Chiwankus urbano rurales

Noviembre es el mes de Todos Santos (Mundo Almas, como también lo llaman en las comunidades). Por eso tenía pensado escribir sobre esta fundamental fecha, en el último día del mes, es decir San Andrés, con el que se cumple los 30 días de este tiempo de coplas y wallunk’as en los valles cochabambinos, hoy casi ausentes por la pandemia que todavía nos afecta. En el tradicional calendario agrícola de los pueblos andinos, noviembre es también una suerte de “parteaguas” entre el tiempo de lluvias y el tiempo seco. Esta conjunción de inicio de tiempo de lluvias con mes de los difuntos ya se muestra en el dibujo de Guamán Poma Ayala (1) sobre el Aya Markay Killa (mes de los difuntos), cuya relación cercana e íntima con la conmemoración de Todos Santos, se empalma con el período de siembras de maíz en los valles, justamente en el mes más seco y urgente para la reproducción del ciclo agrícola. De ahí posiblemente deviene la necesidad ritual de concentrar a todas las almas del mundo, las aves cantoras y otras fuerzas que  convocan lluvias, en el mes más crítico, para que los cultivos crezcan y la vida siga por sus complejos senderos

Sin embargo, escuchar esta madrugada al chiwanku (Tordus chiwanku) (2) y su incomparable canto de lluvia, súbitamente me cambia la dirección de este texto, varios años después de aquel breve ensayo que me devolvió la memoria (3), y que me había permitido tomar conciencia de una insospechada influencia de los cantos del chiwanku en una parte crucial de mi vida, los años de mi infancia y adolescencia en la casa de mis padres en el pueblo de Santiago del Norte Potosí, muy cerca de Cochabamba.

Años después, cuando me inicié como músico aprendiz de wayños nortepotosinos, no había percibido aún esta influencia, que me confrontó nuevamente en una segunda edad del asombro, al escuchar cantar con tanta nitidez, “convicción” y profundidad sonora, los chiwankus “urbanos” de Sucre, Cochabamba y La Paz. Sentí, -como lo llamé entonces-, un misterioso relámpago dorsal en lo más recóndito de mis neuronas y la médula espinal,, allá donde se procesan los sonidos hechos canción, la matriz del verso original que nos permite entender y sentir el significado de la palabra sintonía.

Para comenzar este segundo intento, recurro a los versos del wayño de Luzmila  Carpio dedicada al agua, que los transcribo en la introducción de este texto, porque reflejan el grado de identidad e internalización cultural de la gente, que en el imaginario del mundo rural andino se asocia al canto del chiwanku con la lluvia, y naturalmente, con todo lo que ello implica en la vida de las comunidades.

Y es que, desde principios de octubre de este año, escucho cantar cada día al chiwanku que vive cerca mi casa, en los algarrobos, molles y jarkas que se encuentran alrededor, allá, en la intersección rural-urbana de las ciudades de Cochabamba y Sacaba. Como siempre, para cantar, se ubica en la parte más alta y visible de estos árboles, adoptando aquella postura de trovador de versos líquidos o encantador de nubes fugitivas, completamente entregado a su fin esencial y único: convocar las lluvias de temporada.

Recuerdo que, durante estos dos meses transcurridos, no ha dejado un solo día de cantar, y es casi seguro que se mantendrá inagotable en este ritmo hasta febrero, o quizá marzo. Comienza por la madrugada, intercala momentos a ciertas horas por la mañana y el mediodía, y termina al finalizar la tarde; canta al menos entre 20 a 30 veces al día.  Circula su canto en un espacio de tres o cuatro manzanos a la redonda, en lo que sospecho es el territorio de la pareja de chiwankus que tengo como vecinos. Ya que mas allá de esta “frontera” se escucha el canto de otro chiwanku, diferente en canto al de mi vecino.

Durante varios años, he grabado repetidas veces su canto y la imagen de su postura al hacerlo, así como el de otros chiwankus de otros barrios que bordean la ruralidad urbana de ciudades y pueblos de Cochabamba, Chuquisaca y el Norte Potosí; pero, sobretodo, he escuchado y registrado con atención, su fascinante y casi misterioso canto, en plazas y avenidas del centro paceño y la zona sur de esta urbe, donde protagoniza y matiza con su canto, el febril murmullo de la ciudad que comienza a despertar a las 4 de la madrugada, y la acompaña, hasta el borde del anochecer.

He escuchado decenas de veces los cantos grabados, algunos los conozco de memoria, y hasta intenté ponerle letras, pero hasta ahora no logro descifrar, lo que a mi juicio parece ser un enigma biológico musical, ya que, musicalmente hablando, todos los chiwankus tienen cantos diferentes, según el espacio territorial donde viven; donde el canto, como estructura melódica, parece ser hereditario en cada descendiente de la pareja de chiwankus por cada territorio que habitan. Tal vez, -esto que llamo pomposamente “enigma”-, es más simple de lo que intento comprender, ya que se trata de una condición natural, que ha permitido desarrollar un estilo o forma especial de canto de los chiwankus (hablando de su estructura musical), pero que se manifiesta en diferentes melodías, ritmos y notas que los chiwankus entonan en cada territorio, que los hace diferentes y únicos a la vez. Talvez, el posible misterio que aún queda, se relaciona con aquellos factores que han determinado esta evolución de su canto, a la par del ecosistema, nubes y vientos que necesitan ensamblar canciones con este tiempo de lluvias; lo que significaría, de ser así, un insólito mecanismo de la naturaleza para salir de la monotonía de una sola melodía o canción, como sucede con la mayoría de los cantos de aves que conozco (región andina principalmente).

La otra certidumbre sobre los chiwankus, es que los espacios o territorios que habitan están muy vinculados con el espacio de trabajo de los hombres, ya sea con la actividad agrícola en el mundo rural, o las actividades de mantenimiento de parques y jardines del mundo urbano, tal como viene sucediendo y visibilizándose cada vez más en las últimas décadas.

La explicación de esta antigua vinculación antrópica con el chiwanku, tiene relación con el ciclo reproductivo de esta ave, que coincide con el tiempo de lluvias y la alimentación que requieren sus polluelos en este período, a base de lombrices de tierra y larvas de insectos coleópteros (laqatus) que se desarrollan con la humedad del suelo en este tiempo, que luego, con el laboreo que los humanos realizan durante los barbechos, siembras y aporques en los cultivos agrícolas, emergen de la tierra; o en los últimos tiempos, con actividades similares en mantenimiento de parques y jardines en las ciudades.

Esta suerte de simbiosis de agricultores con el chiwanku (al menos en el mundo rural), ha permitido una valoración amistosa y de mucho respeto de los comunarios hacia esta ave, ya que su canto es parte de las lecturas del tiempo climático de cada año y un potencial indicador favorable ante la ansiedad de gente por la lluvia; a cambio, para el chiwanku, una vez humedecido la tierra por las lluvias, la remoción del suelo hecha por los hombres, le facilita el acceso al alimento de sus descendientes, y con ello, la continuidad de su ciclo de vida y el mantenimiento de la especie.

Durante los años que transité por la ciudad paceña (para no decir que trabajé, porque no estoy muy seguro de lo que eso significa cuando uno disfruta de lo que hace), he caminado o despertado pendiente del canto de esta ave, -de quien estoy cada vez más convencido- se ha apoderado de la ciudad, sus plazas y parques.

Y es cierto que la ciudad de La Paz no deja de tener música, pero esta no viene solo de la estridente  noche paceña de los viernes o sábados, o de los festivales de música que se realizan periódicamente, viene también y con persistente euforia no siempre percibida por la población, desde la copa de los árboles, el techo de las casas, los postes de luz y  antenas de televisión, hasta la cornisa de los edificios: los nuevos sitios desde donde el chiwanku ofrece verdaderos conciertos en cantos de notas envolventes y ondas concéntricas, para electrizar las nubes pasivas o ralentizar los vientos que desvían las lluvias, y disuadirles, -o simplemente-, para que caigan rendidas ante el encanto de sus notas, y se conviertan en una emocionante condensación  de gotas de agua en lluvias de verano.

Es entonces, en este nuevo territorio urbano de los chiwankus, donde cantar para que llueva, no deja de ser el rito inmemorial que lo impulsa a confrontarse con el tiempo y la cada vez más crítica desafiante escasez de lluvias, afinando los vientos como diapasones en el clavijero escurridizo de las nubes, para luego bordar notas en esas finas cuerdas en forma de chorros de lluvia, donde el chiwanku, – cual director de orquesta y primer clarinete a la vez, con elegante traje negro incluido y un sonoro e inclaudicable pico amarillo-, es el director del concierto clásico de la llovizna, o de la breve tormenta de sonidos rockeros en fusión, pero casi siempre, buscando llevar las notas hacia la sincronía de cuecas y wayñus de todas las lluvias tranquilas y sonoras que llegan a tiempo.

Hoy domingo de madrugada, al retomar este breve texto sobre los chiwankus, el escuchar su canto sereno, húmedo y sediento de vida, hace que se disuelva el triste recuento de la pandemia moral y política que vivimos este 2020, y me devuelve al placer único del relámpago espinal, justo en el punto donde la música elabora sus sentidos y emerge con sus primeros movimientos; (re) aprendiendo a escuchar versos inmemoriales de esta singular ave, cuyo canto inaudible para las ciudades en su frenética sumisión a los ruidos del llamado modernismo, no llega a percibir estos conciertos únicos.

Siento este reencuentro cada madrugada, mediodía y anochecer, más allá de los días secos que todavía persisten este mes de noviembre, -que paradógicamente marca el inicio del tiempo de lluvias en los pueblos andinos-; que empero, estoy seguro, caerán disueltos ante la persistente y serena canción de lluvia de los chiwankus.

Salud por esta ave única e incondicional.

A los 29 días de noviembre 2020

 Investigador socioambiental y cultural

 

(1) El “Aya Markay Killa de los kechuas de Cuzco”, o “Mes del Tiempo de las Almas”, en Nueva Crónica y Buen Gobierno; Felipe Guamán Poma y Ayala, Editorial Siglo XXI, 1988, edición crítica de J. Murra y R. Adorno.)
(2) Chiwanku (Tordus chiguanco), ave de los valles y cabeceras de valle de la región andina de Bolivia, de elegante plumaje negro, pico, párpados y patas amarillas, de mirada sonriente y andar alegre, como fino oído, más conocido por su canto paradigmático en la época de lluvias, con parecido al zorzal europeo.
(3) Para cantar a la Lluvia: Breve ensayo sobre el Chiwanku”, publicado en el suplemento Ramona