1520, cuando nos tragó la incertidumbre

El Principio de Incertidumbre de WK Heisenberg nos lleva por los pasillos de la enfermedad y el miedo en Tenochtitlán hace 500 años. Nos acerca a lo terrible que es no saber.

Inga Llorenti

“Tal vez sólo vamos a nuestra perdición, a nuestra destrucción, ¿O acaso hemos obrado con pereza? ¿A dónde en verdad iremos? Porque somos macehuales (gente común), somos perecederos, somos mortales. Dejadnos, pues, ya morir, dejadnos, pues, ya perecer, puesto que nuestros dioses han muerto”. (Coloquios en Tenochtitlán, durante el brote de viruela) (1)

El fuego interior de la víctima “el Tleyotl” estaba en el mechón del cabello. Los guerreros se lo cortaban en la víspera del sacrificio, después de cinco días de insomnio y rito. Bailaban juntos “la danza de los cautivos”. Drogados. Sentenciados. Era estúpido, terriblemente sádico, eran otros tiempos, cuando el otro se contaba como número, como estadística en la piedra del sacrificio. Infelices almas arrastradas hasta las faldas del templo esperando a que el sacerdote les abra el pecho y les robe corazón.

La rutina se repetía una y otra vez y el plasma burbujeante de anticuerpos de tanta gente hermosa bañaba las escalinatas de sus pirámides. Nadie se quejaba. Era el orden de las cosas y así debía de ser. La cotidianidad en Tenochtitlán tenía olor a incienso y sangre, impuestos de plumas y raciones de maíz. Esclavo, amo. Guerras floridas donde siempre ganaba el mejor alimentado. La paranoia de la élite buscando la benevolencia de sus dioses. Los chismosos de la corte susurrando mentiras, el pueblo afanado preparando las próximas celebraciones.

El círculo vicioso estaba trazado desde que nacías hasta que morías -aunque en el medio pasaban cosas extrañas, deseos de insurrección y demás situaciones- el status quo era el ancla, la manera de percibir la existencia. El universo de las cosas.

Ni los minotauros que habían traído la viruela en sus sucias barbas, ni el puterío de la Malinche, ni las pugnas de poder, ni Coatlicue, la madre tierra, herida en su capa de ozono serían la gota que rebasaría el vaso de agua en el imaginario de la gran Península de Yucatán.  Porque a pesar de que la incertidumbre iba abriéndose como un agujero negro, los ancianos, las mujeres y los niños, los artistas, los artesanos, los agricultores, la plebe seguían mirando la hora solar como el conejo de Alicia miraba su reloj de bolsillo. Se hacía tarde, siempre se hacía tarde para lo que debía acontecer. Había un calendario que seguir, un orden, un cronograma de actividades preciso dictado por Omeotl, el Cronos azteca y eso hacía la vida llevadera. Ayer tocaba guerra, hoy no. Y así, con tiempo hasta para hervir hongos y soñar.

¿Qué carajos pasó entonces?

Un día se paró su brújula cuántica, eso pasó y la psicosis colectiva hizo el resto. Un día la maldición de granos negruzcos que brotaban a borbotones en el cuerpo y que no daban descanso se metieron en el alma, llevándose no sólo el amor sino la memoria. Se abrió entonces la caja que imaginó Schrödinger cuatro siglos después y salió el gato vivo y el muerto y toda la cagada que imaginó Pandora también salió.

Y cuando el aire ya no se podía respirar y sospecharon que sus dioses no estaban, que el otro mundo “ahí fuera” existía a pesar de ellos, y no había forma de negarlo.

Y no había forma de volver atrás.

Cuando entendieron que no importaba si estaban ahí o no y que la otra realidad coexistía independientemente a sus deseos.

Todo fue.

Y como lo intuyó el oráculo, a la civilización azteca se la devoró la tristeza.

No les alcanzó con mostrar los dientes de jaguar, ni tomar chocolate ni coser sus atavíos confeccionados con la mismísima piel de sus enemigos; el temor profundo a lo desconocido, la duda ontológica sumada a Sísifo en cuarentena les fulminó el fuego, “el Tleyotl” y quedaron a penas las cenizas.

“Con esto… salimos, por esto nos arrojamos al río, al barranco. Con ello buscamos, pedimos, su disgusto, su enojo”*…dijeron entre sollozos los sabios Náhuatl a los doce astronautas franciscanos que llegaron de otro planeta en 1520.

“…Somos perecederos, somos mortales. Dejadnos, pues, ya morir, dejadnos, pues, ya perecer, puesto que nuestros dioses han muerto”.

Y nadie pudo negarlo porque sus dioses habían muerto y tan triste fue ese día porque ni siquiera se habían despedido de ellos.

Fin

 

(1) Bemardino de Sahagún, “Prólogo al libro IV de Historia general de las cosas de Nueva España”
La autora es periodista y escritora - @illorenti