30 años de Mi pobre angelito: ¿Por qué sigue funcionando?

Es la película que arrasó con los récords de taquilla y creó a la que probablemente sea la mayor estrella infantil desde los tiempos de gloria de Shirley Temple. Es la comedia navideña que permaneció en las salas de cine hasta mucho más allá de las Pascuas. Treinta años después de su realización, sigue siendo querida, incluso venerada. Los fanáticos han hecho una costumbre de verla cada Navidad.

Estrenada en los cines de Estados Unidos el 16 de noviembre de 1990, la película presenta la historia de Kevin McAllister (Macaulay Culkin), el chico de ocho años con ojos saltones que quedaba olvidado en su hogar de Chicago cuando su mamá, su papá y todos sus hermanos se van de vacaciones a París. Tal como proclamaban los afiches del film, era “una comedia familiar sin la familia”. En ausencia de sus seres queridos, el pequeño Kevin cocina, limpia… y “patea algunos traseros”.

El contexto navideño, el panegírico a los valores familiares, el encantamiento y el terror de Kevin al ser dejado solo en casa le da a la historia su magia, del mismo modo que la violencia slapstick que campea en la última parte. Un par de torpes ladrones (Joe Pesci y Daniel Stern) planean saquear el lugar, pero Kevin está preparado para recibirlos. Así arma ingeniosas trampas cazabobos por toda la casa que van frustrando a los desafortunados Harry y Marv.

Gracias a Mi pobre angelito y su secuela, Culkin se convirtió en una celebridad global. En el papel de Kevin tenía una naturalidad que inundaba la pantalla, con un encantador aspecto de querubín pero capaz de desatar toda una cadena de travesuras anárquicas que mantenía a raya el mero sentimentalismo. Casi todos lo amaron.

Curiosamente, el único que grupo que realmente no toleró a la nueva estrella o a la película fue una parte de la prensa. Tres décadas después, aún es difícil no sorprenderse por el desprecio y la malevolencia de muchas de las primeras reseñas de Mi pobre angelito. Es como si los críticos tuvieran por Kevin el mismo resentimiento de Harry y Marv, quienes, en un momento de la película, ponen al pilluelo contra la pared y amenazan con quemarle la cabeza con un soplete.

“Los niños se deleitarán con las subversivas actividades del pibe inofensivo convertido en héroe. Pero yo me resistí desde el momento que encontré a Macaulay Culkin peculiarmente repelente”, se lee en una reseña en la que la periodista detalla el extraño efecto que le produjo el actor, causándole incluso una reacción alérgica. La película fue desdeñada como “otra pequeña comedia infantil del montón” del prolífico guionista y productor John Hughes.

El proyecto tiene sus orígenes en el deseo de Hughes de hacer una película de temporada. “Habíamos hecho Mejor solo que mal acompañado (1987), que giraba alrededor del Día de Acción de Gracias, y John dijo ‘Necesito una película navideña’. Esta fue su película de Navidad”, recuerda Gotch. Hughes escribió Mi pobre angelito en dos semanas. Exhausto por haber hecho varias producciones en un corto período de tiempo, no quería dirigirla él y le envió el guion a Chris Columbus, a quien admiraba por su debut cinematográfico Una noche por la ciudad (1987).

Mi pobre angelito ahora figura junto a Mary Poppins, Star Wars, La bella y la bestia, The Avengers y otros clásicos familiares surtidos y películas de superhéroes presentes en el menú de la nueva plataforma Disney+. Es un hogar bastante extraño: la película fue producida a través de los Fox Studios de Rupert Murdoch, que tomó el proyecto cuando Warner Bros. se resistió a darle luz verde por el presupuesto y el riesgo de tener un chico como protagonista. Fox fue adquirida por Disney a comienzos de 2019. Culkin, entonces, está hombro con hombro con Mickey Mouse. Pero es algo bastante alejado del típico canon de Disney.

Entonces, ¿cómo luce Mi pobre angelito hoy? Teniendo en cuenta el panorama de las películas “de vacaciones” del mainstream, todavía se ve refrescante y sorprendentemente subversiva, una película que flirtea con la oscuridad antes de terminar con un tono luminoso, de redención. Empieza como una típica comedia familiar, con la numerosa prole preparándose para viajar a París. Los hermanos se molestan unos a otros. Las comidas son orgías de gaseosas derramadas y pizzas a medio comer. Kevin es hostigado sin descanso por su abrasivo hermano mayor Buzz (Devin Ratray).

Una vez que tiene toda la casa para él y ya se aburrió de atiborrarse de comida chatarra, Kevin se mete con las posesiones privadas de la familia. Estas incluyen una copia de Playboy de su padre, que escruta con una desconcertada curiosidad. Nuevamente: es un toque fuera del ritmo habitual, que una comedia familiar de Disney más convencional no hubiera incluido. La historia se mueve con velocidad, pero inicialmente es benigna. Solo más tarde se libera a la tarántula, y los ladrones se paran sobre filosos adornos de Navidad rotos y reciben una plancha en la cabeza.

A pesar de su escenario suburbano, la película tiene un costado mítico. Buena parte de Mi pobre angelito está filmada desde la perspectiva del chico. Kevin es tan pequeño que su casa de Chicago parece tan vasta como un castillo medieval, con un sótano tan grande y oscuro como una cripta.

“Al poner todo desde el punto de vista del chico, queríamos que todo se sintiera grande, más grande que la vida”, recuerda el director de fotografía Julio Macat. La dramática banda de sonido de John Williams agrega otro matiz a la sensación de épica. La película puede haberse realizado hace tres décadas, en una era previa a los smartphones y las redes sociales, pero no se siente atrapada en su contexto temporal como muchas otras películas de la época. Columbus y sus colaboradores fueron a extremos muy exhaustivos para hacer que la película se viera espléndida, cálida y elegante, darle la misma cualidad atemporal que puede encontrarse en las mejores adaptaciones al cine de historias de Charles Dickens.

El genio de la performance de Culkin reposa en su combinación de inocencia y malicia. Se ve absolutamente inocente, pero tiene un disfrute casi sádico en infligirle dolor y humillación a Pesci y Stern. Es un chico de clase media calculador, de un contexto social opulento. Ellos son unos ladrones tontos, de poca monta, que son severamente castigados por intentar robarle a los ricos.

Como apuntó Kirk Honeycutt, biógrafo de Hughes (quien murió en 2009), Mi pobre angelito puede ser vista como una versión cómica de Perros de paja (Sam Peckinpah), en el que un académico interpretado por Dustin Hoffman protege su hogar de invasores y muestra una inesperada tendencia y capacidad a la violencia, y la asume. Hughes había trabajado con Culkin en Tío Buck (con John Candy), y sabía que el actor infantil era perfecto para interpretar al protagonista. Columbus estaba determinado a encontrar a su propio Kevin, e hizo audiciones con cientos de candidatos antes de finalmente admitir que Hughes tenía razón. Culkin podía ser el Kevin ideal.

La elección de casting fue crucial. Kevin tenía que ser ante todo querible, o la película se arriesgaría a espantar a las audiencias. Si lo veían como un mocoso insoportable, la magia se evaporaría de la historia al instante. Pesci le da a la película una rispidez y acidez cómica que sirve para balancear sus momentos más sentimentales. Tomó el rol inmediatamente después de haber encarnado al temible gangster de Buenos Muchachos. Tal como recuerda Macat, inicialmente debió luchar con un guion que no le daba la libertad de pronunciar malas palabras, y eso solía ser una parte esencial de su armadura: se calcula que en Buenos muchachos el actor pronunció la palabra “fuck” y sus derivados unas 150 veces. Por obvias razones, en Mi pobre angelito no tenía permitido pronunciarla ni una vez. Después de todo, era una película familiar. Y tampoco podía maldecir fuera de cámaras cuando el chico estaba en el set.

“La mayor preocupación de Pesci cuando Macaulay no andaba cerca tenía que ver con eso. ‘¿Cómo carajos voy a hacer esto sin decir lo que quiero decir?’, nos decía”, recuerda Macat. La solución del actor fue improvisar su propio léxico, murmurando palabras no ofensivas, placebos que ocuparon el lugar de los insultos reales. Y también le subió el tono a la furia.

Mi pobre angelito tuvo su secuela. Perdido en Nueva York (1992) es considerada por Columbus una mejor película que la original. Macat recuerda que “quitamos de en medio todos los frenos” para hacer que funcionara. “Fue como nuestro premio por haber hecho un buen trabajo. Fue como ‘OK, aquí tienen su trofeo, vayan y háganlo de nuevo, si pueden traten de hacerla tan buena como la primera’.” Ni siquiera la presencia de Donald Trump arruinó la experiencia. El futuro Presidente puso en marcha un típico juego para robar pantalla durante lo que se suponía que iba a ser el más breve de los cameos en el Plaza Hotel. Macat tiene una foto de Columbus y él mirando a Trump con expresión francamente dolorida.

Pero fue la primera película la que rompió los récords de taquilla. Entonces y ahora, los críticos tenían sus dudas, pero aquellos que trabajaron en la película han pasado años tratando de desentrañar por qué resultó tan duradera. Treinta años después, Macat cree que consiguió develar el secreto de ese éxito. “No teníamos idea de que conseguiría lo que consiguió. Ahora que llevo 30 años pensando en ello, diré la razón por la que hizo lo que hizo: fue el hecho de que el chico estaba empoderado para defender a su hogar del hombre de la bolsa. Poner eso como un mensaje internacional, darle a un chiquito que tiene miedo de lo que haya en el armario el poder de proteger su casa: eso resonó en todos”, reflexiona el profesional. “Es el mensaje lo que hace tan especial a la película”.

Luego de interpretar a Buzz en Mi pobre angelito, el actor Devin Ratray trabajó con directores como Steve Soderbergh y Alexander Payne pero generalmente considera su personaje como el descuidado, nauseoso, adicto a la pizza hermano mayor, atormentador en jefe de Kevin, como el personaje por el que lo recuerdan todos. Como Macat, tiene sus propias teorías sobre por qué la película tiene un encanto tan duradero. “No tenés que hablar un lenguaje en particular para responder a una comedia con tanto slapstick visual. Eso es universal”, reflexiona el intérprete. “El miedo a ser abandonado por tu familia pero también el júbilo de no tener una familia, la libertad de no tener padres o hermanos que te hagan bullying; además, toda fantasía de un jovencito de convertirse en el protector de su hogar y superar en intelecto a los tipos malos que quieren entrar por la ventana… la película aludió a todo lo que los chicos temen y les gusta en un nivel en el que a los adultos también les podía atraer”.

En otras palabras, Mi pobre angelito es una comedia familiar que encantó a las audiencias en un nivel primario que hizo que la negativa recepción que tuvo por parte de la crítica no hiciera ninguna diferencia. Es por eso que millones de personas volverán a verla en las próximas semanas, mientras que nuevas generaciones de jóvenes espectadores la buscarán para regodearse con ella por primera vez.

Geoffrey Macnab

*De The Independent de Gran Bretaña.