Agustín Lara, a cincuenta años de su muerte

Cristian Vitale/Página 12

Ultraceloso y empedernido infiel, a la vez. Amante de todas, enamorado de una, también. O de una, de a una, a contar por todas las mujeres con las que convivió. Pocas composiciones en el largo y ancho mundo de la música popular latinoamericana, entonces, que hayan conjugado vida y obra como la de Agustín Lara. Pocas entre sus canciones más emblemáticas escapan al monotema del amor y sus giros eróticos. Casi ninguna en la que no haya una mujer como musa, celebración o perdición. Como inspiradora de poemas, o causante de depresiones y soledades. Otro tiempo, claro.

Tanto, que el pasado 6 de noviembre se cumplió 50 años de su muerte, aunque no parezca. Y no es que murió joven. Cuando ingresó al hospital inglés de Ciudad de México -fruto de un sufrimiento que arrastraba de años por mezclar tabaco, coñac y malos hábitos alimenticios- tenía 73 años. Según él, había nacido en el siglo XIX -el 1° de octubre de 1897- bajo un nombre imposible de nombrar sin trabarse: Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino. Su cuna, siempre siguiendo su versión, fue Tlacotalpan, colorido paraje ubicado al sureste de Veracruz.

Otras fuentes, por contrario, afirman que en realidad su madre, la profesora María Aguirre del Pino, lo parió tres años después en el centro histórico de CDMX, y que después sí se mudaría de niño a los lindes del Golfo. Pero él nunca asintió tal origen. Ni otros descarados, con menos sustento histórico. “Yo nací a orillas del río Papalapuan”, solía repetir. La excusa, el sentido del origen, era apropiarse del caudal de estrellas -en sentido poético, claro- que alumbraban esas aguas. También del sentir jarocho propio de la región. Como fuere, sí es cierto que “el siluetas” -tal como lo llamaban por su delgadez- atravesó adolescencia y juventud en bajos fondos, ladeado por prostíbulos donde dio sus primeros pasos musicales en carácter de pianista de valses, tangos y foxtrot. Trabajaba de 21 a 3, todas las noches, y las meretrices le daban cobijo y lo formaban emocionalmente. Tal vez de ahí venga eso del “poeta feo” que pudo llegar a mil mujeres, o aquello otro de redentor de prostitutas, o de vate con “alma de pirata”, que impregnaría la esencia de sus canciones y de su vida.

Fue la década del ’30 la que le deparó el brillo y el renombre en la escena de la música romanticona, tras un decenio anterior que lo había forjado al piano entre cafés y cabarets. Aquel fue el momento de sus primeras composiciones (“Marucha” y “La prisionera”, entre ellas) y del lapsus en que su cara, como la de cualquier pirata que se precie, quedó marcada para siempre cuando una despechada corista de nombre Estrella le estampó una botella partida en el rostro.

Tatuado con un tajo real fue entonces que Lara inició sus años más prolíficos. Sus temas explotaban en las radios, en los teatros, en los cines y, sobre todo, en las giras que encaró por Sudamérica. En una de las paradas en Buenos Aires, incluso, fue que concibió una de sus composiciones más festejadas: “Solamente una vez”, escrita en honor al tenor español José Mojica. Otras fueron las que escribió pensando en el más intenso de sus mil amores: María Félix. En ella, su principal musa, se inspiró para concebir “Aquel amor” y “María bonita”, clásicos de la música con flores y moñito, a la altura de “Arráncame la vida”, “Aventurera”, “Amor de mis amores”, “Lamento jarocho” o “Te vi al pasar”.

El cine fue otro de sus focos. Se destacó actuando en Coqueta perdida, Señora tentación y Revancha – todas de la década del cuarenta— y fue el creador de la banda sonora de algunas otras como México lindo o Virgen de medianoche. Su  luz se apagó al compás de la del tango, género con el que el mexica también coqueteó. Al cartel impresionante de las décadas del ’30, del ’40 y parte de la del ’50, le sucedió una decadencia empujada en parte por los cambios en los gustos musicales de los pueblos, y en parte también por su propia caída física y emocional. Una brava operación de vesícula primero; la fractura de la pelvis, después; y el coma de 23 días, tras el derrame de noviembre del ’70, le soltaron la última mano hace exactamente cincuenta años.

Los restos de Agustín Lara forman parte de la Rotonda de las Personas Ilustres del Panteón de Dolores, en CDMX, y sus estelas continuaron en émulos, seguidores o intérpretes. Entre ellos, Carlos Gardel, Hugo del Carril, Juan Arvizu, Pedro Vargas, Alejandro Algara, Caetano Veloso, Manuel Mijares, Joao Gilberto, Joaquín Sabina y Hugo Avendaño. Entre ellas, la tremenda María “Toña” Alvarez, Ana María González, Chavela Vargas, Libertad Lamarque, Tania Libertad, Ramona Galarza, Josephine Baker y Natalia Lafourcade. En él, en ellos y en ellas perviven las más de setecientas piezas, entre boleros, pasodobles, baladas, tangos y pasacalles, que Lara le extirpó a su desenfrenada existencia.