24 Festival de Cine de Lima: Memoria viva, cineterapia y la preservación de la identidad indígena

La edición 24 del Festival de Cine de Lima ha arrancado y será el primero importante de la región en contar sus experiencias en su primera versión totalmente en línea y por streaming, disponiendo, hasta el lunes 31, 28 películas en competencia (15 de ficción y 13 documentales). Algunas de ellas ya han sido estrenadas en las muestras del año pasado de Mar de Plata, Berlín e IDFA. Las del 2020 aún afrontan su agenda de exhibición, con un par proyectándose en el Festival de Málaga, que se celebra de manera paralela pero presencial.

Habiendo ya visto un corpus importante de los filmes, se puede evidenciar las tendencias, tanto a nivel de contenido como formal, que se repiten y son constantes en las películas. No se quiere ingresar al pantanoso terreno del género, sino más bien visibilizar las corrientes, temáticas y formas de abordar estas preocupaciones, que evidencian un auténtico cine latinoamericano, que al mismo tiempo es un testimonio del tiempo real que vivimos.

Los hijos y nietos de la generación que sufrió la agitada situación social y política del continente, que se puede abarcar desde la segunda mitad de 1960, hasta el regreso de las democracias en 1980, conforman esta camada de cineastas que reavivan las memorias de sus antepasados, en algunos casos, para alertar sobre un nuevo desbalance que amenaza a Latinoamérica. Es también común ver como los directores hacen de protagonistas a sus familias, exponiendo sus relaciones y conflictos, haciendo del cine una especie de terapia. Finalmente, se identifica al cine rural e indígena indispensable para el continente, en una lucha para mantener viva su identidad con el peligro de desaparecer

Memoria viva

Uno de los recursos narrativos que más se repite en el 24 Festival de Lima son las imágenes de archivo. Abundantes en formas de declaraciones o actos públicos, en formato de video y sonido en eventos de interés social, pero también proliferan los tapes personales y de familia, contrastándose entre ambas. Es el caso de Fico te devendo uma carta sobre o Brasil (2019), cinta en la que su directora, Carol Benjamin, cuenta la tortura y represión que sufrió su padre, César Benjamin, un activista en la época del régimen militar brasileño. Fue metido a presión a los 17 años, sufriendo una condena de adulto, sin juicio. Estuvo cinco años encerrado, tres y medio en una celda aislada. Ahora, se negó a participar del filme.

Fotograma de Fico te devendo uma carta sobre o Brasil

La verdadera protagonista del filme es la abuela de Carol y madre de César, Irimaya, quien encarna una lucha y movimiento social que promueve la amnistía internacional en un intento desesperado de salvar a su hijo. La herencia juega un papel importante, al preguntarse la directora con un hijo recién nacido, si está dispuesta a sobrepasar los mismos límites que sobrepasó su abuela para luchar por su padre. La realizadora se apoya en cualquier elemento o documento que de vida al pasado y lo transporte al presente, como son las cartas y fotografías.

Una alerta es lanzada, al resaltar Carol que ahora un hombre afín a los métodos extremo, romántico del sistema castrense y que cita a los mismos que torturaron a su padre, ahora gobierna su país.  La noción de un ingreso a una nueva fase política con tintes autoritarios en el gigante suramericano está siendo un eje central en la cinematografía brasileña. Es igualmente abordado en Fé e Fúria (2019) de Marcos Pimentel, también presente el festival o en la nominada al Oscar, Democracia em Vertigem (2019) de Petra Costa.

Fico te… vendría ser la contrapelícula de la boliviana Algo quema (2018), en el contexto de las películas que podríamos llamar “nietas de la dictadura”.  Mientras la segunda toma a un personaje público e histórico, como es Alfredo Ovando Candia, para particularizarlo y contar una historia desde la intimidad familiar; la primera parte de un relato familiar para hacerlo representativo y denunciar lo que padecieron los cercanos de los presos, en general. Si Algo quema toca de manera tangencial lo político, Fico te… lo exalta.

Sin embargo, ambas coinciden en el uso de imágenes pasadas, en su abordaje de los protagonistas de una misma fecha y, sobretodo, en su mensaje de no tenerle miedo al pasado.

Cineterapia

Otro recurso bastante empleado en los filmes que componen el festival son las narraciones en primera persona, de la misma voz del autor. No se detienen en una descripción de los hechos, sino en cómo se sentían y qué les preocupaba en los momentos que son filmados o recuerdan. Utilizan el cinematógrafo para solventar cuestiones personales o familiares, o al menos volver a abordarlas. En El canto de las mariposas (2020) de Nuria Frigola, el artista plástico Rember Yahuarcani se adentra en la amazonia para conocer más sobre los relatos de su abuela, una de las ultimas sobrevivientes peruanas de la comunidad uitoto.

Sin embargo, la cinta del festival que mejor representa esta tendencia es Dopamina (2019), una cinta básicamente compuesta de sesiones terapéuticas, en las que se reflexiona y recuerdan momentos íntimos, de la directora, la colombiana Natalia Imery, con sus padres, militantes universitarios en la época dictatorial. Entra en juego la brecha generacional, chocando la concepción de libertad de Natalia con sus progenitores, al no aceptar, o al menos entender, la orientación homosexual de su hija.

De la misma línea es A media voz (2019), una codirección de las cubanas Heidi Hassan y Patricia Pérez y largometraje documental ganador de la más reciente versión del IDAF. La película es el medio para la reconciliación de las viejas amigas, dos emigrantes que hacen que la cámara las acompañe en su día a día, en su cotidianidad y que les permite entablar una correspondencia audiovisual en la que hacen una retrospectiva de sus vidas, desde que dejaron la isla. La vida misma es la trama.

Son capturados en imágenes los momentos de frustración, dilema, soledad e impotencia que pueden traer la supervivencia a la inmigración, mientras se resisten a dejar su necesidad de hacer cine. Es una forma de duelo, una mirada casi existencialista a cómo las aspiraciones, tan enormes a un principio de la juventud, se van reduciendo, hasta llegar a ser del tamaño de la realidad. Destaca la agilidad y disposición cinematográfica de las realizadoras para contar una historia atrapante y fluida.

La identidad indígena

La migración campo-ciudad, el movimiento de regreso a lo rural y la posterior alienación de no encontrar un lugar ni en la modernidad de la ciudad ni en las costumbres del campo son elementos que atraviesan prácticamente la historia moderna del cine latinoamericano y que proliferan en el festival de lima, que en las películas que he visto ya he encontrado tres idiomas nativos: el quechua, desano y munuka.

Todos los componentes recién descritos hacen parte del documental peruano Mujer de soldado (2020) de Patricia Wiesse. Tomo como primer ejemplo al filme porque evidentemente cumple con las características de este “estilo” de producciones, pero también resulta terapéutica, al encuadrar a Magda Surichaqui, una de las indígenas víctimas de violaciones sexuales sistemáticas por parte de militares que instalaron bases en la localidad de Manta (del departamento Huancavelica), y de apelación a la memoria, recordando el trauma militar que parece estar más vivo que nunca en la cinematografía latinoamericana.  La cinta presenta un modelo narrativo similar al de ficción, explicada la trama a través de diálogos, sin ningún conductor. Manta adquiere un peso importante en la película, en un lado por lo visual, fotografiando con planos gran angulares a la contradictoria sierra, tosca por lo árida, pero con reminiscencias de tierra fértil y verde; y por el otro, por los mismos comunarios que revelan una sociedad indígena machista y retrograda que se justifica de manera vergonzosa.

Fotograma de Mujer de Soldado

La dificultad en la inserción social, la inadaptabilidad al mundo moderno metropolitano y el distanciamiento con el “hombre blanco” son el abanico de temas de A febre (2019), ficción y ópera prima de la brasileña Maya Da-Rin, ganadora de la competencia Latinoamericana en el festival Mar de Plata 2019. El actor Regis Myrupu se llevó el premio a Mejor Actor en Locarno por su interpretación de Justino, un miembro de la comunidad indígena de los Desana que trabaja como guardia en un puerto de aduana de Manaus, quien empieza a tener una misteriosa fiebre, al momento que su hija recibe una beca para irse a estudiar a la universidad.

Su carácter rural con un toque surrealista recuerda a Lazzaro felice (2018). Termina con un trinfuo de la sabiduría indígena sobre los conflictos modernos, y el regreso, el eterno regreso. La ficción Samichay (2020) del peruano Mauricio Franco Tosso nos entrega al altiplano en blanco y negro, contrastado por sus blancoscuros que ofrece la luminosidad del campo. Incluye la reiterada escena del abandono del padre al hijo para que este encuentre un mejor futuro en la ciudad.

Es un filme casi silente, con pocos diálogos y etnográfico, al igual que Mujer de soldado, por mostrar en escenas la actividad agrícola, como el cultivo de papa, que se repite en ambas películas. En El canto de las mariposas, el protagonista se rehúsa a que la identidad de sus ancestros sea borrada, dirigiéndose al corazón de la amazonia. Al tiempo que la directora, Nuria Frigola, consigue resultados antropológicos al registrar distintos rituales de la comunidad uitoto.

A manera de conclusión
Quedan pendientes muchas otras corrientes y tendencias del cine latinoamericano evidenciadas en el 24 Festival de Cine de Lima que quedan pendientes encontrar al terminar el visionado de las películas, hasta el próximo lunes. No podía escribir un artículo con el encuentro sin antes mencionar a Érase una vez en Venezuela (2020) de Anabel Rodríguez, que está causando sensaciones en el Festival de Málaga. Con una inspiradísima fotografía, consigue una belleza plástica que no se compara a las otras vistas.

Fotograma de Erase una vez en Venezuela

Es un documental que retrata el descenso en cinco años de Congo Mirador, un pueblo acuático emplazado en el río Maracaibo, la mayor fuente de reserva petrolera de Venezuela. Al situarse la directora en la comunidad, la película se cuenta por sí sola, formando una serie de variopintos personajes, las tradiciones y relaciones entre los lugareños y las situaciones ecológicas y políticas. Todos los fenómenos universales se reproducen en esta historia local.

También es evidente la presencia de un cine LGBTI, con cintas como Las mil y una de la argentina Clarisa Navas o la guatemalteca Los fantasmas de Sebastián Lojo. El documental en el que los realizadores se quedan fascinados con el cotidiano y vivir de personajes invisibles de la sociedad también es recurrente como en la chilena El agente topo (2020) de Maite Alberdi, la peruana Círculo de tiza (2020) de Jean Alcócer y Diana Daf o la mexicana Maricarmen (2019) de Sergio Morkin.

Periodista – caio.ruvenal.257@gmail.com