Crónicas futboleras del Rojo

El libro Dale Rojo, dale Rojo: Crónicas aviadoras y otras apostillas futboleras se presentará conjuntamente con el libro Escritores del Wilstermann de la Fundación Milenio en el Centro Cultural Simón I. Patiño de Cochabamba (C. Potosí No. 1450), el día miércoles 27 de noviembre a horas 19.00.


Mi relación con el fútbol es similar a la que mantengo con el catolicismo:  así como soy un ateo en un ineludible mundo católico, me considero culturalmente futbolero, aunque para nada soy un creyente. Es curioso: hay palabras específicas para los no creyentes o escépticos en relación con dios (ateo, agnóstico), incluso para los que rechazan pertenecer a una patria (apátridas), pero no para aquellos que carecen o rechazan de una fe o pertenencia futbolera. ¿Es un síntoma de que todxs tienen una o de que –pese a lo que comúnmente suponen los aficionados a una enseña futbolera-  es un tema menos relevante?

Culturalmente futbolero quiere decir que crecí en un entorno futbolero.  En mi pueblo -Tupiza, al suroeste del país- el fútbol era una pasión de la que no estaba excluida mi familia.  Mi hermano mayor, bendecido con una zurda poderosa, fue el mimado de mi padre, pero sobre todo de mi tío Goyo, que lo entrenaba y lo puso a formar parte del Club Deportivo Ferroviario desde pequeño.  El resto de la familia operábamos como el soporte para la futura estrella: lo acompañábamos desde las graderías, desde donde le gritábamos frases de aliento y también regaños, cuando no hacía las cosas bien.

Yo era un negado para el fútbol.  Bendecido con un astigmatismo miópico que me obligó a llevar anteojos desde mi más tierna infancia, estaba condenado a permanecer fuera del terreno sagrado.  Cuando lo intenté, fracasé con todo éxito: varias veces rompí o perdí los anteojos; también me fracturé -en momentos distintos- los dos antebrazos.  Aún así -familia, amigos, vecindario y pueblo obliga- asistía regularmente al estadio a ver los encuentros en los que jugaba mi hermano, mis amigos, mis vecinos o mis paisanos.  Confieso que, más que los partidos, me gustaba el ambiente tribal y festivo que se armaba en las graderías, así como en sus inmediaciones, de manera tal que me sumergía en ese ambiente… exactamente como hacía en las festividades religiosas del pueblo.

Años más tarde, me instalé en Santa Cruz, donde asistía regularmente al estadio con un tío y amigos, para ver jugar al Oriente Petrolero.  Posteriormente, trasladé mi residencia a Cochabamba, capital valluna donde mi distancia con el fútbol se hizo hiperbólica; en los nueve años que pasé en la llajta fui dos veces al estadio. Desde luego, no alcancé a empaparme de los pormenores futboleros del lugar, aunque llegué a desarrollar una cierta simpatía por el Aurora, el equipo que apoyaba mi hermano, el zurdo, y una proporcional antipatía por el Wilstermann, debido a la insoportable parcialidad futbolera de unos comentaristas televisivos, padre e hijo, de apellido Méndez.

Con este largo y personal preámbulo, introduzco mis comentaros al libro Dale Rojo, dale Rojo: Crónicas aviadoras y otras apostillas futboleras de Yuri F. Tórrez.  Supongo que el buen Yuri me regaló su libro porque, ironías del destino, cuando me trasladé a vivir a Costa Rica en 1994, por necesidad personal y por curiosidad profesional, me convertí en un estudioso del fútbol, especialmente del de selecciones, es decir, del fútbol de representación nacional. Hizo bien, por lo que le agradezco, ya que mi forma de relacionarme con el fútbol es especialmente a través de la escritura y la lectura: más que ver o escuchar fútbol, leo sobre fútbol.  Así, con ese ánimo, me sumergí en la lectura de Dale Rojo, dale Rojo….

El libro comienza con un prólogo generoso de Gonzalo Lema, que comparte con el autor la afición por el Wilstermann y la pasión por la escritura.  De manera muy sintética, el escritor cochabambino destaca las virtudes del fútbol (un deporte infinito, según su certera definición), las virtudes del Wilstermann, “noticia firme para el que nace en estos valles” y las virtudes del libro de Yuri, al que considera un hincha ejemplar -no un fanático, plaga contra la que hay que vacunar el fútbol, según su punto de vista-.  Para Lema, Tórrez es poseedor de una pasión de fuego con “columna ética”, un hincha de “nítida nota”, una “memoria futbolera, vital y esencial para enfrentar tanta vida por delante”.  Es decir, “Nuestra carta de gol”.

Por su parte, en el “Introito futbolero”, Torrez establece las coordenadas de su pasión por el fútbol y por la escritura.  Narra cómo comenzó su afición balompédica desde su tierna infancia, destacando que él no heredó su afición por el Wilstermann de sus padres o familiares, sino que fue una elección personal, lo que lo convierte en un “hincha por convicción” y no por “dinastía”.  También revela la importancia que tiene para él ser un hincha que escribe sobre su pasión futbolera, en las buenas y en las malas, aunque confiesa que se le hace imposible escribir sobre otros equipos, debido a una razón “simple”: “no estoy comprometido subjetivamente con esos equipos”.   Es decir, exactamente lo contrario de lo que a mí me ocurre: puedo escribir sobre fútbol precisamente porque no estoy comprometido subjetivamente con ese deporte.

El libro tiene dos partes: la primera, reúne crónicas sobre las peripecias del “equipo aviador”; la segunda, son algunas apostillas más generales sobre el fútbol. Como era previsible en un hincha apasionado por su enseña, la primera parte, compuesta por seis crónicas escritas y publicadas en suplementos deportivos de periódicos locales entre el año 2010 y el 2018, reúne con conjunto de -si me permiten tomar la expresión de Barthes- “fragmentos de un discurso amoroso”, en los que Tórrez expresa sin reservas sus sentimientos, alegres algunos, tristes otros, ambiguos los restantes, en relación con el desempeño de su amado equipo.  Estos escritos personales se sirven generosamente de metáforas religiosas: el topos del sentimiento futbolero es el cielo, purgatorio, infierno… el Olimpo.  Tórrez es una suerte de Dante, que narra la divina comedia por la que transita el equipo y su afición leal en su camino por el infierno del descenso, pero también el Homero que relata con tono épico la resurrección del ave fénix y la redención de los “aviadores”.

Acierta Lema al señalar que la pasión flamígera de Tórrez tiene su contraparte en una “columna ética”.  La primera señal de ello es la elección de los epígrafes con los que arrancan sus crónicas, varios de ellos extraídos de textos del escritor argelino-francés Albert Camus, que resumía su relación con el balompié en la célebre frase: “Todo lo que aprendí de lo que es la moral lo aprendí del fútbol.”  De alguna manera, las crónicas de Yuri buscan hacer homenaje a esa frase, por lo que, si bien expresan de manera desnuda y frecuentemente hiperbólica sus sentimientos futboleros, mantiene los mismos dentro de parámetros ético deportivos.  Yuri es un hincha “bien temperado”, no un fanático; intenta también ser un pedagogo, que predica con el ejemplo:  para él ser hincha del Wilstermann no significa ganar a cualquier costo, sino mantener de manera inclaudicable, estoica, la dignidad deportiva.  Por ejemplo: “Dignamente estamos en el infierno, lo indecoroso sería seguir en la liga por algunas artimañas de abogados, eso sería la peor vergüenza [más] que el propio descenso.” (23)

Para Tórrez, amar al Wilstermann es también amar a Cochabamba.  Por ello, ante el descenso de su equipo, señala conmovedor, apelando a la ética de sus rivales, de sus “enemigos íntimos”: “Cochabamba está triste. Inclusive aquellos verdaderos auroristas porque saben que jugar un clásico con cualquier otro equipo que no sea el Wilster, no es lo mismo. Es como escuchar cantar tangos a Julio Iglesias. El clásico es el condimento de una ciudad futbolera. Por eso Cochabamba no tendrá de esta alegría, por eso cuando Aurora jugaba un partido decisivo para volver a la liga, nosotros los wilstermanistas hemos copado el Capriles alentándolo fervorosamente al equipo celeste.” (24)

La segunda parte del libro, “Otras apostillas futboleras”, reúne artículos de opinión que tratan de diversos temas relativos al universo del balompié y que están más allá del núcleo wilstermanista que ordena la galaxia por la que transita Yuri.  Los dos primeros textos tienen carácter histórico, uno sobre los orígenes “civilizatorios” del fútbol cochabambino y el otro sobre el vínculo entre “fútbol y nacionalismo revolucionario”, centrado este último en lo que fue el momento cúspide del balompié boliviano: el campeonato suramericano de 1963. En un tercer texto sobre Bolivia: “Lo impensado en el fútbol boliviano”, el cronista resume la polémica entre García Linera y Azkargorta a raíz de la petición del primero de “Que se vayan todos” los protagonistas del fútbol boliviano, que una vez más quedaba eliminado del Mundial (2013).

También “Politiquería y fútbol” trata sobre la crisis del fútbol boliviano y los estragos que hacen los politiqueros, los viejos y los nuevos, que “nos están robando el sueño por el fútbol, y aun peor, nos están sumergiendo en una pesadilla”.  La reflexión de Tórrez sobre el tema continua en “¿Y la mafia del fútbol?”, donde sintetiza su malestar por la inoperancia de la dirigencia boliviana, causante de que la Verde quede una vez más fuera de una Copa Mundial.  Por otra parte, en “Racismo en el fútbol boliviano” critica la hipocresía de los hinchas bolivianos, que se victimizan ante la xenofobia de los rivales argentinos, pero olvidan que el racismo está bien instalado –aunque haya una normativa en contra de ello- en las graderías bolivianas.  Esa columna viene seguida por “Del periodista argentino, el fútbol y la xenofobia”, donde -luego de ajustar cuentas con el racismo en el fútbol boliviano- expone su malestar con Ariel Cristófalo, periodista de Olé que, en su crónica del partido jugado por Bolívar en Lanús, estampa una serie de improperios xenófobos contra los bolivianos.

Los otros textos de esta sección pueden leerse en la clave de “En defensa del fútbol” (2018).  En ese artículo, Tórrez defiende al fútbol contra sus detractores, los que consideran que el fútbol ha devenido poco más que negocio descomunal y corrupto.  El argumento de descargo de Tórrez es, sin negar que el fútbol está rodeado de putrefacción, trasciende la inmundicia.  Yuri considera que el uso del fútbol por el poder o por el negocio no le ha robado su esencia al juego, la cual “habita en las mismas entrañas del alma del pueblo.” Y “teje lazos identitarios que permiten configurar una ‘comunidad imaginada’”. En la misma línea de defensa está “¿El fútbol es para estúpidos?”, en el que debate la conocida sentencia borgeana: “El fútbol es universal porque la estupidez es universal?”.

Los textos restantes suman argumentos en defensa del fútbol.  Sus argumentos transitan por dimensiones diversas:  desde la importancia de la estrategia (“El fútbol en un tablero de ajedrez”) a las genialidades de algunos astros (Cruyff, Messi, Pep Guardiola, Neymar, Mascherano…), pasando por las performances de los equipos latinoamericanos en el mundial de Rusia 2018… sin olvidar, ciertamente, el homenaje a un gran prosista del fútbol, Eduardo Galeano, pero tampoco la crítica dura a uno de los personajes que más daño le han hecho al fútbol, Joseph Blatter.

Se han cumplido los noventa minutos, así como el alargue.  Es hora de levantar campamento, dejar el estadio de papel y volver a la vida cotidiana.  Me voy satisfecho: el primer tiempo ha estado centrado en la pasión ética de un aficionado por convicción que todavía cree que el fútbol es un universo propicio para aprender sobre la condición humana; el segundo tiempo ha transcurrido en torno a las glorias, pero sobre todo las decepciones que nos ha deparado el fútbol boliviano y sus dirigencias.  En el alargue, hemos escuchado los argumentos de Yuri en defensa del fútbol, sin dejar de reconocer, con dignidad, que con frecuencia ese deporte supura pus, pero afortunadamente anida en las entrañas del pueblo.  Nos vemos en el partido de vuelta.

Autor/a: Sergio Villena Fiengo

Cientista social – sergio.villena@ucr.ac.cr