame, mírame, mírame, mírame…”.

Pocos momentos más emotivos que esa clase magistral de 2011, en la que Lipton comenzó con una confesión, contó que una de las preguntas que más frecuentemente le hacían era: “De todos los invitados posibles, ¿a cuál quisiera entrevistar más?”. Desde que comenzó con el programa, deseó que se siente en la silla frente a él uno de sus estudiantes. Ese momento llegó con Bradley Cooper, al que muchos vimos como estudiante participando de la clase magistral de Sean Penn en 1999. Como todo buen maestro, Lipton encontró su realización en la consagración de los otros, de esos a los que había tenido a su cargo, de los que había cuidado y cultivado. En un tiempo en el que solamente parecen importarnos las grandes hazañas personales, los que se preocupan por el éxito y la consumación de los otros son los imprescindibles. Su proeza fue engrandecer a sus interlocutores.

Aparentemente, James Lipton no era un hombre religioso, pero haciendo una reverencia a su ídolo Bernard Pivot, siempre les preguntaba a sus entrevistados qué les gustaría que Dios les dijera frente a las puertas del cielo.  Sospecho que a él le diría: “Gracias por inspirar a tantos”.

James Lipton y el fallecido actor James Gandolfini durante una de las emisiones de Inside the Actors Studio.

Docente e investigador – andres.laguna@gmail.com