F ÚNICA Los esposos Carmen Pantoja Estenssoro y Tristan Marof en Italia

La década de los años veinte del siglo pasado, los temas referidos a la condición existencial del indígena fueron tratados desde diferentes puntos de vista por la intelectualidad boliviana, por ejemplo, se puede mencionar a Bautista Saavedra con su estudio sobre El ayllu (1903), Alcides Arguedas en Pueblo enfermo (1909) y la novela Raza de Bronce (1919), Franz Tamayo en sus editoriales de prensa recopilados bajo el título Creación de la pedagogía nacional (1910), Alfredo Guillén Pinto con su tesis sobre La educación del indio (1919), entre otros.

 

Entre los animadores del indigenismo, se encuentra el escritor y político Tristan Marof (1898-1979), cuyo ensayo La justicia del inca apareció en Bélgica el año 1926. Al respecto, Marof en su biografía –Tristan Marof de cuerpo entero– señala: “En 1924 estando en Bruselas hice amistad con un escritor belga llamado Víctor Orban que hablaba castellano y portugués (…). El me instó a que publicara un libro que lo tenía guardado, que titula La justicia del inca, en el cual hace elogio (…) [al] imperio incaico y de su moral, de su organización y de su manera de gobernar a un pueblo que se extendía en las mil quinientas leguas en América”. Por cierto, es necesario indicar que en su libro Poetas idealistas o idealismo de la América hispana, publicada en 1919, Marof esbozo dos estudios titulados: “El concepto de civilización americana entre los quechuas” y “El comunismo entre los incas”, ideas que fueron complementadas en su ensayo La justicia del inca.

 

Siguiendo el relato de Marof, se puede percibir su plena conciencia de los imaginarios y utopías en el campo de la política. Es así que menciona las utopías clásicas de Tomás Moro, Francis Bacon, Tomás Campanella y James Harrington, que según Marof, estos autores “se ocupan de una sociedad que tiene raíces incas”. Se sabe que las utopías son una manifestación de los imaginarios sociales de cada época y contexto, que reflejan valores, costumbres y tradiciones; además, muestran el conocimiento de un determinado momento y lugar donde se producen; también expresan su malestar con su presente, llegando a confrontarlos con una alternativa de sociedad ideal. Bajo estos parámetros, Marof delineó el capítulo “Ama sua, Ama llulla, Ama kella”, que se traducen en “no seas ladrón, no seas mentiroso, no seas perezoso”. En este punto, “el viejo soldado” puede ser considerado como uno de los primeros intelectuales bolivianos en traspasar al plano político los preceptos morales de los quechuas. Ya que, ochenta años después, el proyecto de poder del Movimiento Al Socialismo (MAS) insertó en la Constitución Política del Estado Plurinacional (promulgada en 2009) los principios ético-morales de la “nueva” sociedad pluralista.

 

Según la reconstrucción histórica de Marof, “durante la dominación incaica el pueblo que hoy se llama Bolivia, indudablemente gozó de mayores beneficios que los que le da hoy el régimen republicano. En ese tiempo feliz y lejano no se conocía la política y por consiguiente no había bandos personalistas y sanguinarios que se destrozasen entre sí”. Con respecto a la vida cotidiana en el incario, indica que “la vida era tranquila, sencilla, laboriosa y se deslizaba cantando églogas sin otra aspiración que la dicha de la comunidad por el trabajo”.

 

La organización política –escribe Marof– estaba regida por “grandes estadistas y cuya sabiduría para gobernar pueblos nunca ha sido elogiada suficientemente u olvidada con una lamentable injusticia, tanto por los españoles como por los hijos de españoles, reglaron su pueblo de tal manera que todo habitante tenía asegurada su vida y su porvenir”. Pero esta época de oro fue interrumpida por la “llegada de los conquistadores y durante los largos años del coloniaje y de los que se llaman republicanos, que los habitantes se ven envueltos en una serie de problemas e inquietudes que hasta hoy no se pueden resolver”. La solución que propone Marof a su época, es retornar a la “tierra” y dar a cada habitante su independencia económica, es decir, junto con la tierra, la idea del trabajo organizado y en comunidad.

 

Para Tristan Marof, el meollo entre el pasado utópico y su presente catastrófico, está en que no se puede reconstruir o volver al incario “sin antes asentar las bases materiales sobre las que deben flotar las demás sociedades”. Esto debido a que un pueblo sencillo y labrador que no tenía conocimiento del valor del dinero, cuya “raza especial” ignoraba los gestos individualistas, sufrió una traumática ruptura con su histórica dorada por “querer hacer de este pueblo indio de América un pueblo europeo y darle todos sus hábitos fue el gran error de los políticos desde hace una centena de años”.

 

En cuanto a su administración política, la civilización de los incas “no entregaba la organización al capricho de un individuo ni permitía el desbarajuste. Organizadores juiciosos y autorizados se encargaban de reglamentar todo. Desde que nacía el individuo tenía su pan y su porvenir asegurado. Gente de conciencia hacía saber sus deberes a cada habitante acostumbrándolo con dulzura a un trabajo honesto y sencillo. Los organizadores que no eran individualistas ponían tal pasión e interés por el conjunto no vistos ni igualados hasta hoy”.

 

Otra de las prédicas de Marof fue la necesidad de otorgar “tierras al pueblo y minas al Estado”. Esta idea es atribuida a un episodio histórico, en donde “Manco-Capac (…) apareció en el Cuzco buscando una nueva tierra para fundar su famoso imperio, no se libró a especulaciones recreativas ni se fijó de que parte se encontraba la libertad; él con mano vigorosa y convicción de águila señaló a los habitantes la tierra y al Estado le impuso una gran moral”. Las embrionarias ideas nacionalistas de Marof alzan vuelo cuando formula la necesidad de “que las exportaciones le pertenezcan al Estado, sin permitir que las dilapiden nacionales o extranjeros”. Según las estimaciones económicas de Marof, “todas estas diferencias han ido a engrosar la bolsa de Patiño y a beneficiar la economía y el bienestar de otros países, lo que es ilógico e injusto”. Y ante esto, Marof sentencia: “La única fórmula salvadora es esta: tierra al pueblo y minas al Estado”.

 

Décadas después, las ideas nacionalistas de Marof tuvieron asidero político, cuando la clase política identificó a sus adversarios (Patiño, Aramayo y Hochschild), y tomó como bandera de lucha la ansiedad nacionalizadora. Una vez en el poder el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), nacionalizo las minas el 31 de octubre de 1952. Lo paradójico del caso, es que en la actualidad se tiene una visión sesgada de la historia contemporánea, al conferir a Víctor Paz Estenssoro como el ideólogo de la nacionalización de las minas.

Esta discrepancia con la historia convencional reduce arbitrariamente el legado literario, ensayístico y político de un país. El caso de Tristan Marof es un claro ejemplo, que refleja anhelos, ideales y sueños que nos retratan a una Bolivia real de inicios del siglo XX, cuando, en verdad, edificaba un sueño que llegaría a concretizarse décadas después, con otros actores, otros contextos y otros resultados, que el “viejo soldado” no llegó a imaginar.

Literato – @freddy_zarate1