Célebres periodistas que se entregaron a un idilio

La labor periodística ha estado siempre bifurcada entre la objetividad y los deslices humanos. La teoría enseña al reportero que en el campo de batalla hay que ser cauteloso con la mirada, y sobre todo con el corazón; de no ser así la pluma podría verse comprometida. Pero aún los periodistas más avezados han dejado una puerta abierta que los llevó a sucumbir a los sentimientos. Estos son los casos célebres que, en busca de un tema periodístico, terminaron por embarcarse a sí mismos en idilios de los que no saldrían del todo bien librados y que marcarían sus carreras hasta el final de sus días.

Oriana Fallaci

Oriana Fallaci, desde el Upper East Side de Nueva York, gozaba del respeto de la crítica y el éxito internacional como periodista gracias a la publicación de su libro Nada y así sea (1969), reportaje y diario personal sobre la guerra de Vietnam. Del otro lado del mundo, el mártir de la resistencia griega, Alexandros Panagoulis, Alekos como lo llamaba la policía, purgaba por el fallido intento de asesinato que llevó a cabo el 13 de agosto de 1968 en contra de Georgios Papadopoulos, dictador de Grecia desde 1967 y hasta 1973. Mientras Fallaci cubría los conflictos bélicos más urgentes de la segunda mitad del siglo XX y realizaba importantes entrevistas a personajes políticos prominentes como Henry Kissinger, Indira Gandhi, Golda Meir y Muamar el Gadafi; en la prisión de Boiati, Panagoulis sufría diariamente aberrantes torturas físicas que lo hacían escupir y orinar sangre, al igual que psicológicas como simulaciones de fusilamiento.

Los caminos de Fallaci y Panagoulis estaban tan separados que ni la voluntad más férrea hubiera logrado unirlos antes del 21 de agosto de 1973, en que la restauración de la democracia en Grecia amnistió a Panagoulis, y misma Fallaci llegó a Atenas para entrevistarlo. Pero ésta no sería otra más de sus entrevistas. En ese primer encuentro, con las primeras palabras que salieron de la boca de Alekos, Fallaci perdió la calma definitivamente y antes lograr salir airosa de Grecia, él la ató con una confesión de amor. En palabras de la propia Fallaci, la relación fue “un río de angustias, peligros, locuras y neurosis”. La periodista se convirtió en el Sancho Panza que siguió a su Don Quijote en cada una de sus volátiles estrategias para encauzar la lucha de la resistencia griega y para llevar a juicio a los integrantes que conformaban la Junta de Coroneles. Pero jamás consiguieron nada más que la persecución del Estado.

El lado más oscuro de la relación fue el mismo Alekos y su corrompida personalidad con la que manipulaba a Fallaci, además de someterla a arrolladores episodios de infidelidad, alcoholismo y hasta violencia física. Sin duda, el más desgarrador de todos sucedió cuando Panagoulis golpeó a Fallaci en el vientre. Sólo ella sabía que estaba embarazada. El hijo que ambos habían procreado no llegó a nacer.

Fallaci intentó más de una vez huir para recuperar la calma y la dignidad, pero su voluntad nunca fue lo suficientemente fuerte. La mujer tenía una única razón: “Te amaba hasta el extremo de que no podía soportar la idea de herirte incluso si me herías, de traicionarte incluso si me traicionabas; y al amarte amaba tus defectos, tus errores, tus mentiras, tus fealdades y miserias, tus vulgaridades y tus contradicciones”, escribió. Fallaci permaneció a su lado hasta el primero de mayo de 1976, fecha en la que el corazón de Alekos se desgarraría después de un fuerte choque automovilístico.

El héroe no consumado de la resistencia griega murió misteriosamente a los 36 años. Fallaci siempre sostuvo que se trató de un crimen de Estado, pues Panagoulis estaba a punto de publicar documentos que contenían información suficiente para incriminar a los políticos y a la policía militar que solapo las prácticas de extrema derecha perpetradas por la Junta en la dictadura de Georgios Papadopoulos.

Después de la muerte de Panagoulis, Fallaci publicó Un Hombre en 1979, en donde plasmó todas estas vivencias. Fallaci moriría hasta el 15 de septiembre de 2006, coronada como la entrevistadora más importante de la historia.

Truman Capote

La mañana del 16 de noviembre de 1959, Truman Capote hojeaba el New York Times cuando la cabeza de una escuálida nota atrapó su atención: “Granjero de Kansas asesinado. Familia de cuatro es asesinada en Kansas”. Aquel día ni el propio Capote pudo presagiar que escasas 300 palabras que informaban sobre el “aparentemente caso de un asesino psicópata” lo sumergiría en una investigación que, a cambio de darle A Sangre Fría –obra cumbre de su carrera–, le robaría la estabilidad emocional y mental para siempre.

Dos exconvictos, movidos por el rumor de que encontrarían una caja fuerte con al menos 10 000 dólares, irrumpieron en la casa de la familia Clutter la noche del 14 de noviembre de 1959. Al no encontrar más que cincuenta billetes verdes, los hombres dispararon en la cabeza a la señora y al señor Clutter, y a sus dos hijos adolescentes. La aparente simpleza del caso resultaba sumamente intrigante y lo era; a Truman Capote le tomó seis años reconstruir cada una de las realidades que convergieron en el trágico evento, así como documentar las consecuencias de éste.

Para lograrlo, Capote se sumergió en las memorias, descripciones y testimonios de los pobladores de Holcomb, Kansas, que convivieron con la familia Clutter; compró las transcripciones de los juicios consecuentes al asesinato múltiple y entrevistó a los médicos que examinaron a los culpables. Pero sin duda la fuente de información más crucial que tuvo fueron los propios asesinos: Perry Smith y Dick Hickock, quienes fueron capturados el 30 de diciembre de 1959.

Con la intención de obtener información de primera mano, Capote entabló una relación cercana con Perry Smith. Más allá de su testimonio, el periodista pronto encontró que ambos compartían la experiencia de haber enfrentado infancias turbulentas, esto intensificó el estrecho vínculo emocional que se creó entre los dos, al grado de desatar un supuesto enamoramiento. Aunque el amorío nunca fue confirmado, la empatía que Capote llegó a sentir por el asesino es palpable en las páginas de A Sangre Fría: Smith, más que un cruel homicida, fue retratado como un hombre víctima de sus circunstancias.

Perry Smith creía que la obra de Capote podría librarlo de su fatídico destino, pero la realidad era que el propio periodista, al final un hombre ambicioso y ególatra, sabía que la ejecución de los culpables sería el desenlace que consagraría a A Sangre Fría. Después de más de 2 000 días en espera de una sentencia, Perry Smith y Dick Hickock fueron colgados el 14 de abril de 1965, mismo año en que la crítica acabó por rendirse ante la pluma de Truman Capote.

Mientras la novela de no ficción generaba ventas de hasta seis millones de dólares y se coronaba como la génesis del Nuevo Periodismo, el autor era consumido por los estragos emocionales y psicológicos que el agónico proceso creativo causó en él: Capote se hundió en el alcoholismo y terminó por sucumbir a las drogas. Murió a los 59 años, el 25 de agosto de 1984 debido a que una sobredosis de fármacos complicó la cirrosis hepática que padecía. Después de A Sangre Fría, nunca volvió a concluir una novela.

Lorena Hickok

Lorena Hickok era una reportera inusual para los años 20: fue la primera mujer que publicó en The New York Times, sus textos llevaban su firma y era la reportera principal del Minneapolis Tribune, periódico estadounidense donde cubría las secciones de política, deportes y escribía editoriales. Gracias a su tenacidad periodística, la agencia Associated Press (AP) la reclutó como reportera en 1928. Pronto se convertiría en una de sus principales corresponsales en la cobertura de noticias de amplia relevancia política y social.

En 1928, AP le encomendó a Hickok una entrevista a Eleanor Roosevelt, quien estaba a punto de convertirse en la Primera Dama de Estados Unidos. Esta orden de trabajo fue el primer encuentro de lo que, cuatro años más tarde, se convertiría en una íntima relación entre las dos mujeres. En 1932, Lorena Hickok fue la única mujer reportera en dar cobertura a la campaña que la futura pareja presidencial hizo por gran parte de Estados Unidos. Durante el recorrido de 21 días, Hickok se enamoró profundamente de Eleanor Roosevelt. Desde ese momento ambas se volvieron inseparables.

Unidas por el recuerdo de sus infancias traumáticas y por sus ideales que respondían a la lucha por los derechos civiles de las minorías, las dos mujeres pasaban casi todos los días en compañía una de la otra, acostumbraban a cenar juntas después de alguna función de teatro u ópera, hacían viajes y, durante la toma de posesión de Franklin D. Roosevelt, la primera dama usó un anillo de zafiro que Hick –apodo que Eleanor Roosevelt le dio a su querida– le había regalado.

Cuando el trabajo de Hickok interponía distancia entre las dos, Eleanor Roosevelt escribía diariamente cartas de diez a quince páginas que enviaba desde Washington D. C. hasta Nueva York. “Quiero abrazarte y besarte en la comisura de tu boca”, “No puedo besarte, así que beso tu foto”. Hick contestaba en francés a las románticas líneas de Roosevelt: “Je t’aime, je t’adore“.

El profundo amor que Hickok sentía por Roosevelt terminó por comprometer su quehacer periodístico pues le resultaba una tarea imposible cubrir de manera objetiva las conferencias de prensa semanales que ofrecía la entonces Primera Dama. Cuando Hickok se atrevió a suprimir una historia a petición de su amada, Associated Press la castigó con un recorte salarial, pero poco le importó a la reportera, pues Roosevelt ya le había conseguido un trabajo como jefa de investigación en la Administración Federal de Ayuda para Emergencias en la Casa Blanca. Lorena Hickok renunció a AP y se mudó con Roosevelt a la residencia presidencial, lugar donde vivió los días más intensos de su relación.

Sin embargo, la falta de tiempo, los ataques de celos de Hickok por el matrimonio de Roosevelt y, sobre todo, los atavismos de la época hicieron que las dos mujeres tomaran caminos separados. Aunque esta acción no significó el sofocamiento de los vehementes sentimientos que tenían una por la otra. Prueba de esto son las 3,300 cartas que se enviaron durante 30 años hasta la muerte de Eleanor Roosevelt en 1962.

En 1968, consciente de su inminente muerte, Hickock se mudó a Hyde Park, Nueva York para morir cerca de donde descansaba su gran amor. La muerte de quien en su tiempo fue la reportera más reconocida del país pasó desapercibida. La lápida de Lorena Hickok la describe como “Hick, reportera de A.P. (Associated Press), autora, activista y amiga de E.R. [Eleanor Roosevelt]”.

***

A pesar de los tropiezos dados durante sus etapas más pasionales, estos célebres periodistas siempre serán reconocidos por la tenacidad con la que ejercieron el oficio ya que así forjarían el camino para el futuro quehacer periodístico.

Autora: Argelia Martínez