Configuraciones poéticas

 

Considerado uno de los diálogos más breves que escribió Platón, el Ion o Sobre la Ilíada es una obra de carácter fundamentalmente poético. Su trama destaca la labor del poeta como entusiasmada, que equivale a decir inspirada o, en un sentido más literal, “endiosada”. Dichas acepciones se derivan del término griego éntheos, que se vincula sobre todo a lo que es divino. Esto se recoge en la figura de la Musa, a través de quien se instaura un orden creativo que finalmente permite la composición lírica. Los versos del poeta deben su plétora, en este sentido, a la femenina deidad, en cuya compañía la escritura fluye. Este proceso normalmente se asocia a una suerte de trance o delirio, que representa un modo bastante canónico y clásico de entender a la poesía que ha pervivido a lo largo de los años y que en la actualidad configura la manera en que nos aproximamos a ella.

La inspiración se vincula a la locura y al frenesí, y, por tanto, a ciertos mecanismos inconscientes que se involucran al momento de la creación. Esto implica que el compositor se aletargue en sus capacidades racionales en aras al llamado salvaje y divino de la poesía representado en la Musa. La subjetividad del humano queda, en efecto, desplazada ante la aparición de dicha entidad. Su yo se interrumpe, se aproxima a la anulación. En su libro Poesía y filosofía, en la sección final titulada “Ideas”, el romántico pensador Schlegel retrata al poeta como el individuo que es capaz de sacrificar su propia identidad en aras al advenimiento de lo infinito, que se manifiesta de alguna manera en su creación (o a través de su creación). El artista, en este sentido, presa de un “entusiasmo de la aniquilación”, encuentra su posibilidad de consumación en la obra, en la promesa suicida de su invención, en cuya efectuación procura siempre extinguirse. Y en el lecho de muerte, el extraño engendro nace, y su linaje es doble: humano por su recién difunta ascendencia y divino por la presencia avasalladora, homicida, entusiasta, femenina, otra, a la que rindió honores en sus vísperas.

En su artículo “¿Qué es poesía?”, el contemporáneo y genial Jacques Derrida define a la actividad poética como un dictado, para cuya consumación se hace necesaria la materialidad del daño: el corazón del artista debe ser atravesado por la flecha de la poesía, en el acecho de cuya mortandad se crea el poema. El díctum nace, entonces, de aquel dolor, y en un intento por traducir o aprender de memoria esa “herida áfona” deviene el poema. Es, por tanto, en la agonía que se crea la palabra lírica, en esa austeridad (¿esterilidad?) léxica producto de la mutilación central del sistema viviente: el corazón. Los últimos pálpitos, en la cercanía final, son el presagio de la composición, la oportunidad de iniciar un lenguaje en la fatalidad. El poeta crea en su último estertor, en los hilos de vida que aún le quedan antes de sepultarse definitivamente en sus palabras.

El retoño poético de natalidad fresca encierra en sí el preámbulo de la muerte, el frenesí antes del desmayo, la actitud del convaleciente, que es sobre todo hiperactividad, manía. El poema intensifica la vitalidad, se condensa en histrionismo, pues es allí donde el llamado “endiosamiento” o entusiasmo se concreta. Como una oración última antes del desvanecimiento, la obra es la súplica, el rezo que prologa y anticipa el temido e inevitable deceso.

Filósofa