Apuntes críticos a la laxitud del rock boliviano

Más de una polémica y protesta ha generado Rompan todo, la docuserie sobre la historia del rock en América Latina, que hace poco ha sido estrenada en Netflix.

No están todos ni todos son lo que son, como todo producto cultural sometido al gran público, más en estas épocas de ira social virtualizada, promueve una serie de miradas críticas y subjetivas a partir de la experiencia y/o conocimiento de quién las emite, por ello, estos apuntes intentan ser, justamente una aproximación crítica a la evolución de nuestro rock y porqué se halla en un estado de laxitud alarmante, si lo comparamos con la evolución de la música rockera de nuestro continente.

Ping pong transfronterizo

La docuserie establece que las grandes bandas del sur, lograron la latinoamericanidad a partir de su propuesta, que además de estar influenciada por la evolución del  rock en el mundo, caminó contestatariamente a los tiempos en los que surgió, alzó su voz contra el sistema conservador, también contra la represión dictatorial y las inhumanas políticas neoliberales que llevaron a la desgracia económica a más de un país. No solo asumió su rol político y social, sino que además buceó en las profundidades existenciales de las generaciones con las que les tocó identificarse. Rompan Todo, establece que esta construcción rockera latina surge en Argentina, da el salto a México, pasa por Chile, llega a Colombia y aterriza en Uruguay. Narra las experiencias de las bandas más emblemáticas, exportables y “globales”  latinas, desde los sesenta para adelante. Flota en el aire la pregunta: ¿Dónde quedó el rol del Perú, Brasil y por sobre todo de Bolivia?.

Juventud con freno

Los rockeros bolivianos no fueron ajenos al movimiento sudaca, intentaron ser parte de él, sufrieron una serie de golpes a los que no pudieron reponerse o acaso les faltó carácter y consecuencia, de ahí que en pleno Siglo 21, continúe vigente la pregunta sobre el por qué nuestro país, no ha logrado presentar una propuesta musical, un grupo rockero que trascienda tanto como lo hizo Sui Generes, Soda Stereo o Café Tacvba o por lo menos, tengamos registro de un hit nuestro que hay ocupado los primeros lugares del ranking latinoamericano.

No se crea que la culpa la tiene el rockero boliviano, me atrevería a afirmar que fue una víctima de lo que al país, le ha costado reconocer y aceptar, la existencia de una sociedad altamente moralista, conservadora, puritana que se dedicó a mutilar a todo espíritu creativo que tuvo la osadía de plantear una alternativa de vida, que no se halle sujeta a la titulocracia más infame, establecida en una serie de profesiones que te sacarían de la pobreza: abogado, ingeniero, doctor, militar o policía.

Colonia y colonialismo

Si bien la colonia en Bolivia pudo traer cosas positivas, más fueron las negativas, la cruz y la espada nos heredaron la discriminación y el racismo como un resorte evolutivo para la construcción de una raza superior, que a lo largo de las décadas fue reforzando el criterio de que lo anormal es una amenaza para la existencia. Por ello un rockero, encajaba a la perfección para ocupar el sitial de lo que podría definirse como el “sujeto peligroso”: el vago, el delincuente, el drogadicto, alcohólico, el hippie, el maricón, el pecador, satánico, entre otras calificaciones. Esta concepción también fue aplicada al escritor, poeta, pintor, actor de teatro/cine, en fin a todo aquel ser que se atrevía a asumir una personalidad propia y buscaba diferenciarse del resto: la oveja negra.

Ante ese nivel de prejuicio, pocas oportunidades tuvieron los jóvenes músicos para imponer su talento sobre los estándares de una familia boliviana, construida a imagen y semejanza de la que tuviera Charles Ingals. Seguir al dios del rock, implicaba una ruptura con la familia y en más de las veces decidir entre la guitarra o el techo sobre el que te criaron. Algunos núcleos no eran tan radicales, te permitían convivir con lo “estridente” pero un tantito lejos, es decir, evitando la contaminación que este pudiese provocar, hasta que se tuviera cierta edad y lograr al menos un empleo que te permita acceder a tus discos y si tu capacidad lo permitía, a un instrumento.

Afiche promocional de “Rompan todo”, docuserie disponible en Netflix. //NETFLIX

Miedo y Censura

Las dictaduras militares también hicieron lo suyo, el mundo cultural hizo resistencia, los que se llevaron la medalla fueron los pintores y escritores, con pluma o pincel defendieron su ideales en busca de una democracia, contaban con un grado de formación mayor y por ende, lideraban los movimientos junto a la dirigencia política, eso no quiere decir que los músicos se hayan quedado de lado, muchos de ellos dieron su vida, fueron perseguidos, encarcelados, torturados, especialmente los que se alinearon en el género de la protesta. Años de terror en los que la bota militar calló a patadas y balazos a todos los artistas.

En este panorama, el mundo rocker si bien se pronunció, su voz crítica fue una de las más acalladas, tanto que su lírica adoptó diversos matices, más celebratoria, cotidiana y hasta intimista de la vida, que de lucha política, marcando así a futuro, una mirada escasamente comprometida con la realidad política, social y económica de la patria, se podría afirmar que en ciertos momentos la mirada  existencialista y egoísta fue la que perduró en sus letras, derivando también en lo conceptual, dotándole de una complejidad que los alejaba de las masas y que reducía a sus seguidores a conciertos de bajo/mediano impacto, antes que el de abarrotar los más grandes escenarios del país. El “catálogo macartista” se encargó del resto, si el comunismo te robaba a tus hijos, el rock te los llevaba al infierno de las drogas.

Católicos y cristianos

El sistema educativo, arropado por las creencias católicas y evangélicas fue el principal propagador de la censura, el rock era pagano, ateo, por tanto satánico. El que se dedicara a ello, no solo perdía el alma, también podría arrastrar con la maldición celestial al resto de la familia, de ahí que el rockero no solo era censurado, estigmatizado en las calles, también perseguido y vigilado en los colegios y casas, se priorizó el corte firpo sobre la melena, el vestido largo sobre la minifalda.

Añadamos a esta conjunción divina y estética de niños y niñas bien, el rol de los medios de comunicación, la tele y la radio no dejaban de  emitir criterios negativos contra el rock y sus estrellas, especulando sobre los mensajes subliminales que llegaban en los discos de rock al escucharlos al revés y las invocación a Satán, fortaleciendo así una tendencia consolidada en las radios nacionales, no se ponía rock porque arriesgaban la salud mental de la audiencia, provocando que los escasos grupos rockeros nacionales no encuentren  eco y promoción para que su propuesta musical irradie, siempre y cuando haya tenido la suficiente fortuna para grabar un cassette, un disco o que la censura haya creído que su propuesta era inocente, quedan en el registro varias emisoras heroicas por el rock.

Sin apoyo, sin producción

A este réquiem rockero hay que añadirle la escasa visión de la producción musical en Bolivia, concentrados en promover grupos folcloristas, cumbia y chicha, fueron negando la irrupción del rock nacional. Al ser muy escasos los apoyos que la industria discográfica les diera, tenían que estar muy seguros de que eran un éxito para permitir que estos grabaran un vinilo, preferían cultivar una cultura alienada antes que nacional, lo extranjerizante imponía las pautas sociales, de comportamiento y culturales, que terminaba absorbiendo a la ya debilitada identidad nacional, deformando así las audiencias, que prefieren “covers” antes que animarse a  disfrutar una propuesta musical. Las pocas casas productoras que se animaban asumían un rol quijotesco invertían sus pocos recursos, yendo a mitades con el grupo, a tres cuartos o simplemente apostando por ellos, a condición de que sean los músicos quienes paguen la producción total.

Consecuencia y fuga

Otro elemento que marca la carrera y existencia de los grupos rockeros de Bolivia, además de pocos que eran y, ante un permanente panorama adverso, era una falta de consecuencia. Esto se daba por la cantidad de conflictos que surgían en el interior de las bandas: se peleaban, dividían, duraban muy poco o simplemente abandonaban las formaciones en busca de un mejor destino que no necesariamente era el rock, ya sea un grupo musical  comercial, un trabajo formal o el regreso a la universidad. Casi en paralelo también se dio el fenómeno que muchos de ellos, los más talentosos o económicamente mejor sostenidos, optaban por irse a los Estados Unidos en busca de la fama y fortuna, interrumpiendo así lo que podría haber sido la carrera de un gran grupo rockero boliviano. Al paso del tiempo, regresaban, sin mucho éxito a las espaldas, reunían a la vieja banda, un par de conciertos nostálgicos y luego volvían a desaparecer, asumiendo que la química se había perdido. El evangelismo también hizo su juego, convirtió a muchos talentos en entes celestiales que renegaron de su origen y terminaron arrepintiéndose de sus pecados en el coro de una iglesia.

El gran pecado

Si de algo, hay que acusar al rockero y de esto no puede hacerse a un lado, es sobre la falta de formación que pesa sobre su ser, la poca capacidad crítica para entender a su sociedad en más de una ocasión le cobró la factura, banalizando su propuesta musical, no siendo exigentes consigo mismos,  este hecho provocó que su aceptación sea mínima o si bien, tuvo un par de éxitos, estos no trascendieron en la historia musical.

Son escasos, los grupos que han marcado carrera con propuesta, y creatividad, quizás Wara sea el único que ha sobrepasado las decena de discos  y consolidado una  trayectoria  que tristemente quedó atrapada  en nuestras fronteras. Existen  otros grupos longevos en Bolivia, pero escasamente comprometidos, siguen vigentes gracias a sus viejos éxitos, pero no a nuevas propuestas, como Octavia, que en su peor momento parodió al pueblo cuando este protestaba contra el saqueo neoliberal y la pobreza que provocaba con el bloqueo de caminos. Es probable que el destino de todos ellos hubiese sido distinto, si hubiesen construido una simbiosis con las necesidades de su público, si habrían cantado sus alegrías y penas, desde un plano altamente rockero, cualquiera sea su subgénero, de ahí que les cueste arrasar con las masas, entender a su pueblo.

El presente sin presente

En la actualidad Bolivia sigue esperando a ese gran grupo de rock que cruce fronteras, que coloque hits en los primeros lugares latinoamericanos, reconocido en todos los países de Sudamérica, como una propuesta alternativa.

Si bien se establece en Rompan Todo, que el rock latino está hibernando una nueva propuesta, espero que en Bolivia también esté a punto de despertar, pero debo ser sincero, ante las propuestas musicales edulcoradas con el mote de rockero que existen en la actualidad, poca profundidad encuentro, ya que hemos vuelto a la misma rosca de siempre, la élite consumiendo a su propia élite, negando la realidad.

Me quedo porque me gustan, con los grupos que a lo largo de historia han logrado enfrentarse al sistema y a la represión, como los punks de Secuencia progresiva y Scoria, el movimiento under paceño y sus distintas bandas: Arise, Sabhathan, Macro Desperdicio. A los políticamente comprometidos de OM, a los heavys y efímeros de Track, la locura urbana de Atajo. Con los Wara arriesgando el pellejo, al gritarles a Banzer y Videla que compartan su banquete con los pobres, según cuenta el historiador musical Marco Basualdo. Con las decenas de hip-hoperos alteños que han surgido después de Octubre Negro, reforzados ahora con las Masacres de Senkata y Huayllani.

Rechazo profundamente a esos músicos del “establishment” que tocan desde sus aburguesadas tarimas para los gobernantes de turno, que les gusta codearse con el jet set político intelectual convenenciero, que no saben qué es democracia. Que entienden a los golpes de Estado como procesos transitorios, a esos, hay que dejarlos nomás pasar, como el agua de un río que nunca va poder reconocer que en este país no hay un pueblo, sino cientos de pueblos que están todavía esperando la potencia rockera que cante su voz.  ¡Rockea Bolivia y rompe con todo, que ya es hora!

Autor/a: Víctor H. Romero

Escritor