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Reseña del libro de poesía de Leo Fajardo, publicado por la editorial LetraAmargo.

Cuando la poesía se funde con la forma del caos y adquiere otro tipo de presentación, se van creando capas sensitivas en el texto que hacen que la experiencia de la lectura cobre dimensiones que facilitan el lenguaje directo; pero a la vez se crea un enmarañado de sentidos que no requieren ser descifrados, sino que explotan en la mirada creando conexiones directas, entre lo cerebral, lo pasional y lo físico.

Una mosca es también mierda, y molestia, y negrura, y calor, y mal olor, y zumbido.

Todas las categorías que a partir de la imagen se presenta y que nos obliga a anudarla con el concepto de una palabra crean territorios en los que el testimonio personal y el del inconsciente colectivo de símbolos dialogan.

Por eso la poesía visual, o la que articula estas dos dimensiones imagen y texto proponiendo un tercera dimensión en el papel, se enriquece en la oportunidad que tiene el lector para desde su aporte darle el efecto golpeador al mensaje.

El material gráfico no es ornamental, o no es simple ilustración, sino que se convierte en una grafía sónica encerrada en los dominios de la palabra. La palabra se convierte en parte de los trazos que componen el diseño de una imagen, si la imagen se constituye por sus dimensiones planas sintetizadas en lo largo y ancho del conjunto de líneas rectas o curvas que dialogan a partir de puntos. Y la palabra se constituye por el elemento ideal que es proyectado en el ejercicio de la imaginación que concreta el acto objetivo de la cosa que conocemos. Si decimos la palabra “vela”, solo es posible entender aquella desde la idea básica de las cualidades que componen el significado de esa palabra, que determina un objeto.

La palabra sirve para apuntar a las cosas, el lenguaje, a partir de tejidos complejos, crea discursos, en los que se va evidenciando un ritmo narrativo que construye tanto los conceptos lógicos como también los conceptos emotivos en el texto. Pero lo primordial es mantener la forma de la cosa desde las mismas reglas formales lingüísticas. Es decir que en esa serie de contenidos de cada palabra, los puntos y las comas van generando un ordenamiento, que permite que vayamos entendiendo la unidad de lo que se está diciendo  a partir de las partes, el acto de la lectura consiste en descifrar ese ordenamiento. Por eso podemos admirar una oración, o una metáfora, o un diálogo, etc., que componen un cuerpo más completo, un poema, cuento, novela, etc.

Sin embargo, una imagen supera ese ejercicio determinista y más bien amplía el juego de la comprensión porque la unidad que profesa solo es comprendida en su totalidad, en la armonía de la unidad de una imagen. Es a partir de entender la totalidad que recién se recorre por las partes. A partir del agrado o la sensación que causa una imagen es que podemos recién apreciar la técnica o los detalles de la imagen.

Chairo Punk rompe ese ejercicio de decodificar las partes del discurso y se presenta de golpe ante los ojos, pero a la vez la armonía de la forma está en conflicto. Porque exige para su comprensión el darle una lectura de texto. Entonces las palabras se vuelven líneas y las líneas se vuelven palabras.

Todo esto se potencia con el efecto de la repetición. Palabras que se repiten creando el vacío del sin sentido, y acelerando físicamente el efecto de la comprensión del texto. Movilizando el ejercicio de la lectura a una práctica del  estómago frente al vacío. Quizás ahí radica la idea del chairo como sopa para ese enfrentamiento visceral de la pérdida de las formas.

La repetición sincronizada genera una especie de mantra. Los movimientos del yoga o las artes marciales, por ejemplo, se componen en la repetición constante a un ritmo de pulsión tranquila, un mismo movimiento, hasta llegar a la complejidad de una totalidad. Pero la belleza radica en la pausa armónica de la ejecución. Sin embargo, el punk rompe ese criterio y más bien se forma por la acumulación de un mismo movimiento, o sonido. Reemplazando la armonía de la forma por la rebeldía del rechazo. Paradójicamente en la forma de la intensidad de la repetición se destruye la forma.

Reminiscencia, inhibición reactiva, transformación verbal o saciedad semántica son algunos de los nombres que toma este fenómeno. El cerebro se sacia de repetir la palabra y hace que pierda el significado original. Cuando por ejemplo dices alfiler, el cerebro lo asocia con la imagen de un alfiler y conecta las dos cosas (palabra y significado). Pero cuando repites la palabra varias veces se dificulta la conexión de  dicha información porque se agota. La exigencia supera la decodificación del lenguaje y el mensaje compuesto en el texto simplemente explota. Incluso a veces, cuando repetimos mucho una palabra esta puede mutar y reintegrarse en otra. Amor, amor, a-mor, a-m-o-r, a m-o-r-a, m-o-r-a, mora.

El punk en ese rechazo al detalle y en su esfuerzo por mantener la vorágine natural de las cosas, se instala con un minimalismo que a la vez el libro va quebrar en la fusión de exigencia de lectura que el contenido tiene. Es lo político y el asco por lo que implica su participación obligatoria en la convivencia social en síntesis de los rasgos obvios y rápidos del texto. Pero hay algo más que eso, algo que solamente se puede definir desde lo visceral del acto de mirar la obra, y que de repente ni siquiera sea posible de determinar en un concepto.

Fajardo logra dejarnos en Chairo Punk la invitación a una experiencia diferente,  en la que lo rebelde y lo visceral se combinan a un ritmo de la urgencia de decir algo sobre el mundo político y vomitivo que nos rodea. Chairo Punk es un libro de sensaciones, de postales para sostenerlas como consignas a la irreverencia de rechazar todo lo establecido.

 

Iván Gutiérrez M. - Escritor

gutimoscovan@gmail.com