El “Bus Mágico”. Un homenaje a Chris McCandless

En 1992 un pletórico Chris McCandless grababa, en el cráneo abandonado de un oso, la siguiente frase: “Saludos al oso fantasma, a la bestia que todos llevamos dentro. Alexander Supertramp. Mayo de 1992”. Solo pocos días antes, McCandless había llegado al “Magic Bus” situado en medio de las tundras de Alaska. Cuatro meses después, moría de inanición a pocos metros de esa misma inscripción, dentro del viejo Bus abandonado al final de la “Senda de la Estampida”. La historia del Bus Mágico y la del propio McCandless se hizo mundialmente famosa con la película Into The Wild de Sean Penn. La película, siendo extraordinaria en sí misma, no consigue por otra parte, retratar la médula de la búsqueda existencial de McCandeless. Remitirnos a “lo existencial”, sin entrar en lugares comunes o clichés es extremadamente difícil. Mucho más con el “traqueteo” afiebrado con el que suele usarse ese adjetivo. De ahí que sea imperativo, sintonizar adecuadamente con el fenómeno para verlo desde su cruda realidad, o por lo menos intentarlo. En limpio: sacarse las gafas de romanticismo barato. El libro de Jon Krakauer, en el que se basa la película del mismo nombre, destaca por este ejercicio. Lo que lo convierte en un instrumento mágico. Que es por otro lado, todo lo que un buen libro debería ser.

Krakauer realiza un considerable recorrido biográfico por la vida de McCandless. Entrevista a las personas que lo conocieron y que de alguna manera fueron “tocados” por él. Reconstruye además, de una manera maravillosa, “la última aventura de Chris”. Vale decir, el periodo que va desde 1990 a 1992, desde la graduación de la universidad hasta su viaje a Alaska. Realiza todo esto, mientras intercala relatos e historias de otros hombres que tuvieron un destino similar al de McCandless. Historias como las de Christopher Ruess, John Waterman o Gene Rosellini merecerían libros aparte. Son historias llenas de una pureza desconcertante asociadas a destinos realmente duros y terribles. Me parece que fue André Gide quien dijo que “con buenos sentimientos se hace mala literatura”. Pues bien, ninguna de las vidas de estos hombres estaba imbuida de “buenos sentimientos”. Solo eran tipos comunes, pero con una interioridad inconcebiblemente pura y diáfana. Que inaptos para el “sobrevivir muriendo” del mundo moderno, tuvieron destino fatales y trágicos. Más por beatífica ingenuidad que por puro narcisismo contestatario, creo yo. Y en ese factor, me parece que esta la clave de todo el legado de McCandless, Ruess, Waterman o Rosellini. Había una profundidad espiritual en ellos y su búsqueda siempre fue “interna”. El puro goce estético y el hedonismo de la pura “necesidad de ser revolucionario” es para los hippies, y no hay nada de trascendental en eso. Todo bien, pero es eso, solo hedonismo.

En uno de los libros que se encontraron junto a los restos de Chris McCandless esta subrayado el siguiente fragmento: “Más que el amor, el dinero o la fama, deseo la verdad. Me senté a una mesa donde había manjares exquisitos y vino en abundancia, rodeado de comensales obsequiosos, pero carente de verdad y sinceridad. Me alejé de esa mesa inhóspita sintiendo todavía hambre. La hospitalidad era tan fría como el hielo”. Es un fragmento de Walden o la vida en los bosques de Thoreau. En el margen superior del libro, McCandless escribió con grandes letras mayúsculas la palabra “VERDAD”. Esa era la verdad con la que Alexander Supertramp había llegado al “Magic Bus” en medio de la nada en Alaska. Alejarse de la falsedad del mundo moderno y de su falsa abundancia.

Desde donde se miré y desde la óptica filosófica que se quiera, el mundo moderno para alguien “mas o menos despierto” implica una prisión asfixiante. No importa la lectura que se le de. Ya sea como el das man o la Gestell heideggerianas, o la sociedad de consumo de Baudrillard o para no irnos muy lejos, el simple capitalismo puro y duro. Hay para todos los gustos. El factor común: aquella abundancia insalubre de la que habla Thoreau. En este mundo “no habitamos”, diría Heidegger. Simplemente somos un engranaje dentro de una gigantesca estructura que nos nos deja ver ni sentir nada. Estamos gordos, pero vacíos. McCandless huye de esta prisión y se entrega a una vida cuyo sentido es el camino en sí mismo. Caminar y nunca establecerse. Buscar aventuras y experiencias cargadas de vitalidad y nunca normalizar el adormecimiento. Sin embargo, al igual que  Zaratustra, que tuvo que subir la montaña para tener la necesidad de descender de ella, McCandless tuvo que internarse en lo más profundo de las tundras de Alaska para entenderlo todo. Entendió que debía volver a casa. Entender es un verbo demasiado pobre. Quizás habría que decir que vislumbró la verdad “entera”. Lo antes velado, fue vislumbrado.

El “no habitar en ninguna parte” es un camino con su propia luminosidad, sin lugar a dudas. Es un camino que tiene en la filosofía zen su máximo esplendor. Se basa en una referencia constante al vacío y a la no-identidad. Es el “vaciamiento” de uno mismo por así decirlo. La anulación del principium individuationis. Para Bashô “caminar con el viento sería una forma singular de habitar”, pero sin aferrarse a nada. Perdiéndose en el Ur-eine (Uno primordial) schopenhaueriano si se quiere. Sin embargo, me parece que el espíritu de MacCandless, estaba alejado de este camino. En él hay demasiada afirmación. Demasiada exuberancia interna como para estar listo para un camino de “vaciamiento”. Byung-Chul Han nos dice que “el Dasein no tiene la capacidad de caminar”, intuyo que McCandless tenía este molde. El de un genuino habitar, lejos del mundo moderno, pero habitando, no caminando. Ser-en-el-mundo significa en definitiva estar-consigo en casa. En sus últimos días, y con la muerte ya acechando escribió: “La felicidad sólo es real cuando es compartida”.

El Zaratustra de Nietzsche tenía treinta años cuando abandonó su patria y marchó a las montañas. “Allí gozó de su espíritu y de su soledad y durante diez años no se cansó de hacerlo. Pero al fin su corazón se transformó […]” – nos dice Nietzsche. McCandless tenía solamente 24 años, y cuando quiso descender de “su montaña”, ya no pudo hacerlo. Su vuelta a casa fue bloqueada por el río Teklanika. Si a comienzos de primavera el río era relativamente fácil de vadear, en verano era un obstáculo imposible de superar. Tuvo que retornar al Bus que le había servido de  hogar los últimos meses y que en ultima instancia se convertiría en su lecho de muerte. Intentando sobrevivir con lo que cazaba y ya desnutrido en extremo, se envenenó por accidente con unas semillas de una planta nativa. Murió a mediados de agosto, dentro de su bolsa de dormir. Fue encontrado en el “Bus Mágico” semanas después por unos cazadores que pasaban por el lugar.

Uno de sus últimos actos fue tomar una fotografía, la que pueden ver en el encabezado. En la foto McCandless sostiene una nota que contiene una breve despedida: “He tenido una vida feliz y doy gracias al Señor. Adiós y que Dios os bendiga”. Aquí transcribo literalmente a Krakauer: “Su aspecto físico refleja el horror del hambre: tiene la cara consumida, el cuerpo esquelético. Sin embargo, en el caso de que se compadeciera de sí mismo durante la agonía — porque era muy joven, porque estaba solo, porque el cuerpo lo había traicionado, porque la voluntad lo había abandonado—, la fotografía no lo trasluce. Sonríe y su mirada tiene un brillo inconfundible: Chris McCandless se sentía en paz con el mundo, sereno como un monje que va a reunirse con Dios”.

Para escuchar la banda sonora de la película Into the wild:

Christian Miranda Bascopé - Músico y filósofo
christian_mirandab@yahoo.com