Esaú

Reja del lenguaje (1959), poemario de Paul Celan, resuena con nosotros desde sus primeras líneas. Quizá porque entre sus temas está el del “hermano”, pero no un hermano cualquiera, sino aquel del que nos hemos distanciado. Con el que hemos roto lazos por una herencia incierta, por un acto imperdonable, por una ofensa cualquiera. Al leer Reja del lenguaje pensamos en los poemas del Holocausto y en su vigencia actual, desde luego es una parte de nuestra historia insoslayable, pero, también, que es más que eso. Es historia viva, tradición viva. El Holocausto se inscribe en nuestra conciencia a modo de advertencia sobre el equilibrio frágil de nuestra propia humanidad. Ingresemos, a Reja del lenguaje, atentos al intercambio de voces fraternas que atestiguan una herida que se resiste a sanar.

Voz de Jacob:

Las lágrimas.

Las lágrimas en el ojo del hermano.

Una quedó colgando, creció.

Habitamos allí.

Respira, para

que se suelte.

 

No es casual, en absoluto, que sea bajo la voz de Jacob que se nos trasmite este verso. Aquí, la palabra “hermano” adquiere otro sentido. Esaú, hermano de Jacob, renunció su progenitura por un plato de lentejas. A causa de ello, perdió su lugar jerárquico en la familia pero también parte importante de su herencia. Numerosas veces perseguiría a Jacob por esa afrenta, e incluso lo enfrentaría con un ejército para recuperar lo que era suyo por derecho de nacimiento.

¿Puede decirse que el odio de hermano contra hermano subyace en la historia del Holocausto? ¿O es más bien una lucha de víctimas y monstruos? No nos atrevemos a afirmar nada alrededor de un conflicto tan doloroso. Buscamos un hilo, a tientas, para revisitar la historia pasada y reciente. Es inevitable pensar en los conflictos político-sociales en Latinoamérica que acontecieron el año pasado. Ofendidos, por un derecho a la primogenitura perdido, cosechamos muerte. Lo que estaba en juego era más que un plato de lentejas. Convencidos, quizá con razón, de que algo nos debía ese otro. Ese otro al que llamamos “hermano” pero que tradujimos íntimamente como “enemigo”. Ese hermano al que no dejamos marchar en las calles de nuestra ciudad, ese hermano que humillamos o que nos humilló. Ese hermano que mató, ese hermano que matamos.

¿Qué propone Celan al dejar que la lágrima se suelte? ¿Propone acaso olvidar las afrentas?

una

hoja frutal, grande como un ojo, rajada

profundamente; gotea

resina, no quiere cicatrizar.

 

La resina gotea, el árbol de la historia llora. Árbol que para Celan es significativo y que atraviesa el mismo poema. Carlos Ortega, reconocido estudioso del poeta alemán, resalta la labor de Celan como traductor de  Osip Mandelstam. Obra poética a la que él se sentía más cercano e incluso identificaba como su antecesora respecto a una determinada búsqueda estética y hasta moral. El apellido Mandelstam significa “Tronco de almendro” que Celan equipara al “Tronco Judío” ya que ambos eran hebreos y padecieron persecución literaria y política por su ascendencia.

Voces, ante las cuales tu corazón

retrocede al corazón de tu madre.

Voces del árbol de la horca,

donde la madera tardía y la temprana trocan

y trocan los anillos.

 

La madera tardía y temprana troca anillos y da cuenta de aquella lágrima suspendida en el rostro  del  hermano. La interrogación permanece pendiente en la poesía de Celan. De manera análoga el resultado de su excursión por la Selva Negra junto a Heidegger queda suspendido. La visita al autor de “Ser y tiempo” finalizaría con él estampando su firma en el libro de huéspedes de la famosa cabaña del filósofo. Su encuentro estuvo marcado por aquello que no se pudo aclarar: la controversial filiación Nazi de Heidegger. Luego, Celan escribiría en un poema “¿Qué nombres anotó antes del mío?” Nos quedamos con la pregunta: ¿Eran los nombres de sus hermanos?

Escritora – leni.flores.espinoza@gmail.com