En el momento justo

Como si los tiempos del cine fuesen inmediatos (y no larguísimos como realmente son) y las grandes producciones pudiesen saltárselos para contestar sin dilación a las preguntas que la sociedad se hace en la realidad. O para ser su reflejo también. El juicio de los 7 de Chicago, recreación del proceso a los siete acusados de cargos de conspiración e incitación a los disturbios en la Convención Nacional Demócrata de 1968, llega tras meses de violentas manifestaciones y represión policial en EE UU y, por ello, el segundo largometraje como director de Aaron Sorkin resuena con una fuerza política que nada tiene de casual.

El juicio de los 7 de Chicago arranca como un rock and roll. Imágenes de archivo de Lyndon B. Johnson enviando soldados a Vietnam y los disparos que acallaron a todos aquellos que se opusieron a la guerra se entremezclan con las presentaciones de los protagonistas de esta historia: los líderes de Estudiantes para una Sociedad Democrática Rennie Davis (Alex Sharp) y Tom Hayden (Eddie Redmayne), los Yippies Jerry Rubin (Kendall Roy de Succession haciendo de fumeta hippie) y Abbie Hoffman (Sacha Baron Coen), David Dellinger o el portavoz de los Black Panthers Bobby Seale (Yahya Abdul-Mateen II) se preparan para manifestarse contra la guerra y el napalm. Cada uno a su estilo: los primeros con seriedad y disciplina; los segundos, con porros y canciones de Woody Guthrie; el tercero, con una actitud pacífica y Seale, con una rabia más que comprensible.

Sorkin optimiza estas presentaciones con gran economía narrativa para llegar lo antes posible a lo que le interesa contar, el juicio, y para demostrarnos, quizás, lo capacitado que está para entretenernos, hacernos reflexionar y hasta emocionarnos sin sacarnos de una sala cerrada durante las siguientes dos horas. Y, más aún, para doblar la apuesta de Algunos hombres buenos concentrando casi todo el metraje dentro de las paredes de un juzgado. Y, por supuesto, consigue lo que se propone y lo que sigue es una demostración de ese talento para el diálogo brillante que ya conocemos de sobra. Para más inri, en boca de un reparto directo a los Oscar y que incluye, además de los ya nombrados, a Gordon-Levitt, Mark Rylance o Frank Langella.

El juicio de los siete de Chicago ha pasado a la historia como uno de los más injustos de la historia: el líder de los Panteras Negras no tenía abogado, el juez era sospechosamente parcial y las motivaciones de la causa perseguida por la administración Nixon eran políticas. Sorkin denuncia estas cuestiones sirviéndose con suculencia de la elipsis y el flashback, sin renunciar al humor y sin caer en el maniqueísmo, que evita destapando las diferencias de los acusados recordando por momentos a La red social.

Sobre todo, el filme brilla en la construcción de las tensiones entre Hoffman y Hayden, el hippie y el pijo de izquierdas, que quedan a los pies de los caballos cada vez que habla Seale, el octavo de los siete de Chicago: “Tu vida es un ‘jódete, papá’, pero, ¿puedes ver cómo eso es distinto a una soga en un árbol?”, le dice a Hayden el líder de los Panteras Negras. Por cierto, la secuencia en la que Sorkin recrea el momento en el que el juez, un racista de tomo y lomo, lo amordazó públicamente es tan monumental como el arresto de George Floyd que inició esta última oleada de protestas. De nuevo, nada es casual en el cine de Sorkin.

Autora: Andrea G. Bermejo