Cine contra la pandemia o siete motivos para celebrar el VII Festival Radical

UNO

En un año tan malparido por donde se le vea, en el que la pandemia se ha devorado –entre tantas otras cosas y vidas– al cine y sus rituales, la sola sobrevivencia de un festival cinematográfico es una noticia extraordinaria. De Cannes al Bafici, el coronavirus ha erradicado del calendario cinéfilo festivales de toda laya, dejando apenas despojos para visionados virtuales o semipresenciales en algunos certámenes. Bolivia, un país con una oferta festivalera acotada pero potente, también ha languidecido por el peso de la peste. Acaso, el golpe más duro fue la cancelación del Festival de Cine Documental A Cielo Abierto, organizado por el Centro Simón I. Patiño de Cochabamba.

Por fortuna, el contagio no resultó terminal. La primera señal alentadora fue la realización del Festival de Cine de los Derechos Humanos de Sucre y del Fenavid cruceño. Otra no menos luminosa fue una muestra de cine boliviano “radical” de los últimos años, que, lejos de reemplazar la cita festivalera anual, abonó el terreno para esperarla con más hambre de cine. (Ojalá que el Festival de Cine de Oruro Diablo de Oro también concrete su versión 2020.)

Mientras la vacuna contra la covid-19 sigue su paciente paso antes de inmunizar al mundo del virus chino, el cine viene funcionando como un portentoso placebo capaz de convencernos de que la enfermedad y la muerte aún deben esperar su turno antes de tomar el lugar de las sombras que desfilan en pantallas cada vez menos grandes. Si hasta ahora hemos estado sometidos a terapias intensivas de Netflix o Mubi, complementadas con medicación de copias piratas y alguna intervención clandestina en una sala oscura, con el VII Festival de Cine Radical ha llegado la hora de entregarnos a un tratamiento fulminante de cinefilia. Porque los festivales que se precian, y el Radical es uno de ellos por derecho propio, están hechos de películas, sí, pero no solo; en su cuerpo habitan, también o sobre todo, una serie de rituales en torno a las proyecciones, que van de charlas con cineastas a fiestas postestrenos, pasando por presentación de publicaciones, espacios formativos y otras tantas rutinas más o menos formales.

DOS

A riesgo de emborracharme –antes de tiempo– a plan de cháchara festivalera, voy a volver a lo que importa: el cine, las películas. No me interesa, ahora mismo, hacer un repaso de la amplia oferta (unos 50 filmes) del Radical en sus diferentes secciones. Prefiero detenerme en la única cinta de estreno que he tenido oportunidad de ver: el documental boliviano Puerto Escondido, de la cineasta Gabriela Paz Ybarnegaray. Programado para la apertura del festival, el nuevo trabajo de Paz es un proyecto del que veníamos escuchando y esperando hace ya unos buenos años.

Parte de la generación de cineastas formados en el programa piloto de la UCB paceña, la realizadora ya había llamado la atención de la comunidad cinéfila con La bala no mata (2012), un documental testimonial basado en el libro homónimo de Mario Murillo, que recapitula la Revolución del 52 desde la voz de algunos de sus anónimos protagonistas. La mirada en la historia boliviana volvería a manifestarse en su nuevo proyecto (el que se estrena en este Festival Radical), concebido durante los años en que la realizadora hacía estudios especializados de cine en Chile. No se trataba de algo que pasara desapercibido ante quien escuchara de su existencia. Después de todo hincaba el diente sobre el más determinante de los traumas colectivos bolivianos: la pérdida de una salida soberana al Océano Pacífico, a manos de Chile.

Puerto Escondido es una exploración, curiosa pero bienintencionada, de algunas de las expresiones más grotescas que ha adoptado la enfermedad boliviana por el mar. Sostenido en el ancla coyuntural de la demanda marítima ante La Haya, presentada y perdida por el Gobierno de Evo Morales, el documental rastrea en algunos de los síntomas de nuestra afiebrada obsesión por recuperar el mar cautivo. En ese recorrido da, por ejemplo, con la incurable tradición de las horas cívicas escolares en las que niños, debidamente disfrazados de militares del siglo XIX, recrean la defensa del Topáter, con Eduardo Abaroa y su mostacho en el punto de mira de los soldados chilenos. Más adelante encuentra el inverosímil proyecto de construir un mar artificial en Santa Cruz, con el nombre de Playa Turquesa. En Cochabamba detecta más de una historia digna de asombro: la búsqueda de una carabela confeccionada para el rodaje del filme español También la lluvia; la afición de tallar barcos a escala en las cárceles; o cómo no, la vida de Gaby del Mar, una atildada patriota que bautizó a su hijo como Eduardo Abaroa y murió sin conocer el mar porque nunca volvió a dominio de Bolivia. Estos relatos se entrecruzan con la propia experiencia “marítima” de la realizadora, que se materializa en un relato en off en primera persona e imágenes del archivo familiar que remiten a su relación con el agua.

Aunque el material se presta para la ridiculización o la sorna, Paz no cae en ningún momento en actitudes de ese tipo. Su acercamiento a las personas e historias que encuentra a su paso es respetuoso y amable, acaso inocente. Sabe que está caminando sobre un territorio muy vidrioso, en el que corre el riesgo de hacer(se) daño. Más que juzgar las retorcidas maneras en que los bolivianos experimentamos nuestro anhelo marítimo, los diagnostica y los expone sin mayor ánimo de enjuiciamiento moral o estético. Su itinerario de viaje nos anima a mirar con menos rabia y pudor las infinitas veces en las que, a lo largo de nuestras historias  –colectivas y familiares–, hemos perdido el mar y, con él, la cordura. El uso desprejuiciado de material encontrado, propio y ajeno, le confiere al filme una dignidad que se extiende sobre todos quienes aparecen en el metraje.

Esa distancia respetuosa solo se traiciona en el desenlace del documental, en el que, a manera de recordar el tendido de la bandera marítima, la más larga de la historia, la cineasta se permite un gesto de complicidad con la causa marítima boliviana. Podría decirse que es una legítima toma de posición, pero sabe más a un acto de complacencia ante el peso del discurso reivindicacionista oficial sobre nuestra demanda de acceso al Pacífico. De actuar con una corrección profesional equiparable a la de un médico que diagnostica una enfermedad grave tomando los recaudos indispensables para mantenerse inmune, la cineasta pasa a revelarse como una más de las víctimas contagiadas de esa patología colectiva que, como ella misma describe a lo largo del filme, se ha prestado a usos políticos y económicos de sobra cuestionables. Puede que sea la declaración definitiva de que la del mar es una enfermedad de la que los bolivianos podríamos curarnos, pero de la que, muy a nuestro pesar, no queremos hacerlo.

TRES

Dado que me he extendido más de la cuenta en mis impresiones preliminares sobre Puerto Escondido, trataré de ser más expeditivo en lo que sigue. El núcleo “Mujeres/Cine: Investigación-acción” es otra de las apuestas esenciales de esta versión del Festival Radical. En su programa tiene un foco dedicado a la desaparecida cineasta cochabambina Julia Vargas-Weise (Esito seríaCarga sellada), y otro a las mujeres y el video en Bolivia, que prevén la reposición de algunos filmes hoy inencontrables, pero también charlas con y en torno a realizadoras bolivianas.

CUATRO

Podría haberlo dicho en el anterior acápite, pero lo hago ahora: el esfuerzo investigativo en torno al lugar de las mujeres en el cine boliviano es una de las empresas más estimables del VII Festival de Cine Radical, que habiendo ya consolidado sus áreas de exhibición y publicación, viene destinando mayores esfuerzos a los componentes de formación e investigación, que resultan fundamentales para la institucionalización de un festival cinematográfico.

CINCO

Al margen del proyecto sobre mujeres y cine boliviano, otro polo formativo del Radical es el que lleva adelante el Laboratorio de Apropiación del Archivo Audiovisual Boliviano (LAAAB), fruto del cual este 2020 ven la luz De polleras: Prólogo + Bidimensionalidad, de Esperanza Eyzaguirre, y el ya mencionado Puerto Escondido. A estos dos proyectos, ganadores de la primera versión del laboratorio, habrá que sumar los resultados de los seleccionados para este 2020 y de los que sigan. Una iniciativa que vale la pena acompañar y apoyar, por su capacidad de revitalizar y poner en valor el patrimonio audiovisual del país, de cuya existencia y riqueza sabemos tan poco.

SEIS

Había prometido no hacer un recuento de las cintas en programa, pero, además de que llegar a completar siete apartados ha resultado más complicado de lo que esperaba, hay filmes y nombres bolivianos que, sin perjuicio de otros, vale la pena citar a manera de excitar la curiosidad cinéfila. En la sección Bolivia Radical, por ejemplo, figuran los nuevos trabajos de Froilán Urzagasti, Thomas Korschil, Pablo Barriga, Luciana Decker o Alexandro Fernández. También habrá reposiciones de Humillados y ofendidos y de Tahuamanu, dos documentales de César Brie que debieran verse y repensarse a la luz del último año de terror en Bolivia; así como un foco dedicado a los primeros cortos de Diego Torres y el estreno del largo documental Gingers Paradise (Alejandro Quiroga).

SIETE

De la programación internacional hay que recomendar sin tapujos la sección Radicalismos Peruanos, curada por el crítico y programador John Campos, y la sección LAAB, en la que aparecen filmes muy avalados por el prestigio de sus autores y su recorrido festivalero: La película infinita (Leandro Listorti, Argentina) y Forlandia Malaise (Susana de Sousa Días, Portugal), amén del más reciente largo del maestro chileno Ignacio Agüero, Nunca subí el Provincia, que no necesita mayor presentación ni publicidad.

Pues, eso: el Radical ha empezado. Nos vemos en la fiesta.

Periodista – @EspinozaSanti