Radionovela

Un ser en vías de extinción, eso era yo de adolescente. Vivía en el campo, ir al colegio era un viaje alucinante que empezaba en la madrugada con el grito del gallo de la vecina. Después de volver del colegio donde hablaba hasta por los codos, como me decía mi profesora, la tarde y parte de la noche quedaba suspendida en un gran silencio que solo se rompía cuando hablaba con los árboles, los pájaros y dos grandes perros de la casa. Estaba segura que eso era lo que se hacía, lo hacía Blancanieves, lo hacía Cenicienta. Una noche, en el bosque a lado de la casa, llegó un grupo grande de chicas scouts de la ciudad y me invitaron a cantar con ellas. Prendieron una gran fogata, las guías mayores sacaron guitarras y nos sentamos alrededor del fuego, contaron historias de terror, gritábamos y llorábamos mirándonos, sintiendo nuestras caras rojas por el reflejo del fuego y de nuestras ardientes miradas. Cuando se fueron al día siguiente, mi corazón estaba hinchado, reía al recordar las risas, y durante varias noches revivía sus historias, sus nombres, sus caras. Y me di cuenta de algo, que estaba sola. Sentí por primera vez, que las conversaciones con mis otros amigos, aunque reales, no lograban lo que las historias de estas chicas de mi edad lograban: saltar, como chispas de una fogata, de una persona a otra.

Puede que contar una historia no te cambie, pero esa historia se queda en otras personas, vive ahí. Anida, crece, transforma y, cuando sea necesaria, acompaña.

Algo de cavernícola tenemos todos cuando nos sentamos con un amigo o familiar o con un grupo de chicas y nos contamos historias. Lo hacemos hace miles de años siguiendo ese impulso primitivo que sale de nosotros cuando, sentados alrededor de un fuego, dentro de una caverna con las manos embadurnadas de pintura vegetal, en el palacio de un sultán en Medio Oriente, en el cine, en la radio, en los libros o en los muros de Facebook, empezamos a relatar historias. 

Esa simple y, a la vez, compleja dinámica de “contar historias” que nos permiten acercarnos a otros, compartir con otros las mismas emociones, problemáticas y sentimientos son la materia prima de una radionovela que se estrenó a nivel nacional en marzo de este año, en 15 radioemisoras del país y que tiene como título esa palabra caliente y química como es “Calicanto”.  La radionovela es una producción del programa “Estamos a Tiempo” impulsado por la organización PCI Media, con sede en Nueva York, y que durante los últimos doce años ha consolidado una metodología, llamada “Mi comunidad”, para promover procesos de apropiación y educación por el entretenimiento.

“Calicanto” es la historia de un grupo de adolescentes, Sara, Jonás, Jessica y Leo,  que empiezan a vivir sus primeros amores y sus primeras aventuras con la sexualidad. Viven en la ciudad de Calicanto, en un entorno conservador y machista. Poco escuchados por los adultos, sin espacios donde hablar abiertamente sobre los cambios en sus cuerpos, en sus sentimientos y sus sueños se entregan a la música creando una banda, “Rebelión Flow” que será el lugar y el medio donde expresar sus emociones, miedos y experiencias compartidas. Mientras los adultos esperan de ellos, lo que todos los adultos, que encuentren una carrera, un trabajo seguro y formen una familia a toda costa y a cualquier precio.

“Calicanto” expone las historias de cada uno de estos adolescentes que, de una u otra manera, se enfrentan a los grandes riesgos y miedos de comenzar una familia a temprana edad, con un embarazo adolescente o no, pisando todo el tiempo un terreno cenagoso del que ni la escuela, ni la familia, ni las redes los podrán sacar. “Calicanto” habla sobre los padres que no hablan, los maestros que no acompañan, los medios de comunicación que no comunican y de cómo los adolescentes, lanzados a este enorme agujero negro, deben encontrar juntos las maneras seguras de atravesar colectivamente esta etapa cumbre de la vida.

El lema de PCI Media: “contando historias, cambiando el mundo”, podría bien haber sido el lema de esa adolescente que, cada vez que se sentía sola, revivía las historias que unas chicas scouts le dejaron una noche alrededor de una fogata. Porque es así, contamos historias sí, pero sobre todo las cosechamos. Las buscamos en todos los soportes que nos da el mundo moderno, las guardamos y, las que nos tocan, las recordamos siempre porque nos transforman.

Así es como empieza esta radionovela, no con la semilla, con la cosecha.

Antes de crear la historia de “Calicanto” que tiene, entre uno de sus objetivos, poner en la mesa de discusión la prevención del embarazo adolescente, PCI Media, junto a los responsables del proyecto, Johnny Anaya y Mónica Suárez, salen en busca de historias y personajes de la vida real que han atravesado o están atravesando situaciones donde la falta de información, la sombra del tabú sobre la sexualidad o las prácticas culturales del lugar afectan a miles de familias y de adolescentes.

El tiempo de cosecha es el que da sentido y humanidad a las historias que luego serán parte y carne de la radionovela. Una de las cualidades más poderosas de las historias -lo dicen todos los expertos- es que tienen que ser auténticas para poder tocar y transformar al otro. Ser honestas y salir de lo más hondo de nuestras vivencias. “Si me quieres, dame una prueba” es lo que más escuchan las adolescentes en un barrio de El Alto, en La Paz.  “No me gusta, tu amigo” es otra que escuchan adolescentes, madres y mujeres de todo el país. Es el mismo “No me gusta tu amigo” que le suelta Guille a Sara en la novela. Esas historias recogidas como espigas de trigo maduro de campos y ciudades de todo Bolivia, son los relatos de machismo, de soledad y de vulnerabilidad que forman parte de la historia de la radionovela.

Cosechadas las historias, son ahora, la materia prima de “Calicanto”. La radionovela guionizada por Laura Derpic y Johnny Anaya, convierte la cosecha en alimento. 21 capítulos que cuentan con la dirección de Alejandro Molina, el diseño sonoro y edición de Mikael Bildt, la música de Francisco Aguilar, Alejandro Ustarez, Jorge Zamora y Mikael Bildt, letra de las canciones escritas por Julia Peredo, Kevin Nava y Karen Oporto, cantadas por Santiago Noya, Stephany Ardaya, Ma. Jose Boliviar, Karen Oporto y C-Lau. Y una larga lista de actores consagrados y emergentes como: Carlos Ureña, Luis Bredow, Melita del Carpio, Stephany Ardaya, Santiago Noya, María José Boliviar, Romel Vargas, Rebeca Anaya, Ariana Vaca, Ana Maria Vargas, Jaqueline Sandoval, Ivette Mercado, Felipe Pan Kai, Elisabeth Salazar y Angelo Saavedra.

El poder de las historias que el programa de “Estamos a Tiempo” recoge y documenta para la novela adquiere un poder multiplicador cuando se las pone en el formato de radio. Un formato que obedece a una larga tradición de educación y transformación en el país.  El comunicador José Luis Aguirre Alvis, en su artículo “La radio boliviana en el largo trayecto de educar contando historias: el caso del programa “Voces nuestras“, apunta acertadamente que: “Siendo que las culturas andinas, o de gran parte de los pueblos indígenas de Bolivia, son predominantemente orales, el uso del drama en la radio ha sido uno de los recursos de mejor convocatoria para sus audiencias, ya que este formato daba continuidad a este tipo de prácticas comunicacionales anteriores a la llegada de este medio”.

La radio como medio comunicacional para transmitir el mensaje que estas historias cuentan, se complementa con el trabajo que hacen los radialistas y comunicadores de radioemisoras a nivel nacional que convierten sus estudios en una fogata que sale al aire y a la que invitan a alumnos, gente de la comunidad y autoridades para escuchar juntos con la audiencia la historia de estos adolescentes en Calicanto. Luego conversan y discuten la temática que acaban de escuchar desde sus propias vivencias.

En definitiva, “Calicanto” no es solo una historia que ocurre en una ciudad hecha de pedazos, de una banda de música con varios anhelantes corazones, de pasiones y de confusiones; si no, son muchas historias. Historias cosechadas, historias que pasan de unos a otros, historias que nos sanan, que nos alimentan. Historias que nos unen, que nos permiten hablar de nuestras propias historias al calor del fuego, viendo pedacitos de las brasas naranjas que saltan de una persona a otra, de una niña a otra, de un adolescente a otro, de un tiempo a otro, de un mundo a otro mejor.