Entre la soberbia de Páez y la alegría de Fito

Hacer un frío jodido. Tomé un metro lleno hasta las patas, que se asemeja al micro J. Espero a mi cuate de la banda Bolivia Unida. No llega. Mi grabadora digital casi no entra al boliche. Unos morochos llaman al supervisor, un gringo que me dice que, por favor, no grabe. Le digo que no lo pienso hacer. Creyendo en mi buena voluntad, me deja entrar con el artefacto. El frío es insoportable. Mi amigo de la banda Bolivia Unida no llega. Entro nervioso.

El controversial Fidel Castro murió. Tendremos un payaso/satán de South Park como Presidente en Gringolandia. En La Paz no hay agua. Hubo un terrible accidente de avión. Bueno, el mundo sigue cayéndose a pedazos. ¿Ver a Fito es un regalo? Para mí, ¡sí! Para los que están cerca, no creo.

Los espectáculos que se ofrecen en el Fillmore Silver Spring de Maryland son, en su mayoría, para verlos parado. Las butacas de arriba son para “potitos con talco”. Se puede moshear, se puede rockear con heavy metal, pero el Fillmore no es un lugar adecuado para el concierto de un rockero rosarino. No sé si Fito se animará a ofrecer un recital solo con su piano. ¿Por qué le gusta ese desafío? ¿No habrá dinero para pagar a toda la banda?

Yo vengo a ofrecer mi corazón

El público latinoamericano de este boliche conoce a Fito Páez por los videoclips que vieron en MTV Latino de los 90, o porque vivieron en Bolivia cuando el disco Circo Beat estaba de moda. No estamos en Buenos Aires, Madrid ni en el Teatro Municipal de La Paz. Estamos en los alrededores de Washington DC y los fans son muy pocos. La gente toma chela, prepara sus iPhones. Encuentro a mi amigo de la banda Bolivia Unida. Ya no estoy solo.

Fito entra, hay aplausos moderados. Viste un beatle (polerón de cuello largo) negro, un terno y pantalón elegantes e intimidantes, y unos lentes de sol cool. Un piano hermoso y gigante lo espera. Siempre es lindo cuando usamos lentes de sol en pleno invierno, tal cual hizo Bob Dylan cuando fue recibir una medallita de Obama.

Empieza con “Dar es dar” de su álbum unplugged Euforia. Hace el ademán de repartir cartas mientras canta. Pero esto no es el Euforia, álbum sagrado que me acompaña desde tiempos intensos en mi delirante vida universitaria. Fito Páez improvisa una nueva frase: “Dar es escuchar”. Habrá que hacerle caso. Nos da la bienvenida: “Buenas noches, Latinoamérica”. “Me va costar echarlos a patadas a todos de acá”, bromea.

Hace una intro que desconocemos. Luego sorprende con las notas de “11 y 6”. Las primeras son tan dulces como la cajita musical de un gran amor que espera. Ocurre un milagro: todos cantamos. Me sé los nuevos acordes del piano en la parte del estribillo: “Se escondieron en el centro y en el baño de un bar sellaron todo, todo con un beso”. Esos nuevos arreglos en los acordes vienen, tal vez, del concierto que Rodolfito realizo en el Palacio de los Congresos en Madrid, en el que tocó, al igual que ahora, solito con su piano. Si la ternura existe, está en los ojos grandotes de una wawita inocente y en el “11 y 6”.

“De chiquito escribí esto, a ver si la puedo cantar”. Páez canta a capela “Yo vengo a ofrecer mi corazón”. Se emociona. Sus ojos están llorosos. Para dar un toque coyuntural ante la tragedia política que vivimos en Gringolandia y el mundo, sentencia: “Y hablo de países y de esperanzas, hablo por la vida, hablo en esta  nada…”. Fito cambia la letra de “hablo por la nada” a “hablo en esta nada”, con una fuerza catártica que permite expresar el dolor que tal vez siente por el engendro que tendremos como Presidente. Hay un poco de desesperanza al terminar. “Quien dijo que todo está perdido, punto. Yo, punto. Vengo a ofrecer mi corazón, punto”. A capela, esta canción muestra a un Fito un cacho posero. Esta versión, aunque estremece, no tiene la fuerza de la versión junto a Pablo Milanés o la de la original junto a una de las musas de Fito, Fabiana Cantilo, quien lo acompañaba en coros, con una voz nostálgica que bordeaba la melancolía. Faby no está. Fito está solo y no es lo mismo, pero es igual.

En “Al lado del camino”, nos percatamos de que necesitamos catarsis “en tiempos egoístas y mezquinos”, aunque el público sienta el recital como un mero entretenimiento. Fito no vino a divertirnos mientras el mundo claramente se cae a pedazos. “Yo era un pibe triste y encantado de Litto Nebbia, Spinetta y Charly García”, canta improvisando. Improvisa nuevamente, homenajeando a los creadores del rock nacional argentino. El orgullo gaucho por sus dioses hechos de violas y pelusitas logra que los ídolos no mueran a la mala. Si Elvis y Kurt hubieran sido argentinos, tal vez el primero no hubiera muerto en su vómito y Cobain seguiría viviendo una era postgrunge en relativa paz.

Páez canta en español e inglés “Suenan las campanas”, una canción de Bob Dylan. Fito no entiende por qué los escritores se extrañaron cuando Bob gano el Nobel. Según Páez, “Dylan escribió los textos que no escribió nadie”. Una frase apocalíptica en español da fin a la canción: “La distancia cada vez es más corta entre el bien y el mal”. Esa verdad debería joder.

“Desarma y sangra”

Es el turno de “Dos días en la vida”. Luego viene una canción de Víctor Jara, cuyo nombre, culposamente, no me acuerdo. Fito Páez se pone políticamente incorrecto al comentar que le da bronca cuando los gringos le dicen: “I’m an American”. Él responde: “Yo soy americano, che”, recordando que el continente fue el lugar de mayor creación artística en el siglo XX. América, según Fito, es Charly García, Víctor Jara, Bob Dylan, Pablo Milanés, Armando Manzanero, etc. Fito toca otro “american rithym”, una canción de ritmo peruano llamada “Detrás del muro de los lamentos”, que grabó con Mercedes Sosa. Tiene una intro de piano contundente, digna de soundtrack de thriller a lo Hitchcock. Todos hacemos palmaditas al final. A Fito le parece que pasó algo extraño en este continente americano, porque “nosotros” (los latinoamericanos) conocemos a Ellington y Sinatra, y “ellos” (los gringos) no conocen a Pugliese o a Charly. Agradezco su soberbia necesaria.

Su siguiente canción es precisamente de García, uno de los artistas más grandes de todos los tiempos. Fito también nos recuerda que esta canción fue escrita “mientras los militares estaban tirando gente desde los aviones”. Se trata de “Desarma y sangra”. Grito ansioso, siento que Fito me escucha y lo irrito. “La música es la música de Dios”, profetiza Fito. Ambos cantamos la canción, nadie más lo hace. Parece que nadie de este público ignorante en términos paezianos conoce la letra. Qué honor más raro, solo Fito y yo cantamos, yo no tan mal. Toca el piano de “Desarma y sangra” igualito que Charly. Lo hace moviendo la patita, como Charly cuando está chocho. Pareciera que Charly tocara y Fito cantara este temita con acordes de piano tan dulces, que nos recuerdan a un Mozart extasiado y enfermo de amor y dolor. Este himno nos regala una frase que dice la neta y que nos ilumina de luz azul o amarilla: “No existe una escuela que enseñe a vivir”.

Es el turno de “Las tumbas de la gloria”, uno de los grandes hits de su álbum de ch’iti camote El amor después del amor. De ese gran álbum esperaba que tocara “A rodar mi vida”, “Pétalo de sal” o “La rueda mágica”, pero no. Toca la trillada y genial “Tumbas de la gloria”.

El rockero rosarino recuerda a una de sus más grandes musas, Cecilia Roth. Cuenta cómo la conoció, la enamoró y compuso “Un vestido y un amor” para ella. “Como es ella muy coqueta, cometió un gran error. Se fue al baño, se arregló, se maquilló, se peinó, se cambió de vestido. Y en ese rato le hice esta canción. Le dije: ‘Antes de irte, escúchala’. La escuchó y se quedó a vivir conmigo 10 años, y ahí esta nuestro hijo Martín, a quien le quiero dedicar esta canción”. Fito tiene más de cuatro musas. Sin ellas, sería un chango sin swing. Páez le debe un montón a sus musas, en especial a la Roth. Sobretodo, y como siempre, a la Ceci.

La alegría de los monaguillos

Es el turno de “Gracias a la vida”. Hay mucho que decir. Lindo cover. Creo que mi madre se la cantaba a mi primo Mauricio. Claro que cantar “Gracias a la vida” en Siria o en el Midwest gringo es un acto cruel de ironía colectiva.

Fito Páez empieza con su mala onda en “Mariposa tecknicolor”, al decirle al público, cuando cantaba el estribillo: “Parecen monaguillos, che”, dada la falta de emoción. Estamos en el Fillmore de Silver Spring, no en la cancha de Boca y menos en Viña del Mar. Fito no lo entiende. Se porta como un sutil emperador con el público. Si Pink Floyd puso una muralla física cuando tocaba “The Wall”, acá el muro no estará en la frontera de México, sino entre Fito y su público. No conecta mucho, pero todos gozamos “Mariposa Tecknicolor”, soundtrack de los 90, especialmente cuando veíamos Videomatch y valía la pena.

Fito se va hecho al putas. Páez vuelve. Pide que apaguen la luces y que todos prendan los celulares para cantar “Brillante sobre el mic”, otro hit de El amor después del amor.

Fito Páez nos dijo de todo, con un sarcasmo carente de culpa. El pinchazo más chistoso: “Parecen la gata Flora”, una expresión para referirse a alguien que no está conforme con nada. Y en este caso fue así. Al final del concierto, muchos se quejaron por lo corto del mismo, añadiendo que no valía la pena haber pagado un ticket tan “carísimo” de 45 dólares. Era mejor ir de christmas shopping a Walmart, supongo. A veces parece que Fito Páez está en un piano bar en Boca Ratón, Florida, entreteniendo a jubilados nada delirantes. Sí, Rodolfo tiene razón, gran parte de este público no se parece a la gata Flora. Lo es.

“Dale alegría a mi corazón”. Fito canta alegre y se para al final para estimular a la audiencia. Se hace la burla del público al imitarlo aplaudiendo de mala gana. Pero Fito es magnánimo y se esfuerza, más que Paul McCartney al dirigir el “Na-na-na-na” de “Hey Jude”, porque este público es una huevada. Al final, aparece una bandera de la Argentina. Los estúpidos celulares, incluida mi camarita prestada, retratan el momento. Un travieso grita: “¡Salten putos!”. Un poquito de emoción y Fito está, como siempre, delirante. Al fin esto se parece, un poquito solamente, al concierto de los 30 años del Giros (uno de los primeros grandes álbumes de Páez), en el que Rodolfito cantó este hit junto a Cantilo en el Gran Rex de Buenos Aires. Está claro, esto no es el mítico teatro gaucho, pero la espontánea alegría colectiva hay que ponderarla. Fito termina de cantar y se despide. Yo grito, cual libidinosa groupie cochala: “¡Esa Fito, te amamos, chau papacho!”. Termino de decir esto y, mágicamente, Fito hace una venia y se va. ¿Cuanto durará esta alegría?

Un chango cool de La Paz, conocido de mi cuate de la banda Bolivia Unida, dice que Fito Páez es un aburguesado, que ya no es el de antes, aquel que supuestamente quería ir a luchar a Las Malvinas. No creo. Este chango está equivocado. Creo que Fito se ha vuelto pretencioso. Y sí, me hace recuerdo a un cineasta boliviano igualito de pedante, pero su sinceridad brutal y talento delirante lo exoneran. Me vale si el artista es un creído. Si su catarsis es la nuestra, todo bien.

Es estos tiempos de soledad, con un amor que espera, Fito, Charly, Spinetta, Calamaro y Cerati forman parte de nuestra identidad sudamericana. Para los que estamos fuera de nuestra ciudad de pobres chicharrones, escucharlos es un ritual sagrado de resistencia y amor. Porque el amor es corazón. Y el corazón a veces es asesinado, a veces es ofrecido, y a veces, solo a veces, da un concierto en Silver Spring. Perdonamos tu arrogancia, que no hayas cantado “A rodar mi vida”, que hayas sido tan tacaño y egoísta que no trajiste a tu banda completa y que te hayas hecho al pianoman tocando solo, ante la incomprensión de este público. Te amamos y siempre lo haremos, especialmente mientras sigamos lejos de la ciudad de pobres chicharrones.

 

Juan Cristóbal Ríos

Cineasta  – ludocinema@gmail.com