El pasado como eco del presente

La particular carrera rumbo a los premios Oscar 2021 –que por cuestiones pandémicas se entregarán a fines de abril en lugar de febrero– empieza a tomar temperatura con el lanzamiento planetario de una película hecha en gran parte a medida del gusto promedio de los académicos de Hollywood.

Acorde a los tiempos que corren, El juicio de los 7 de Chicago propone un paralelismo entre un presente estadounidense atravesado por la violencia racial y las irregularidades del proceso jurídico que en 1968 atravesaron un grupo de militantes luego de haber sido acusados de conspirar contra el gobierno a raíz de los disturbios desatados durante la Convención Nacional Demócrata, cuando a la guerra de Vietnam viajaban soldados que volvían en bolsas negras y Richard Nixon empezaba a consolidarse como futuro ocupante de la Casa Blanca. Y pocos guionistas más avezados en radiografiar la política norteamericana que Aaron Sorkin, el mismo detrás de los parlamentos de Cuestión de honor, The West Wing y La red social, quien aquí además incursiona por segunda vez en la dirección.

Como en casi todas las películas dirigidas por guionistas, la palabra tiene un peso preponderante durante las poco más de dos horas de metraje. Una importancia visible –o audible– tanto en esos diálogos escritos con mano de hierro hasta en su última coma y que por momentos coquetean con la ampulosidad y la grandilocuencia, dos características que aumentan la valía de cualquier película con aspiraciones de Oscar, como también en el hecho de que la ausencia de un adjetivo posesivo en una frase a priori acusatoria pueda operar como clave para demostrar la inocencia del grupo. Pero el juicio, tal como lo presenta Sorkin, parece sentenciado antes de empezar y el proceso es apenas una puesta escena llevada adelante con la complicidad de todo el sistema judicial, desde el fiscal general hasta el implacable juez interpretado por el siempre intimidante Frank Langella, pasando por uno de los abogados querellantes. El otro (Joseph Gordon-Levitt), en cambio, describe una parábola moral que va del cumplimiento del deber a toda costa hacia la certeza de una manipulación evidente, encarnando así una suerte de voz de la conciencia del relato.

Pero que Sorkin priorice los diálogos no significa que descuide las formas. Como si fuera una de Scorsese, El juicio… arranca con una enérgica secuencia introductoria que, cuidadísimo montaje mediante, presenta en siete minutos las coordenadas básicas del relato. Las imágenes de archivo de noticieros de la época y del Presidente Lyndon Johnson anunciando el envío de más tropas a Vietnam se entrelazan con escenas que describen los orígenes y motivaciones de los siete futuros acusados, todos ellos de distintas procedencias y que en común tienen haber estado en el lugar incorrecto en el momento menos indicado. Una diferencia que se hará evidente a medida que avance el juicio y cada cual opine sobre cuál es la mejor manera de seguir adelante. Allí están, entre otros, Tom Hayden (Eddie Redmayne), un estudiante universitario y fervoroso creyente en las Instituciones, el líder de un movimiento vecinal David Dellinger (John Carroll Lynch), el miembro de Pantera Negra Bobby Seale (Yahya Abdul-Mateen II) y los hippies Jerry (Jeremy Strong) y Abbie (Sacha Baron Cohen).

Una buena parte de lo ocurrido en los alrededores de esa Convención es mostrado mediante flashbacks durante las distintas declaraciones en el estrado, así como también mientras Abbie realiza un show de stand-up en un sótano, en lo que es una saludable muestra de la conciencia de Sorkin acerca del enorme potencial político que puede tener el humor. Eso momentos están en línea con un relato que, si bien adopta el modelo narrativo de un thriller judicial, también funciona como una comedia absurda sobre cómo se mueven los hilos de un proceso deliberadamente farsesco. Porque Sorkin, a diferencia de otros cineastas dedicados a indagar en el pasado estadounidense reciente, no intenta reescribir la historia sino pensarla con la perspectiva que solo el paso del tiempo puede dar.

Autor: Ezequiel Boetti