Casi siempre cerrado con llave

A David Argüello Quiroz, mi padre.

 

Qué sostiene más o menos bien un librero de viejo en manos. Casi nada. Las pruebas, nuestros traspiés, hablan por nosotros: pilas de libros mal apilados que no se venden y no hemos leído, ahí, ocupando paredes y luego cayendo al suelo empolvado, ya no de nuestras librerías, sino de las casas que hemos visitado, lugares de los que no nos hemos llevado todo; apenas y una fracción, tratando de pagar lo menos posible, siempre a la espera de, al menos, duplicar o triplicar lo invertido, haciendo todo lo anterior, claro está, luego de haber visitado casi en vano ferias y mercados en los que buscamos proveernos, leyendo títulos de portadas o lomos a la rápida, tironeando y hasta peleándonos cuando nuestros proveedores no llaman y los clientes, los que sólo así pueden ser llamados, vienen, preguntan, buscan “novedades”.

Veo a mi padre, llegado del campo, repitiendo quinto de primaria a los 11 años en el colegio Mariscal Santa Cruz, alojado en casa de mis tíos, dormido sobre el pajar, o despierto, vendiendo medias primero, luego pantalones y camisas; lo veo hacerse joven y escuchar el menosprecio de la gente que ve mal a los comerciantes asentados en las aceras; lo veo hacerse electricista, viajero y minero, yendo y volviendo de Potosí a Tarija o a Trinidad, y regresando a La Paz para confeccionar prendas, esta vez, con una máquina de coser propia… aprendiendo y olvidando… perdiendo el hilo y recorriendo por primera vez, al fin, con 24 años cumplidos, la avenida Montes y el Barrio Chino de la ciudad de La Paz en busca de libros usados y luego, ya con 30 años de edad, exponiendo libros en la feria 16 de Julio y lejos, nuevamente, con don Alfredo, don Bernardo, don Roberto y don Nazario, en los llanos, sobre el piso de tierra y arena, sudando, bajo la sombra de un techo cubierto por hojas secas, sentados todos, bebiendo cerveza y gozando de una soltería que ya no es tal en El Alto, pero que sí puede ser al menos por unos días estando en Trinidad, viviendo lo que queda de 1986.

Nazco y sobrevivo a viruela, sarampión y cólera. Cumplo años también y también la piel se me raja. No entro al “cuarto de libros” porque son los 90 y padre y madre gritan, piden que salga y devuelva el álbum de fotos familiares mal tomadas; el único bombillo del cuarto apenas alumbra los pocos espacios vacíos que son llenados cada que mi padre ingresa en él, casi siempre cerrado con llave. Me da miedo entrar, lo acepto. No quiero nada del cuarto del que sacamos libros y bolsas y cajas con libros que llevamos al kiosco y, del kiosco, muy de madrugada, a la feria 16 de Julio todos los domingos. Pero llega la pubertad y, venido el año 2000, sí quiero entrar, la curiosidad me gana y visito al copiador de llaves y así, luego, abro más de una puerta y veo que apenas puedo caminar en el “cuarto de libros”. Ya no hay un bombillo eléctrico, sino dos, pero la iluminación es peor que la de antes. Husmeando encuentro, además de libros y álbumes musicales, películas y revistas pornográficas. Oh sí. Soy ni más ni menos que un niño de contados bellos púbicos: el niño que a escondidas intenta masturbarse.

¿Hay comienzo que no haya sido anterior al ejercicio? Años son los que han pasado desde que decidí cambiar de oficio. Lo siguiente fue confundir costumbre con pereza, quizá. El librero de viejo ama la rutina, gusta de repantigarse dejando espalda y glúteos sobre una silla cómoda y desde ahí mira cómo es que los espacios se reducen y aparentan un orden que no es tal. Lee, cuando no está navegando en Internet, casi cualquier cosa que le caiga en manos. Mira el índice y cómo es que aquel dedo cae sobre la página que mira y recorre. Responde a otra llamada y pregunta por el estado y el número de los libros, pide la dirección y unas horas de paciencia que, generalmente, son minutos. Cruza otro umbral, dejando atrás a otro perro y, otra vez, mira lo que no se deja ver. Recorre, mientras es vigilado, los estantes, abre las cajas, mira las yemas de sus dedos empolvados, decide qué se quiere llevar y qué no, mas no siempre lo hace porque o “Es todo el lote o no es nada” o “Ese libro le puede servir a mi hijo, disculpe” o “Pero ese libro debe valer más, lo que me ofrece no es ni un tercio de lo que le costó al abuelo” o “Tiene muchas páginas y fotografías, mire, mire” o “Parece que usted no tiene dinero, mejor dejémoslo ahí” o “Voy a escuchar otras ofertas y le llamo” o “Si no se ha de llevar nada, ¡para qué me hace perder el tiempo! ¡¿Por qué me hace perder el tiempo?!” o “Era que lo encuentre antes, otro señor se ha llevado harto de lo que tenía, lo mejorcito” o “Yo dejo que siga escogiendo, si encuentra más que llevar yo se lo regalo, siga, mire no más, seguro quiere llevarse algo más” o “También tengo ropa a la venta, y electrodomésticos, y muebles, y esta impresora, anímese, hágame una oferta”. Mientras, en alguna parte de la ciudad, algunos siguen publicando casi sin criterio, continúan imprimiendo mil ejemplares de un libro que no venderá ni cinco. Cada cierto tiempo, incluso los libreros que atendemos anaqueles que no superan los tres metros cuadrados, recibimos la visita de desconocidos que nos traen libros recién publicados, libros no reseñados, mal diagramados, peor pegados y que, con suerte, de no terminar en la “mesita de saldos”, dejarán una ganancia líquida del 20%. Algo está fallando con los distribuidores… ¿Sí?… Suena entrecortado… Algo está fallando… No… Ahora sí lo escucho. Repítame, por favor, su dirección señor(a). Gracias. Así es. Llamo estando en camino. La visito y vemos qué libros me llevo. Hasta más tarde, entonces.

Ocho años han pasado desde que mi padre dejó que administre a mi antojo el 27 del Nuñez del Prado, el anaquel que habito por las tardes y al que llamo “qhatu librero” (2 x 1.5 metros). Estudiaba turismo, lo estudié y, habiendo egresado ya, siento lo que los estafados. Caí también en lo de la “web 2.0” y me hicieron creer webprendedor, pero desistí, lo hice apenas noté que la fanpage y el catálogo de libros comenzaron a tener impacto, que leía cada vez menos libros de marketing, que volví a leer novela, cuento y ensayo mientras, a la vez, enviaba textos solicitados, textos más o menos logrados, para un par de antologías. Pero mejor retrocedamos. Vendí a precio regalado los 200 libros que fueron dejados en el anaquel, entre técnicos y best sellers, muchos piratas. Fui llenando este lugar de títulos que sí quería leer o al menos tener en mi biblioteca. Metí en mi habitación libros que no uso, que ya he usado o que me gustaría usar o reutilizar para que no estén, ahí, empolvándose, acumulándose, cada día más. Siento a veces, mientras río, que lo único que hago es acumular o que esa sensación viene sólo cuando estoy haciendo cualquier cosa que no sea estar o leyendo o coqueteando o visitando librerías, ferias o mercados o casas en las que a veces encuentro libros y los compro, así su destino, a la larga, sea el de la “mesita de saldos”. Cada año, desde 2010, hago una lista de 13 libros. Son esos libros los que llevo a mi biblioteca para que reposen hasta el 2020, año en el que, supongo, haré otra lista para que de ellos, de los 130, sólo queden 13. Es una tontería hacer listas habiendo (más de) un canon, lo sé, pero no me veo sin hacer tal cosa. Tampoco me veo atendiendo a otras personas; las que me llaman o visitan, al menos, aparentan no ser idiotas y creo que aparentan bien porque a veces me dicen cosas como “Volveré en dos años, por favor, guárdemelo el libro” o “Salgo de viaje, si quieres que te busque algún libro, dime, para ver si me acuerdo o, mejor, para que no lo haga” o “Abuelo murió, somos cinco nietos y queremos que nos ayude a dividir la biblioteca”.

Ya dije, párrafos atrás, que los libreros amamos la rutina, pero no dije, pudiendo hacerlo, que nos cuesta librarnos de la tradición. De otra forma, dadas las condiciones actuales y las predicciones de las que muchos se quejan, ni de asomo, nosotros, los libreros, revisaríamos galeradas de libros a ser publicados, tampoco reseñaríamos libros ni transcribiríamos textos para compartirlos, menos soñaríamos con tener una editorial o un concurso literario. Si todavía ejercemos, es porque todavía ganamos plata para seguir comprando libros y aparentar, al menos, que vivimos más o menos bien. Aquel que busque otra cosa, sinceramente, yo no sé a qué espera, puede cambiar de oficio.

No sé, pero me gustaría saber si a todos los libreros de viejo nos causa risa decir, o escuchar decir, que nosotros también estamos contra la piratería y su aparición: el 96-97, según mi padre. No fomentamos, sí, pero de ahí a decir que estamos en contra o que hacemos algo para erradicarla… Ni tengo ni quiero tener más de cuatro ejemplares por libro. ¿Para qué? Hay libros que tardan meses en irse, pagan bien por ellos debido a su escasez y baja demanda. Son libros que no despiertan interés en los piratas. Tengo clientes contados. Son clientes los que juegan conmigo a la biblioteca personal, son ellos los que me interesan. Los demás no. No me interesa ni la demanda real ni la potencial porque desconfío del crecimiento inorgánico. Es más. Por mí no hubiese abierto la librería de viejo que hoy atiendo por los mañanas. Pero lo hice. Abrí Sobras Selectas y en el proceso me supe feliz en tiempo pasado, noté lo privilegiado que fui por siete años en el 27 del Nuñez del Prado: leía en cama por las mañanas, abría y cerraba a la hora que quería, apenas pagaba impuestos municipales y cuotas o multas en caso de no participar o en ferias o reuniones o asambleas convocadas cada dos meses por la Asociación Nacional de Expositores de Libro Antonio Paredes Candia. Disponía mi tiempo a mi antojo. Sobras Selectas, en sólo tres meses, me debe visitas y visitas a Fundempresa e Impuestos Nacionales, a imprentas autorizadas y a bancos, a las oficinas de contadores y al departamento de don Edgar, el señor que nos alquila el local 8 de la Galería El Paraixo # 227 de la calle Sagarnaga. No me arrepiento de momento. No lo hago. Incluso teniendo un socio que se queja y se queja. Ya parece mi esposa.

La casa se ha inundado. Es mi hermana la que llama y me pide volver lo antes posible porque también hay agua en mi habitación. Voy lo más rápido que puedo. Apenas hay coches, los que pasan ya están llenos, continúa lloviendo y corro detrás de otro minimotorizado que se llena y me deja en la calle, sin paraguas. Meto mi pie mojado en el coche, ingresa mi hombro, empuja mi hombro a otros hombros. Bajo en la Ceja de El Alto. No me queda más que seguir a pie porque las personas doblan en número a las que vi en La Paz. Camino. Tiemblo. Camino. Llego. Entro y miro la sala, piso la alfombra. Cllloc. Hermana, mientras exprime paño sobre balde, me saluda con pesar, me saluda con los botapies arremangados. Entrá a ver, me dice. Entro. Avanzo. Veo agua en el vano de mi puerta y en el pisito de lana y también en los canalillos del piso de machimbre. Prosigo. Levanto las pilas de libros que ya no están sobre el suelo. Cuatro tapas húmedas. No hay mayor daño. Voy al patio trasero por cajas de plástico usadas para el transporte de  pollo crudo. Las lavo una por una y las seco. Ingreso con ellas a mi habitación y las volteó. Pongo papel periódico sobre la base de cada una y armo nuevamente pilas de libros. Meto mi cuerpo temblante en cama. Duermo y olvido por unos días lo acontecido. Sigue lloviendo. Sigue siendo difícil encontrar coche. Enero se fue y febrero llegó, lo mismo que la llamada que me pide volver lo antes posible porque la casa se ha inundado de nuevo y hay agua en mi habitación, de nuevo, y esta vez el agua entró también por el techo. Y llego y muevo las pilas de libros del planchador, las muevo y trato de distribuirlas sobre las cajas de plástico, las cajas de pollo contiguas a los libreros. Lleno el vacío que una vez hubo entre ellos y el catre que me aloja, nuevamente, dejándome escuchar las pocas gotas que caen de la calamina de policarbonato. Y duermo, nuevamente, y olvido, nuevamente, lo acontecido mientras sigue lloviendo y hasta granizando y me levanto sin mayor novedad hasta que quiero ir al baño y mis pies descalzos pisan el suelo nuevamente mojado del cuarto que conecta con la sala. En adelante, si no barro a diario el patio, si no quito del sumidero al menos las hojas y los pelos del perro que habita el patio de piso mal nivelado, me siento medio inútil; lo mismo que la casa en que una vez estuvo el “cuarto de libros” que ya no está, la biblioteca privada de acceso público que ya no está, que, allá por los 90, era visitada por vecinos que traían monedas y cédulas de identidad para llevarse libros y revistas. Padre y madre se han llevado casi todo lo que había en ese cuarto, convirtiéndolo así en la habitación de una de mis hermanas. Ambos, papá y mamá, sin quererlo, salvaron de momento a esos libros llevándoselos de la casa que se inundó tres veces en menos de un año y ahora, ellos, los libros, están en la otra casa, están entre bateas, en dos cuartos que, lástima saberlo, ya tienen goteras. Padre, aplazando lo inaplazable, ha invertido y seguirá invirtiendo en libros nuevos que son almacenados en malas condiciones, lo mismo yo, que sigo llenando de libros usados el cuarto que ha de volver a inundarse ni bien descuide de nuevo el sumidero que junta los mechones de pelo del perro que se niega a morir dentro de un inmueble casi siempre cerrado con llave, seco por ahora, seco al fin.

 

Librero – alexis.arguello@gmail.com